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Reseña: Aprendiz de asesino – Robin Hobb

Dice George RR Martin que Robin Hobb es, en el mundo de la literatura fantástica, un diamante en un mar de zirconitas.

Llevaba ya mucho tiempo con la idea de leerme alguna de sus novelas, más por la atracción que despertaban sus portadas y sus títulos, que por conocer nada sobre la autora. Estoy seguro que alguna de las más intensas relaciones de amor literario deben haberse forjado a partir de una buena portada.

Traspié, protagonista de esta primera de tres novelas de la Saga del Vatídico, es un bastardo de la casa real que gobierna los Siete Ducados. Los azares de un destino que parece marcado le llevan a Torre del Alce, donde desde bien temprano se ha de enfrentar con el estigma de ser un hijo ilegítimo del Rey a la espera.

En esencia no es más que el enésimo personaje que sigue el famoso «Viaje del héroe» tan manido en novelas de esta temática.

Sin embargo, Traspié, tiene dos cosas que lo alejan del arquetipo de protagonista de esta estructura literaria:

La primera y más evidente es que la historia que le rodea, lo que sucede en los Sietes Ducados, no gira, necesariamente, entorno a él. El trascurrir de su historia tiene, a veces, un papel relevante en el devenir del reino, pero otras, su impacto es del todo insignificante.

La segunda, quizá más sutil, pero también más interesante, es que aborda temas que en otras sagas se consideran ejes centrales del desarrollo, de forma mucho más superficial, restándole así una tensión dramática que muchas veces suele ser más una carga que una virtud.

Resulta un soplo de aire fresco tras muchos intentos de encontrar un notable heredero a Tolkien, Martin o Rothfuss. Lejos de la contundencia de las novelas de Brandon Sanderson, pero con los ingredientes necesarios (y la saga terminada) para convertirse en una auténtica delicia a degustar por entregas.

De lectura fácil y amena, atrayante y divertida, Aprendiz de Asesino se presenta como una inmejorable primera novela para una trilogía de literatura fantástica que ya apunta maneras.

El adiós del mito

Decía George Bernard Shaw que en la vida existen dos grandes tragedias: una es no lograr aquello que el corazón ansía; la otra es alcanzarlo.

Maradona murió ayer.

Para entender la trascendencia de la figura basta con escuchar el eco que ha dejado su marcha.

Cuenta Valdano en su preciosa elegía que hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños. Maradona es el epítome pluscuamperfecto de esa enfermedad que aqueja nuestro tiempo, ese éxito empaquetado y vendido a precio de saldo para que todos podamos consumir un poco de él y seguir con nuestras vidas.

Yo nací tarde, con un Maradona consagrado en el olimpo futbolístico, demasiado pequeño para comprender su grandeza, para disfrutar de su ascenso a los cielos en aquella memorable recorrida histórica entre ingleses. Al tren del fútbol me subirían mucho más tarde otros magos de la pelota.

Pero en mi memoria el genio argentino tiene su hueco de la mano del elogio de mi padre cada vez que hemos hablado de él: «nunca habrá un jugador igual», me repite. Y, con el tiempo, me lo he terminado por creer. Porque a un padre no se le discute casi nada, y menos en términos futbolísticos y porque Maradona ha sido capaz de mantenerse como dios incontestable entre ídolos de barro. Pese a su caída en desgracia. A pesar de ese descenso a los infiernos de quien comete el terrible error de cumplir su único sueño en un mundo donde la verdadera felicidad está proscrita. La tragedia de su vida se resume en ese partido contra Inglaterra: él nunca quiso ser Dios, sino un simple mortal, villano y héroe, pero extraordinario.

Maradona ha sido el paladín de los últimos resquicios de un fútbol romántico que hoy se ahoga entre patrocinios y publicaciones de Instagram. El último gran héroe de la pasión desmedida por la pelota que trascendió la cancha para entrar en todas las historias personales de quienes vivieron su tiempo.

De ahí que el eco de su despedida resuene fuerte en los pechos de millones de personas: de las que lo disfrutaron y hoy rememoran sus propias historias enlazadas por siempre con aquel gol o aquella gambeta imposible, pero también de las que lo conocimos de oídas, sentados en el sofá mientras un padre orgulloso nos describía su manera irrepetible de llevar la pelota pegada al pie.

