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Crítica: Tenet (2020)

La fascinación que surge alrededor de una creación humana suele estar relacionada con la importancia que tiene en nuestra vida.

El tiempo es un elemento nuclear de nuestra realidad: desde que el hombre es hombre, el tiempo ha existido con él.

Tenet como historia.

Tenet de Christopher Nolan es el enésimo ejercicio de fascinación por el tiempo. Su esencia, como película y como relato, reside en deshacerse casi por completo de las cuerdas que sostienen nuestra concepción temporal y hacerlo sin que por ello la historia pierda credibilidad.

Tenet es una historia de espías, muy al estilo de James Bond o Misión Imposible, pero con un trasfondo filosófico y conceptual tan complejo que hace que la película se retuerza entre dos frentes. Por un lado el relato mil veces contado: el espionaje, la lucha héroe – villano, salvar al mundo. Por otro, la propuesta filosófica inherente: soltarnos sin paracaídas a una realidad donde el tiempo deja de ser el tiempo que conocemos.

Esta dualidad entre lo mil veces contado y la idea novedosa hace de Tenet una historia interesante, divertida y atrayente para el espectador.

Tenet como película

A nivel cinematográfico, Tenet es, una vez más, un regalo de Nolan a la superproducción con sus tres elementos fundamentales por todo lo alto:

Grandes actores representando grandes papeles.

John David Washington como protagonista junto con un extremadamente interesante Robert Pattinson como acompañante. Ambos sostienen toda la tensión narrativa con fuerza y empeño y logran que la película no pierda dinamismo. Si hubiera que ponerle algún pero, Kenneth Branagh es quizá el que, sorprendentemente, más hace cojear al reparto.

Una enorme banda sonora.

Nolan prescinde en Tenet de su talismán Hans Zimmer (que anda entretenido trabajando para Dune). Su sustituto, Ludwig Göransson, demuestra unas dotes inmejorables para el blockbuster con una banda sonora a la altura del peliculón que es Tenet.

Una historia contada con el mimo por el detalle.

Christopher Nolan es esto, una producción de proporciones descomunales con detalles en muchos aspectos que demuestran que detrás hay trabajo y mucho estudio. Cuando vas a ver una de sus películas pagas, precisamente, por algo así. Por eso Origen, Memento o Interestelar son tan rematadamente buenas. Por eso Tenet se suma a la lista de sus grandes obras.

Tenet como concepto

Si por algo Nolan es famoso es por rodar películas con cierta complejidad narrativa que obligan al espectador a hacer ejercicios de comprensión, primero, y de reflexión, después.

La comprensión, en Tenet, se complica algo más que en sus predecesoras como Origen o Interestelar: aquí la historia se va desarrollando como en una especie de Matrioska de relatos para que sea al final cuando todo cobre un sentido último y global.

La reflexión posterior es tremendamente interesante: la percepción subjetiva del tiempo, romper con las normas que nos sujetan a la linealidad temporal o aceptar otras perspectivas acerca de algo que siempre hemos considerado que se comporta de igual manera, desde los inicios de nuestra historia.

Romper con las normas impuestas por nosotros mismos cuando creamos un abstracto como el tiempo nos conduce a situaciones llenas de paradojas y de contradicciones.

De esas paradojas suelen surgir nuevos pensamientos que abordan los problemas actuales con ópticas distintas y así, el ser humano, en conjunto, progresa al siguiente estadio de su evolución.

La historia detrás de Tenet bien puede considerarse un ejercicio para profundizar en esa línea de pensamiento. Para enfrentarnos con nuestras contradicciones y entender que todavía estamos lejos de comprender nada.

Y, al mismo tiempo, aceptar que es el proceso de comprensión lo que nos hace avanzar, lo que nos obliga a replantearnos todo una vez más con la esperanza de ver algo distinto en este nuevo intento.

Nota: 9/10

Crítica: Upgrade (2018)

Llevo años diciendo que no me gustan géneros determinados: no soy un amante apasionado de la ciencia ficción que aborrece hasta la médula cualquier película romántica.

