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Crítica: Upgrade (2018)

Llevo años diciendo que no me gustan géneros determinados: no soy un amante apasionado de la ciencia ficción que aborrece hasta la médula cualquier película romántica.

A mí lo que me enamora perdidamente del cine es que sea cual sea la propuesta, sobre el tema que sea, haga que me emocione de alguna manera.

Por eso puedo decirte que Upgrade (2018), te guste o no la ciencia ficción, es una película que te va a hacer pensar y que vas a disfrutar de principio a fin.

Recogiendo un poco el testigo, aunque muy someramente, que dejó Ex Machina, Upgrade es una película futurista de las que muchos califican de Serie B, pero que hace gala de una estupenda producción y un acabado, en líneas generales, impecable.

Plantea premisas muy similares a las que pudimos ver en la obra de Garland, teniendo un desarrollo igual de coherente y obligándote a racionalizar lo que la pantalla te plantea. Ese ejercicio de racionalización es lo que lleva al espectador a considerar como plausible aquello que está viendo.

Y es que una de las características críticas en toda cinta de ciencia ficción que se precie es que el índice de plausibilidad sea elevado. Esto no es más que, tú, como espectador, dejes un margen de credibilidad a lo que la narración te propone. Si ese margen falla, por mucho efecto especial y actuación inolvidable que tenga la película, su argumento se deshace a cada minuto hasta hundirse irremediablemente en un mar contradicciones.

Upgrade es, precisamente, todo lo contrario. Su desarrollo lleva al espectador a aceptar un acuerdo por el que muchas de las cosas que se esbozan, lejos de ser increíbles, las termina considerando probables en los próximos años.

Esa cercanía con la realidad, esa proximidad presente – futuro, es lo que le permite a su director, Leigh Whannell asentar su historia entorno a las ya más que conocidas dudas acerca de la Inteligencia Artificial y la nanotecnología. Dudas que ya a día de hoy los grandes científicos y filósofos tienen sobre la mesa.

Si hay que ponerle peros a esta estupenda propuesta cinematográfica, estos están bastante relacionados con su linealidad argumental y con su aparente previsibilidad. Podría haber más riesgo, como sí lo hubo en Ex Machina, podría haber profundizado algo más en los desafíos éticos que la llegada de la IA planteará a la humanidad.

Por eso se queda un escalón por detrás de la maravilla de Garland.

Pero, pese a eso, sigue siendo una más que interesante forma de disfrutar del buen cine.

Nota: 8/10

El enésimo final de una saga. Star Wars IX: Rise of Skywalker

Esta cuarentena me he permitido ver la última de las películas de esta especie de “reboot” cinematográfico que Disney quiso inventarse al adquirir la franquicia Star Wars.

Star Wars: The Rise of Skywalker es, probablemente, la película que todo fan advenedizo de la saga estaba esperando y, sin embargo, está cargada de todos los errores que lleva arrastrando desde el Episodio VII.

Estamos ante la trilogía más prescindible de todas, aunque no sea El Ascenso de los Skywalker la peor de sus tres entregas. El problema aquí es la herencia envenenada de un cúmulo de errores de bulto en la narrativa de la saga y la búsqueda desesperada de escenas icónicas como servicio para el fan que quiere salir del cine emocionado.

Lo primero nace de una idea errónea de lo que significa relanzar una saga y lo pudimos padecer en el Episodio VII. Lo segundo, es denominador común a las nuevas tres películas como fórmula para agradar al espectador.

Con todo, no es una mala película del todo. Tiene ritmo, tiene giros menos predecibles y los nuevos personajes ganan algo de entereza ya en su recta final. El problema es que los Finn, Poe o Rey están constantemente buscando definir quiénes son y, ni siquiera cuando todo ha terminado acabas de tener claro cuál era su verdadera motivación.

Hay otros, como Kylo Ren, que fueron siempre a remolque de la sombra de lo que se esperaba de ellos y que ven como su personaje termina por desmigajarse definitivamente entre escenas muy alejadas de la originalidad de la primera trilogía y cientos de expectativas no colmadas.

Quizá sea porque todo recuerdo tiende a ensalzar las virtudes de aquello que recordamos y a suavizar los defectos. Quizá sea porque los que en aquella época eran adolescentes hoy ya son cuarentones. Yo me decanto por el hecho de que el lenguaje cinematográfico ha tenido tiempo más que suficiente de evolucionar y, sin embargo, Star Wars debía haber seguido siendo lo que fueron sus tres capítulos originales: una Space Opera sin muchas pretensiones. Un western en el espacio al que sólo le importó la sorpresa cuando reveló la realidad tras la máscara de Vader. El resto era puro entretenimiento.