Crítica: Tenet (2020)

La fascinación que surge alrededor de una creación humana suele estar relacionada con la importancia que tiene en nuestra vida.

El tiempo es un elemento nuclear de nuestra realidad: desde que el hombre es hombre, el tiempo ha existido con él.

Tenet como historia.

Tenet de Christopher Nolan es el enésimo ejercicio de fascinación por el tiempo. Su esencia, como película y como relato, reside en deshacerse casi por completo de las cuerdas que sostienen nuestra concepción temporal y hacerlo sin que por ello la historia pierda credibilidad.

Tenet es una historia de espías, muy al estilo de James Bond o Misión Imposible, pero con un trasfondo filosófico y conceptual tan complejo que hace que la película se retuerza entre dos frentes. Por un lado el relato mil veces contado: el espionaje, la lucha héroe – villano, salvar al mundo. Por otro, la propuesta filosófica inherente: soltarnos sin paracaídas a una realidad donde el tiempo deja de ser el tiempo que conocemos.

Esta dualidad entre lo mil veces contado y la idea novedosa hace de Tenet una historia interesante, divertida y atrayente para el espectador.

Tenet como película

A nivel cinematográfico, Tenet es, una vez más, un regalo de Nolan a la superproducción con sus tres elementos fundamentales por todo lo alto:

Grandes actores representando grandes papeles.

John David Washington como protagonista junto con un extremadamente interesante Robert Pattinson como acompañante. Ambos sostienen toda la tensión narrativa con fuerza y empeño y logran que la película no pierda dinamismo. Si hubiera que ponerle algún pero, Kenneth Branagh es quizá el que, sorprendentemente, más hace cojear al reparto.

Una enorme banda sonora.

Nolan prescinde en Tenet de su talismán Hans Zimmer (que anda entretenido trabajando para Dune). Su sustituto, Ludwig Göransson, demuestra unas dotes inmejorables para el blockbuster con una banda sonora a la altura del peliculón que es Tenet.

Una historia contada con el mimo por el detalle.

Christopher Nolan es esto, una producción de proporciones descomunales con detalles en muchos aspectos que demuestran que detrás hay trabajo y mucho estudio. Cuando vas a ver una de sus películas pagas, precisamente, por algo así. Por eso Origen, Memento o Interestelar son tan rematadamente buenas. Por eso Tenet se suma a la lista de sus grandes obras.

Tenet como concepto

Si por algo Nolan es famoso es por rodar películas con cierta complejidad narrativa que obligan al espectador a hacer ejercicios de comprensión, primero, y de reflexión, después.

La comprensión, en Tenet, se complica algo más que en sus predecesoras como Origen o Interestelar: aquí la historia se va desarrollando como en una especie de Matrioska de relatos para que sea al final cuando todo cobre un sentido último y global.

La reflexión posterior es tremendamente interesante: la percepción subjetiva del tiempo, romper con las normas que nos sujetan a la linealidad temporal o aceptar otras perspectivas acerca de algo que siempre hemos considerado que se comporta de igual manera, desde los inicios de nuestra historia.

Romper con las normas impuestas por nosotros mismos cuando creamos un abstracto como el tiempo nos conduce a situaciones llenas de paradojas y de contradicciones.

De esas paradojas suelen surgir nuevos pensamientos que abordan los problemas actuales con ópticas distintas y así, el ser humano, en conjunto, progresa al siguiente estadio de su evolución.

La historia detrás de Tenet bien puede considerarse un ejercicio para profundizar en esa línea de pensamiento. Para enfrentarnos con nuestras contradicciones y entender que todavía estamos lejos de comprender nada.

Y, al mismo tiempo, aceptar que es el proceso de comprensión lo que nos hace avanzar, lo que nos obliga a replantearnos todo una vez más con la esperanza de ver algo distinto en este nuevo intento.

Nota: 9/10

Crítica: Upgrade (2018)

Llevo años diciendo que no me gustan géneros determinados: no soy un amante apasionado de la ciencia ficción que aborrece hasta la médula cualquier película romántica.

A mí lo que me enamora perdidamente del cine es que sea cual sea la propuesta, sobre el tema que sea, haga que me emocione de alguna manera.