A mí lo que me enamora perdidamente del cine es que sea cual sea la propuesta, sobre el tema que sea, haga que me emocione de alguna manera.

Por eso puedo decirte que Upgrade (2018), te guste o no la ciencia ficción, es una película que te va a hacer pensar y que vas a disfrutar de principio a fin.

Recogiendo un poco el testigo, aunque muy someramente, que dejó Ex Machina, Upgrade es una película futurista de las que muchos califican de Serie B, pero que hace gala de una estupenda producción y un acabado, en líneas generales, impecable.

Plantea premisas muy similares a las que pudimos ver en la obra de Garland, teniendo un desarrollo igual de coherente y obligándote a racionalizar lo que la pantalla te plantea. Ese ejercicio de racionalización es lo que lleva al espectador a considerar como plausible aquello que está viendo.

Y es que una de las características críticas en toda cinta de ciencia ficción que se precie es que el índice de plausibilidad sea elevado. Esto no es más que, tú, como espectador, dejes un margen de credibilidad a lo que la narración te propone. Si ese margen falla, por mucho efecto especial y actuación inolvidable que tenga la película, su argumento se deshace a cada minuto hasta hundirse irremediablemente en un mar contradicciones.

Upgrade es, precisamente, todo lo contrario. Su desarrollo lleva al espectador a aceptar un acuerdo por el que muchas de las cosas que se esbozan, lejos de ser increíbles, las termina considerando probables en los próximos años.

Esa cercanía con la realidad, esa proximidad presente – futuro, es lo que le permite a su director, Leigh Whannell asentar su historia entorno a las ya más que conocidas dudas acerca de la Inteligencia Artificial y la nanotecnología. Dudas que ya a día de hoy los grandes científicos y filósofos tienen sobre la mesa.

Si hay que ponerle peros a esta estupenda propuesta cinematográfica, estos están bastante relacionados con su linealidad argumental y con su aparente previsibilidad. Podría haber más riesgo, como sí lo hubo en Ex Machina, podría haber profundizado algo más en los desafíos éticos que la llegada de la IA planteará a la humanidad.

Por eso se queda un escalón por detrás de la maravilla de Garland.

Pero, pese a eso, sigue siendo una más que interesante forma de disfrutar del buen cine.

Nota: 8/10

El enésimo final de una saga. Star Wars IX: Rise of Skywalker

Esta cuarentena me he permitido ver la última de las películas de esta especie de “reboot” cinematográfico que Disney quiso inventarse al adquirir la franquicia Star Wars.

Star Wars: The Rise of Skywalker es, probablemente, la película que todo fan advenedizo de la saga estaba esperando y, sin embargo, está cargada de todos los errores que lleva arrastrando desde el Episodio VII.

Estamos ante la trilogía más prescindible de todas, aunque no sea El Ascenso de los Skywalker la peor de sus tres entregas. El problema aquí es la herencia envenenada de un cúmulo de errores de bulto en la narrativa de la saga y la búsqueda desesperada de escenas icónicas como servicio para el fan que quiere salir del cine emocionado.

Lo primero nace de una idea errónea de lo que significa relanzar una saga y lo pudimos padecer en el Episodio VII. Lo segundo, es denominador común a las nuevas tres películas como fórmula para agradar al espectador.

Con todo, no es una mala película del todo. Tiene ritmo, tiene giros menos predecibles y los nuevos personajes ganan algo de entereza ya en su recta final. El problema es que los Finn, Poe o Rey están constantemente buscando definir quiénes son y, ni siquiera cuando todo ha terminado acabas de tener claro cuál era su verdadera motivación.

Hay otros, como Kylo Ren, que fueron siempre a remolque de la sombra de lo que se esperaba de ellos y que ven como su personaje termina por desmigajarse definitivamente entre escenas muy alejadas de la originalidad de la primera trilogía y cientos de expectativas no colmadas.

Quizá sea porque todo recuerdo tiende a ensalzar las virtudes de aquello que recordamos y a suavizar los defectos. Quizá sea porque los que en aquella época eran adolescentes hoy ya son cuarentones. Yo me decanto por el hecho de que el lenguaje cinematográfico ha tenido tiempo más que suficiente de evolucionar y, sin embargo, Star Wars debía haber seguido siendo lo que fueron sus tres capítulos originales: una Space Opera sin muchas pretensiones. Un western en el espacio al que sólo le importó la sorpresa cuando reveló la realidad tras la máscara de Vader. El resto era puro entretenimiento.

El misticismo que se generó a su alrededor no fue cosa de su profundidad de guion, ni de sus enrevesadas historias con múltiples ramificaciones. Fue tan sencillo como darle al público una historia coherente y unos personajes con el carisma suficiente para que terminases enamorado de ellos.

Crítica: Joker (2019)

Cuando en El Caballero Oscuro, Bruce Wayne le pregunta a Alfred acerca de los motivos detrás de un absurdo comportamiento de unos criminales en Burma, el mayordomo le contesta con la mítica frase: “Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder”

Joker (Todd Phillips, 2019) narra magistralmente lo que esconde detrás esa sinrazón. Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder porque el mundo se encargó de prenderles fuego a ellos primero. Y en un mundo donde ya nada tiene valor, el fuego es lo único que queda.  

Joaquim Phoenix se marca una de las mejores interpretaciones que recuerde haber visto en la gran pantalla, alzándose como un sucesor a la altura del desaparecido Heath Ledger y elevando al personaje del Joker a los altares de la cinematografía.

La película es una deliciosa receta de lo que se necesita para construir a un supervillano. En una sociedad que se ha olvidado a los más vulnerables, Arthur Fleck, quien posteriormente terminará siendo el mayor de los enemigos de Batman, va cocinando a fuego lento una suerte de empatía con el espectador. Él es la víctima de un sistema podrido desde la raíz de su concepción y es, precisamente, en él, donde confluyen todas las miserias de nuestro tiempo.

De esta forma se desarrolla un vínculo estrecho pero incómodo en el espectador, que aprieta los puños al ver como la justicia impuesta mediante la violencia da respuesta a sus necesidades más animales, pero que, al mismo tiempo, se aleja de lo socialmente aceptado y lo coloca en una posición éticamente reprobable.

Uno comprende al Joker, llega a sentirse cómo él, pero el Joker está loco. Tiene esa clase de locura plagada de contradicciones, de ilusiones rotas y de mundos imaginarios. Un psicópata sanguinario que se cansó de anhelar ser aceptado. Pero que guarda, en algún lugar de su interior, su capacidad de sentir y de emocionarse.  

No somos él. No queremos ser él. Pero hay algo de él que nos atrae, que nos fascina.

Al Joker lo creamos nosotros, como grupo social. Él solo representa la suma de todos nuestros impulsos salvajes por tumbar un sistema que sobrevive devorando la poca humanidad que nos queda. Un sistema que se esfuerza en sacar de la ecuación humana la variable de la imperfección, de la diferencia. Como bien escribe el propio Arthur en su diario: “la peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”.

Esa dicotomía de víctima y verdugo lo convierte en el villano perfecto.

Él es nuestro lado menos humano.

Pero en él reside nuestra esperanza por cambiar el mundo.

Que ya lo dice Frank Sinatra…

I said, that’s life (that’s life) and as funny as it may seem
Some people get their kicks
Stompin’ on a dream
But I don’t let it, let it get me down
‘Cause this fine old world it keeps spinnin’ around

Nota: 9/10

El adiós de Juego de Tronos

Es el tema de conversación en muchas reuniones de amigos, en muchas cafeterías. También en largas peroratas en Twitter aderezadas con los típicos debates sine die. Cientos de artículos analizan una y otra vez contenido y continente exprimiendo hasta la última gota evaluable.

El caso es que en unas horas Juego de Tronos, la serie, el trasatlántico insumergible que abanderaba la oferta de contenidos de la plataforma HBO, transitará por sus últimos minutos.

El esperado final.

La conclusión de una historia que comenzó allá por un ya lejano 2011 con Eddard Stark, Señor de Invernalia, Guardián del Norte. Mucho ha llovido desde entonces, muchos se han ido y otros tantos han llegado.