Por eso puedo decirte que Upgrade (2018), te guste o no la ciencia ficción, es una película que te va a hacer pensar y que vas a disfrutar de principio a fin.

Recogiendo un poco el testigo, aunque muy someramente, que dejó Ex Machina, Upgrade es una película futurista de las que muchos califican de Serie B, pero que hace gala de una estupenda producción y un acabado, en líneas generales, impecable.

Plantea premisas muy similares a las que pudimos ver en la obra de Garland, teniendo un desarrollo igual de coherente y obligándote a racionalizar lo que la pantalla te plantea. Ese ejercicio de racionalización es lo que lleva al espectador a considerar como plausible aquello que está viendo.

Y es que una de las características críticas en toda cinta de ciencia ficción que se precie es que el índice de plausibilidad sea elevado. Esto no es más que, tú, como espectador, dejes un margen de credibilidad a lo que la narración te propone. Si ese margen falla, por mucho efecto especial y actuación inolvidable que tenga la película, su argumento se deshace a cada minuto hasta hundirse irremediablemente en un mar contradicciones.

Upgrade es, precisamente, todo lo contrario. Su desarrollo lleva al espectador a aceptar un acuerdo por el que muchas de las cosas que se esbozan, lejos de ser increíbles, las termina considerando probables en los próximos años.

Esa cercanía con la realidad, esa proximidad presente – futuro, es lo que le permite a su director, Leigh Whannell asentar su historia entorno a las ya más que conocidas dudas acerca de la Inteligencia Artificial y la nanotecnología. Dudas que ya a día de hoy los grandes científicos y filósofos tienen sobre la mesa.

Si hay que ponerle peros a esta estupenda propuesta cinematográfica, estos están bastante relacionados con su linealidad argumental y con su aparente previsibilidad. Podría haber más riesgo, como sí lo hubo en Ex Machina, podría haber profundizado algo más en los desafíos éticos que la llegada de la IA planteará a la humanidad.

Por eso se queda un escalón por detrás de la maravilla de Garland.

Pero, pese a eso, sigue siendo una más que interesante forma de disfrutar del buen cine.

Nota: 8/10

El enésimo final de una saga. Star Wars IX: Rise of Skywalker

Esta cuarentena me he permitido ver la última de las películas de esta especie de “reboot” cinematográfico que Disney quiso inventarse al adquirir la franquicia Star Wars.

Star Wars: The Rise of Skywalker es, probablemente, la película que todo fan advenedizo de la saga estaba esperando y, sin embargo, está cargada de todos los errores que lleva arrastrando desde el Episodio VII.

Estamos ante la trilogía más prescindible de todas, aunque no sea El Ascenso de los Skywalker la peor de sus tres entregas. El problema aquí es la herencia envenenada de un cúmulo de errores de bulto en la narrativa de la saga y la búsqueda desesperada de escenas icónicas como servicio para el fan que quiere salir del cine emocionado.

Lo primero nace de una idea errónea de lo que significa relanzar una saga y lo pudimos padecer en el Episodio VII. Lo segundo, es denominador común a las nuevas tres películas como fórmula para agradar al espectador.

Con todo, no es una mala película del todo. Tiene ritmo, tiene giros menos predecibles y los nuevos personajes ganan algo de entereza ya en su recta final. El problema es que los Finn, Poe o Rey están constantemente buscando definir quiénes son y, ni siquiera cuando todo ha terminado acabas de tener claro cuál era su verdadera motivación.

Hay otros, como Kylo Ren, que fueron siempre a remolque de la sombra de lo que se esperaba de ellos y que ven como su personaje termina por desmigajarse definitivamente entre escenas muy alejadas de la originalidad de la primera trilogía y cientos de expectativas no colmadas.

Quizá sea porque todo recuerdo tiende a ensalzar las virtudes de aquello que recordamos y a suavizar los defectos. Quizá sea porque los que en aquella época eran adolescentes hoy ya son cuarentones. Yo me decanto por el hecho de que el lenguaje cinematográfico ha tenido tiempo más que suficiente de evolucionar y, sin embargo, Star Wars debía haber seguido siendo lo que fueron sus tres capítulos originales: una Space Opera sin muchas pretensiones. Un western en el espacio al que sólo le importó la sorpresa cuando reveló la realidad tras la máscara de Vader. El resto era puro entretenimiento.