Ocho años después, la epopeya ideada por Martin terminará su adaptación televisiva y más allá de las quejas, de defensores y detractores, me cuesta enormemente no sentir un poco de tristeza ante su despedida. Pese a que Gandalf decía aquello de que no todas las lágrimas son amargas, las de este adiós tienen el sabor del recuerdo inexistente. De lo que pudo llegar a ser, pero no quiso o no fue capaz.

Nunca fui un gran fan de la serie.

A diferencia de los libros, que me parecieron de un interés notable, la serie de televisión, sumida en un esfuerzo titánico de adaptar una saga de novelas de enormes proporciones, se quedó siempre en ese limbo extraño, intentando llegar a un punto que nunca existió.

Y, pese a todo, supo mantenerse erguida. Se defendió con uñas y con garras. Con fuego y sangre. Con actores que han dado la talla y con una producción técnica admirable en muchos momentos.

Si uno hace el ejercicio de desembarazarse de la pesada maldición que todo libro proyecta sobre su adaptación, Juego de Tronos es, en sí misma, una serie atrayente. Un baile ambientado en una pseudo-Edad Media, un juego de poder y traiciones, de amistad, amor y muerte, donde el espectador pasea por una delicada inestabilidad alimentada por el miedo que surge de alejarse de los cánones del género: ningún personaje es vital, ningún arco argumental parece destacar sobre el otro como sucede en otras historias. La imprescindibilidad del héroe se sustituye por lo temporal de la existencia. Toda pieza de este ajedrez de codicia y poder tiene un valor intrínseco y extrínseco por aparecer.

No existe una línea definida entre el bien y el mal porque la realidad del mundo nunca pudo definirse de esta forma y en esto, tanto serie como libro, ejercen un efecto intenso sobre el observador. La ansiedad ante lo desconocido emerge con una potencia que no tienen series de características parecidas, en las que los roles tienen un exceso de definición.

Y así, todos, personajes aparentemente principales y caracteres secundarios, juegan un papel ambiguo, difuso, que te obliga a hacer el esfuerzo de no aferrarte a ninguno de ellos. A dar por plausibles todas las posibilidades.

Hasta ahora.

En los últimos episodios, aunque todo esto comenzase a gestarse tiempo atrás, los guionistas (no sé si George RR Martin tiene alguna parte de culpa en esto), decidieron lanzar por la borda todas y cada una de las señas de identidad de Juego de Tronos, terminando por convertirlo en un Titanic a la deriva.

Y alejándose de su esencia se acercaron al fuego abrasador de lo común. De lo evidente. De lo mil veces visto.

El paradigma del héroe que se convierte en villano por el rechazo de la sociedad. Que en su propia miseria existencial decide tomar el camino que lo aleja de todo lo que una vez amó porque concibe que sólo a través del miedo podrá alcanzar aquello que siempre ha codiciado.

El maquiavélico villano que muere en medio de una epifanía donde pide perdón a sus dioses y a su verdadero amor por todos sus pecados y que se muestra en toda su debilidad ante la presencia de la muerte.

Los personajes secundarios que se mantienen en su rol de secundarios. Que aportan valor porque contribuyen al desarrollo de la historia pero que su presencia es desdeñable y en momentos hasta innecesaria.

En definitiva, Juego de Tronos ha pasado de ser una canción que cantarían los bardos hasta el final de los días, a convertirse en un triste cuento olvidado en la vieja estantería.

Poco se puede hacer ya. El final de esta historia aportará las dosis de costumbrismo y tradición que terminarán por enterrar del todo a una historia que quiso ser diferente. Quizá más humana, más trágica. Pero que, como Ícaro con sus alas, tal vez se acercó demasiado al sol de los estudios de Hollywood y a las garras del márketing superficial que gobierna hoy todo.

Y ningún giro final inesperado, ningún cambio de última hora, recuperará a este muerto viviente que apura sus últimos momentos de vida, porque ya se han encargado unos y otros de arrancarle de las entrañas aquello que una vez le hizo tener luz propia.

Crítica: Green book (2019)

Decía San Agustín de Hipona que “el buen hombre es libre, incluso si es un esclavo mientras que el hombre malvado es un esclavo, incluso si es un rey”.

Toda nuestra historia está plagada de ejemplos donde poder y moral transitan caminos opuestos, donde los desequilibrios que impone una sociedad injusta lastran las vidas de quienes padecen esas injusticias.

Cuando, con el devenir de los años, miramos hacia atrás con la óptica condescendiente de quien se cree que el progreso se da también en los valores humanos, nos llevamos las manos a la cabeza al observar las tropelías que cometimos con nuestros iguales. Y, en un ejercicio de hipocresía máxima, se nos olvida analizar las que hoy en día seguimos cometiendo.

Las justificamos con las excusas más peregrinas porque necesitamos indudablemente sentirnos cómodos en este equilibrio de realidad y engaño.

Green book (2019) es, paradójicamente, una oda a muchas de las virtudes del ser humano y, a la vez, una bofetada a nuestra supuesta superioridad moral.

Dirigida por Peter Farrelly, la película nos relata cómo se fraguó la relación de amistad entre Tony Lip, un matón italoamericano y Don Shirley, un grandísimo pianista negro, en plena década de los 60. Farrelly esboza la realidad del sur norteamericano de aquella época donde ser de raza negra equivalía a ser poco más que un animal, y nos pone en la piel de aquellos que, a pesar de sufrir la marginación y el desprecio de la sociedad, nunca perdieron su dignidad.

La química surge de forma innegable entre Viggo Mortensen, que interpreta de forma magistral al malhablado Lip, y el delicado y sutil Mahershala Ali, que da vida al virtuoso pianista. Una química que conecta directamente con las emociones del espectador, que le permite identificarse con ellos y que, al final, le obliga a hacer un ejercicio de reflexión.

Durante el viaje que realizan por todo el sur de aquellos no tan lejanos Estados Unidos, la relación entre ambos personajes crece al mismo tiempo que el choque cultural se hace patente y el blanco comienza a entender qué significa ser negro en una sociedad racista.

La película adolece de cierta tendencia al buenismo y a la dicotomía moral: los malos son muy malos, los buenos, aunque a veces no lo sepan, son muy buenos. La sociedad nunca fue así. Hay que aceptar esa licencia (entendamos que uno de los productores es el hijo del verdadero Tony Lip) si, a cambio, verla implica pensar que el racismo y la xenofobia nunca se fueron de nuestra sociedad.

Y es que, pese a estar ambientada hace 50 años, Green Book nos retrata actitudes, situaciones e incluso expresiones tristemente actuales.

No está de más caer en la cuenta de que si nos escandaliza que existiera un libro para poder viajar siendo negro por el sur de los democráticos y libres Estados Unidos de América, quizá sería buena idea dejar de alentar a quienes repiten esos mensajes de odio y desprecio a lo diferente escondidos tras los colores de una bandera.

Crítica: First Man (2018)

Miramos al cielo porque en las estrellas están las respuestas a todas las preguntas que alguna vez nos hicimos. Es nuestra esencia, la condición humana, la incestante búsqueda de respuestas. Retarnos con imposibles y al superarlos seguir buscando cimas más altas.

Hace más de cincuenta años el ser humano quiso tocar la Luna. Ese satélite misterioso, fuente inagotable de incontables mitos y creencias.

En medio de una vertiginosa guerra entre las dos grandes potencias de aquel tiempo, se libró una lucha entre dos gigantes que quisieron ser los primeros en acariciar con los dedos el astro blanco.

First Man (2018) es la historia de esa carrera por tocar los cielos. Contada desde la perspectiva de su protagonista, el astronauta Neil Armstrong, Damien Chazelle (Whiplash, La La Land) nos sumerge en un viaje a lo desconocido a bordo del Apolo 11 y sus predecesores.

Mucho más allá de ser otra típica película del espacio, First Man es una oda a los detalles, por pequeños e insignificantes que puedan llegar a parecernos, que nos convirtieron en los primeros colonizadores de la Luna. Detalles que convierten al ser humano en impredecible, en capaz de lo imposible. Detalles que humanizan al mito, que nos descubren al Armostrong persona, amigo, padre y marido.