El misticismo que se generó a su alrededor no fue cosa de su profundidad de guion, ni de sus enrevesadas historias con múltiples ramificaciones. Fue tan sencillo como darle al público una historia coherente y unos personajes con el carisma suficiente para que terminases enamorado de ellos.

Cosas que me han salvado esta cuarentena #1: OPEN – André Agassi

Cierro los ojos y me digo: controla lo que esté en tu mano controlar. Lo repito, esta vez en voz alta. Decirlo en voz alta me da valor.

André Agassi

Si tengo que empezar la lista de cosas que me han salvado esta cuarentena, empezaré por el principio. Y el principio me lleva a André Agassi, a su vida, a su lucha contra sí mismo y a su triunfo final, el más importante de su carrera.

Sin lugar a duda, Open, su biografía autorizada, es un relato de la relación imposible entre aquello que odias y lo que te hace especial cuando resultan ser la misma cosa. La pelea constante contra los fantasmas de la infancia que te han convertido en un genio de tu generación.

Narrada en primera persona y con un ritmo que engancha prácticamente desde la primera frase, la biografía de uno de los grandes jugadores de tenis de todos los tiempos no defrauda ni un instante. Atrapa al lector hasta que siente el mismo dolor en cada golpe de revés, en cada derrota y le permite compartir algo de ese júbilo que traen las victorias: sean contra Pete Sampras o contra el propio Agassi.

Como toda biografía, hay mucho de ensalzar al protagonista de la historia, mucho de lucha contra las circunstancias que lo terminan convirtiendo en el héroe del relato. Pero aquí hay mucho más donde buscar: muchas zonas oscuras, muchas caídas. Hay un ejercicio de reflexión y de reconocimiento de su hundimiento como deportista y como persona. Y de lo que le hizo resurgir convirtiéndose en un mito. .  

Agassi fue un niño que se hizo campeón de todo odiando lo que hacía. Y que empezó a disfrutar de su don el día que decidió dejarlo. El camino que recorrió hasta ese final es el camino que todos, de un modo u otro, terminamos por recorrer en nuestra vida, en nuestra búsqueda por encontrar aquello que nos apasiona y que nos hace felices.

Reseña: La Trilogía de Trajano (Santiago Posteguillo)

Por fin, después de unos cuantos meses, tuve el placer de acabar con la inmensa trilogía que Santiago Posteguillo le dedica a la figura de Macro Ulpio Trajano, el gran emperador hispano de Roma.

La mezcla entre historia novelada e información historiográfica hacen de las tres novelas, en su conjunto, una obra de proporciones titánicas que demuestra el esmero y el esfuerzo que el autor ha puesto para dotar de verosimilitud a la narración. Las múltiples líneas argumentales entretejen una historia de amor y traición, de ascenso al poder y de caída con el trasfondo de uno de los momentos de mayor expansión militar del Imperio Romano.

Santiago Posteguillo, con una prosa dinámica y con un marcado acento cinematográfico en muchos de sus capítulos, nos cuenta en la Trilogía de Trajano una especie de biografía del gran militar y político que fue Marco Ulpio Trajano. De su nacimiento e infancia en tierras andaluzas a su posterior desempeño militar como tribuno en el norte de Europa para, finalmente, relatar su ascenso político alcanzado el poder supremo del mundo como emperador romano.

La Legión Perdida, último de los volúmenes de esta trilogía, debe su nombre al mito de la Legión que Craso, cien años antes de la llegada al poder de Trajano, llevó a tierras partas y que perdió en uno de los momentos más infames que recordaría el pueblo romano. El mismo Marco Licinio Craso perecería en aquella batalla en Carras y así daría inicio a una leyenda que perseguiría, cual fantasma, a todos los intentos del Imperio por cruzar el Éufrates.

Esa misma legión perdida es la que se enrosca entre las idas y venidas de la etapa final del emperador Trajano, esa misma historia, repetida cien años después, pero con sabor a amarga victoria de las tropas romanas. Partia caería, y los límites del Imperio Romano alcanzarían una extensión que jamás volverían a ver.

Pero Roma jamás estuvo preparada para gestionar un imperio de tales dimensiones y la muerte de Trajano trajo la contracción de un imperio que empezaba su lento viaje hacia la desaparición.

La Trilogía de Trajano ha sido mi primer contacto con el trabajo de Santiago Posteguillo y he de reconocer que sus tres novelas son apasionantes. Están plagadas, en algunos momentos con algo de exceso, de referencias históricas que le permiten sumergirse en la Roma imperial y acercarse a la figura humana de sus emperadores y, en especial, al magnetismo y la capacidad estratégica de Marco Ulpio Trajano, uno de los más grandes emperadores que tuvo jamás el Imperio Romano.

Como bien diría Domicia Longina en las últimas páginas de la novela: “Trajano fue un emperador demasiado grande para una Roma demasiado pequeña”.

Nota: 8/10

Reseña: Fragmentos de Honor (Lois McMaster Bujold)

La ciencia ficción es un género que ha ido adquiriendo madurez en un proceso lento y complejo. Lejos quedan las novelas de aventuras para un público más bien adolescente en las que las batallas en lejanas lunas de galaxias remotas eran el escenario donde sus protagonistas prototípicos hacían que el bien siempre venciera.

Fragmentos de Honor recoge la herencia de este tipo de historias y plantea una aventura con muchos matices superficiales, pero con un desarrollo más bien plano. Su autora, la estadounidense Lois McMaster Bujold, publicó esta obra en 1986 y es considerada el origen de su saga de Miles Vorkosigan.

Una historia sencilla que abre la puerta a una saga potencialmente interesante.

Cordelia Naismith, comandante de la Fuerza Expedicionaria de la Colonia Beta, protagoniza un trepidante inicio donde, de alguna forma, asienta con rapidez las bases del desarrollo de la novela. Poco tardará en aparecer Aral Vorkosigan, capitán de las fuerzas militares del planeta guerrero Barrayar. La relación entre ambos es el centro narrativo alrededor del que orbita toda la historia de Fragmentos de Honor.

Es una novela que adolece de los defectos de los primeros libros de toda saga: un desarrollo lento, un exceso de celo por presentar aquellos elementos que se suponen clave para la historia y poca profundidad en los personajes, pero a la que, sin embargo, sí que se le atisban rasgos propios de una saga que puede terminar siendo muy interesante.

En busca de lo simple como semilla de lo bueno

Esta primera novela nos muestra personajes y sociedades muy arquetípicas: planeta guerrero contra planeta desarrollado culturalmente, mujer inteligente y astuta frente al hombre-guerrero visceral pero sensible. Pese a todo ello, esa simpleza estructural puede ser una base sólida sobre la que asentar un desarrollo narrativo fuerte y que termine enganchando al lector.

Habrá que darle una oportunidad a su siguiente entrega: El aprendiz de guerrero.

Nota: 2.7 / 5

De olvidos y poetas

Una mañana que estaba dibujando, se acercó uno de los presos y me preguntó:

– ¿Eres dibujante?

Le dije que no, que sólo era aficionado.

– A mi también me gusta. Éste es para mi Manolito.

Me mostró un dibujo. Era un niño con una cabra junto a un árbol.

Y se retiró. No hablamos más. Cuando pasaron unos minutos se acercó otro de los presos y me dijo:

– ¿Sabes quién es ese que ha estado contigo?

– No.

– Es Miguel Hernández, el poeta.

Yo le había conocido en alguna ocasión en que, junto a Rafael Alberti, había ido al frente de Somosierra a recitarnos poemas. Pero el Miguel Hernández que había conocido no tenía ningún parecido con este otro Miguel Hernández. Estaba hecho polvo, enfermo y destruido por las humillaciones y el sufrimiento.

Hoy se cumplen 109 años del nacimiento de Miguel Hernández, uno de los grandes poetas españoles que nos dio el pasado siglo. El extracto de texto es de Miguel Gila, probablemente el mejor humorista español del siglo XX. Dos Migueles, dos genios de lo suyo, unidos por el dolor y el sufrimiento que trajeron los años oscuros de la posguerra española.