Vivida en primera persona, la historia de la conquista de la Luna se nos relata con sus luces y sus sombras. Sus logros y sus pérdidas. Porque ese primer paso sobre la superficie lunar se consiguió a un coste altísimo. Y su éxito fue la suma de las mentes más brillantes de aquella época, un grupo de locos sin miedo a morir y buen puñado de suerte.

Claustrofóbica por momentos, intensa, íntima, capaz de arrancarte del asiento en sus escenas más tensas y, al mismo tiempo, llevarte al borde de la lágrima en otras.

Chazelle vuelve a dar con la tecla a la hora de contar su historia. De la mano de un perfecto Ryan Gosling que está destinado a recibir todos los premios posibles, de Claire Foy comiéndose la pantalla en cada encuadre y de un fantástico reparto de secundarios, First Man termina por convertirse en una película maravillosa que narra una aventura maravillosa.

Y por si fuera poco, Justin Hurwitz, que ya compuso la música de Whiplash y de La La Land, se saca de la chistera una de las mejores bandas sonoras que mi memoria puede recordar.

Sus dos horas y media me parecieron tan poco, que necesitaré volverla a ver unas cuantas veces más.

Nota: 9/10

Crítica: Sharp Objects (2018)

Cuando tras la deliciosa aunque brutal Animales Nocturnos supe de la existencia de una serie de HBO protagonizada por la irresistible Amy Adams, no lo dudé y me lancé a por ella.

Venía acompañada de una genial crítica y se decía de ella que mezclaba componentes de True Detective (la primera temporada, es decir, la buena), Mindhunter e incluso algo de Hereditary. Con estas referencias, la serie corría un alto riesgo de ser o bien una auténtica joya o un lamentable fiasco. 

Y lo cierto es que ha sido lo primero, o incluso mejor.

La serie

Sharp Objects (HBO, 2018), es una serie de 8 episodios de alrededor de una hora de duración que narra la historia de Camille Preaker, una joven periodista que vuelve a su pueblo natal a cubrir la noticia del asesinato de una niña y la posterior desparación de otra. 

Su regreso la llevará a rememorar su infancia y, con ella, los fantasmas que la llevan persiguiendo toda su vida. 

Así, Camille deberá, por un lado, tratar de desvelar qué y quién hay detrás de la muerte y desaparción de esas niñas, pero al mismo tiempo, por otro, lidiar con sus atormentados recuerdos. 

¿Por qué es tan buena?

Más allá de que la trama ya es interesante por sí misma, Sharp Objects destaca por un elemento clave en prácticamente cualquier obra audiovisual: su pluscuamperfecta forma de narrar la historia.

Los personajes que conforman el relato se van descubriendo, poco a poco, al ritmo que impone el discurrir de los acontecimientos. El entorno, un pequeño pueblo de Missouri, contribuye a asentar los cimientos de una narrativa opresora. La construcción de cada uno de ellos es inmensa, en especial la protagonista. En cada escena en la que ella aparece se esbozan las líneas que describen los rasgos de una persona torturada por su pasado y su propia mente.

Y junto a ella, el resto del elenco se suma en esta tétrica pero estéticamente maravillosa ópera, aportando los sonidos que terminan por conformar una melodía dramática, asfixiante, que sume al espectador en una lucha constante por desentrañar las miserias de cada uno de ellos. 

El desenlace no solo termina por redondear definitivamente el conjunto de la obra, sino que le añade un epílogo que enmudece al auditorio, que ya solo puede escuchar el zumbido de sus propios pensamientos. 

Una delicia en ocho bocados

Ya dicen que el mejor de los perfumes suele venir en frasco pequeño. Sucedió con True Detective, incluso con Westworld. Ocho horas de metraje que sirven a Jean-Marc Vallée para envolvernos en el sofocante pueblo de Wind Gap, en las miradas acusadoras de sus ciudadanos, en los monstruos que toda familia guarda en el armario. 

Ocho horas de luces y sombras proyectadas sobre la esencia misma del alma humana.