A Miguel Hernández lo conocí, de verdad, cuando tuve que despedirme de alguien muy cercano a mí. Di, casi por casualidad, con uno de sus poemas. Cuando lees a Miguel Hernández por primera vez, como yo hice en aquella ocasión, entiendes por qué el arte es una construcción humana: su Elegía te acerca a la fragilidad de nuestra existencia y, al mismo tiempo, proyecta esperanza cuando habla del vínculo indisoluble entre la muerte y el amor. La magia del poeta de verdad está en esa capacidad de expresión por encima de lo humano, su destreza con las palabras, como las teclas y el pianista, como el pintor y sus pinceles. Es ese concepto de arte que eleva al hombre y lo acerca a sus propios dioses. Miguel Hernández era uno de los privilegiados dotados con la capacidad de hacer sentir a través de sus textos.

Ahora vienen muchos a hablarnos de olvido. De enterrar bajo las toneladas del desprecio que trae la desmemoria que a nuestra España le arrancaron las palabras, le cegaron la mirada al futuro, acallaron su música y le borraron sus risas. Fueron otros los que, durante muchos años, se encargaron de sepultar la ilusión de una España diferente.

Hoy dicen que ya pasó. Que ya fue. Que hacerlo ahora es sinónimo de revancha.

Pero a los Miguel Hernández, a los García Lorca, a los Alberti o Unamuno. Y a los miles de anónimos que la confrontación entre las Españas, el terror y la ingnominia de los cobardes, los alejó a miles de kilómetros de su tierra o para siempre de todo lo que un día quisieron…

A esos no los olvidaremos nunca.

Crítica: Joker (2019)

Cuando en El Caballero Oscuro, Bruce Wayne le pregunta a Alfred acerca de los motivos detrás de un absurdo comportamiento de unos criminales en Burma, el mayordomo le contesta con la mítica frase: “Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder”

Joker (Todd Phillips, 2019) narra magistralmente lo que esconde detrás esa sinrazón. Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder porque el mundo se encargó de prenderles fuego a ellos primero. Y en un mundo donde ya nada tiene valor, el fuego es lo único que queda.  

Joaquim Phoenix se marca una de las mejores interpretaciones que recuerde haber visto en la gran pantalla, alzándose como un sucesor a la altura del desaparecido Heath Ledger y elevando al personaje del Joker a los altares de la cinematografía.

La película es una deliciosa receta de lo que se necesita para construir a un supervillano. En una sociedad que se ha olvidado a los más vulnerables, Arthur Fleck, quien posteriormente terminará siendo el mayor de los enemigos de Batman, va cocinando a fuego lento una suerte de empatía con el espectador. Él es la víctima de un sistema podrido desde la raíz de su concepción y es, precisamente, en él, donde confluyen todas las miserias de nuestro tiempo.

De esta forma se desarrolla un vínculo estrecho pero incómodo en el espectador, que aprieta los puños al ver como la justicia impuesta mediante la violencia da respuesta a sus necesidades más animales, pero que, al mismo tiempo, se aleja de lo socialmente aceptado y lo coloca en una posición éticamente reprobable.

Uno comprende al Joker, llega a sentirse cómo él, pero el Joker está loco. Tiene esa clase de locura plagada de contradicciones, de ilusiones rotas y de mundos imaginarios. Un psicópata sanguinario que se cansó de anhelar ser aceptado. Pero que guarda, en algún lugar de su interior, su capacidad de sentir y de emocionarse.  

No somos él. No queremos ser él. Pero hay algo de él que nos atrae, que nos fascina.

Al Joker lo creamos nosotros, como grupo social. Él solo representa la suma de todos nuestros impulsos salvajes por tumbar un sistema que sobrevive devorando la poca humanidad que nos queda. Un sistema que se esfuerza en sacar de la ecuación humana la variable de la imperfección, de la diferencia. Como bien escribe el propio Arthur en su diario: “la peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”.

Esa dicotomía de víctima y verdugo lo convierte en el villano perfecto.

Él es nuestro lado menos humano.

Pero en él reside nuestra esperanza por cambiar el mundo.

Que ya lo dice Frank Sinatra…

I said, that’s life (that’s life) and as funny as it may seem
Some people get their kicks
Stompin’ on a dream
But I don’t let it, let it get me down
‘Cause this fine old world it keeps spinnin’ around

Nota: 9/10