Muy recomendada.

Nota: 8/10

Crítica: Han Solo (2018)

Para comprender Han Solo: Una historia de Star Wars, hay que entender que La Guerra de las Galaxias no es una saga sino un concepto que trasciende a las películas y que plantea los cimientos sobre los que construir toda una mitología.

Lo que en su momento George Lucas ideó y conformó en esas tres primeras y sorprendentemente exitosas películas es simplemente el esbozo de una imagen de proporciones inimaginables.

Han Solo: una historia de Star Wars, es un capítulo aparte, como una novela de entretiempo que, ambientada en el vasto mundo de las galaxias lejanas, cuenta una pequeña y breve historia sobre un joven pirata galáctico y cómo inició su andadura en el hiperespacio. Nada más. Pero nada menos.

Muchos se sintieron decepcionados por no encontrar en ella la épica que uno espera de una película de la saga. No se identificaron con una historia quizá demasiado plana. El problema es que esto no es una película de la saga sino una película basada en la historia que hay detrás de la saga. El matiz es fundamental. Entender que, mientras Han se enfrenta a sí mismo, a sus fantasmas del pasado y a su primer (aunque no último) escarceo amoroso, en paralelo la caída de la República sigue imparable y el Imperio gana día a día poder. En esos momentos de caos político, grandes Sindicatos del crimen campan a sus anchas por la Galaxia, sometiendo a los pueblos a sus propios intereses. La pobreza asola todos los ricones de la Galaxia y todos hacen lo posible por sobrevivir.

Todo esto sucede de forma sutil, sin necesidad de grandes batallas, haciendo que la película pueda aparentar ser pequeña cuando la comparamos con el resto, pero cumpliendo, con creces, su cometido: entretener.

La obra es interesante desde un punto de vista estético: fotografía y banda sonoras cuidadas y una actuación a la altura de lo que se espera de un producto “Star Wars”, pero lo es más desde un punto de vista conceptual, al presentarnos el origen de varios de los grandes personajes de la saga y relatarnos una historia que encaja y que explica la evolución política y social de los planetas de la Galaxia.

Nos muestran, como hizo en su día el Episodio VII, que la corrupción y la vileza que ha traído consigo el Imperio son el germen necesario para el nacimiento de la Rebelión, para el surgir de una nueva esperanza.

Interesante apuesta.

Nota: 6/10

Crítica: Your Name (2016)

Hay una cosa que me fascina especialmente de la animación japonesa y es su forma propia de tratar las emociones y las relaciones interpersonales. Es como si todo ese bagaje cultural oriental fuera la base para poder describir con sutilidad pero sin llegar a ser cursi, sentimientos tan potentes como el amor y la amistad.

Your Name ( 君の名は, Kimi No Nawa), dirigida por Makoto Shinkai viene a demostrar esta espléndida capacidad de desarrollo argumental. Disfruté en su día otra de las películas del director japonés: Cinco centímetros por segundo en la que Shinkai hacía gala de su mimo por la animación cuidada y su búsqueda de transformar una historia simple en una perfecta metáfora de la vida. 

Esta vez, en cambio, parte de una premisa que aleja al espectador de la historia, mezclando realidad, sueños y fantasía y planteando un argumento de cruces de personalidades que se acerca más a la comedia. Sin embargo, la película va ganando entidad a pasos agigantados, cimentando la construcción de un relato que eclosiona en sus últimos 20 minutos de una forma prácticamente mágica.

La vida es toda una suma de situaciones. El tiempo, en realidad, forma parte de un continuo, de ese hilo invisible que interconecta acontecimientos, personas, almas. Es lo que el pequeño pueblo de Itomori conoce como musubi: un vínculo entre todas las cosas.

Así, nuestros actos, nuestras casualidades, el pasado, el presente y el futuro, no son más que giros y enredos de ese todo que parece estar escrito en la eternidad. Y, tarde o temprano, terminaremos por encontrar ese lugar, esa persona, ese momento que parece que andamos buscando sin saber muy bien por qué.

Una verdadera maravilla de la animación japonesa.

Nota: 8.5/10