El misticismo que se generó a su alrededor no fue cosa de su profundidad de guion, ni de sus enrevesadas historias con múltiples ramificaciones. Fue tan sencillo como darle al público una historia coherente y unos personajes con el carisma suficiente para que terminases enamorado de ellos.

Todos somos héroes

Con cada día que pasamos confinados, más y más capas de pintura van desconchándose por el efecto del tiempo y mejor podemos observar en toda su esencia hasta donde hemos llegado a caer como sociedad.

Yo crecí mirando hacia referentes inalcanzables, a personas que en una vida que parecía discurrir con parámetros temporales diferentes, habían llegado al Olimpo de los logros cambiando a la humanidad de alguna forma.

Esos referentes debían ser inalcanzables, porque todo lo ideal parte de la base de que jamás podrá llegar al mundo de lo real.

Pero el mundo cambió y exigió que los ídolos también pasaran el filtro de esa recién estrenada democracia. Y esa incipiente sociedad de consumo vio en ello uno de tantísimos filones para generar beneficios. Entendió que podría convencernos de algo y sacar dinero de ello.

Y así los dioses, los mitos, nacían en el mismo barrio que tú y terminaban marcando el gol de todos los tiempos, crecían jugando con los colegas en un garaje como el tuyo y revolucionaban la informática y la vida de las personas.

Ahora era posible ser un héroe: solo hacía falta esfuerzo. ¿Cuánto? Mucho. Muchísimo. Y siempre haría falta más. Aunque estuvieras lejos de alcanzarlo debías seguir esforzándote sin parar. Aunque se les hubiera olvidado añadir a esa receta del éxito que otros componentes como la suerte, el talento o el contexto social tuvieran un impacto crucial en ella. Pese a que todas esas historias de éxito absoluto llevaran un carga de márketing increíble detrás.

Para esa generación se acuñaron términos en inglés con una fuerte carga emocional. Ahora ya no eras empresario sino emprendedor. Ahora ya no montabas tu negocio sino tu start-up y nos dijeron aquello de «Si quieres, puedes».

El problema de vender humo es que, tarde o temprano, el viento lo termina disipando y, para evitar que algún niño señale al Emperador al verlo desnudo hay que correr a la máquina de humo para hacer más.

Y vaya si se hizo. Porque en esa escalada hacia la democratización del éxito, se dio un paso más, y se democratizó el talento. Todos teníamos el derecho, por una Constitución Universal, de tener talento. Estaba ahí, en algún lado escondido, solo había que encontrarlo (o que pagar por él).

Ya no es necesario, ni siquiera, el pensar en cambiar el mundo. Basta con creer mucho en nuestro talento, el que creamos que sea. Basta con mostrarlo al mundo, aunque nadie nos lo haya pedido. El cuento ha cambiado: somos todos los que vamos desnudos y absolutamente nadie se da cuenta. Somos todos los que nos creemos vestidos de nuestro propio éxito cuando, en realidad, apenas podemos taparnos con nuestras carencias y nuestras inseguridades.

El último escalón en esa carrera sin sentido hacia la democracia de lo inútil, hacia la estupidez suprema, lo hemos dado con esta cuarentena. No hace falta hacer nada. Literalmente. Nos repiten en los medios que todos, TODOS, somos héroes. Todos tenemos nuestra medalla, nuestra capa, nuestra Batcueva. ¿Por qué? Porque nos quedamos en casa y cumplimos como buenos niños lo que nos piden los expertos.

Ahora, después de todo este lento discurrir en una bajada a los infiernos del sentido común, somos nuestros propios héroes, nuestros propios referentes. Todos: los que nos quedamos en casa o los que salen de ella a hacer su trabajo. La heroicidad la estamos vendiendo al peso.

Salimos al balcón a aplaudir cada tarde, nos miramos entre nosotros con una mezcla de complacencia y orgullo y, de forma inconsciente o no tanto, nos aplaudimos a nosotros mismos.

Porque tenemos derecho.

Porque nos lo merecemos.

Reseña: La Trilogía de Trajano (Santiago Posteguillo)

Por fin, después de unos cuantos meses, tuve el placer de acabar con la inmensa trilogía que Santiago Posteguillo le dedica a la figura de Macro Ulpio Trajano, el gran emperador hispano de Roma.

La mezcla entre historia novelada e información historiográfica hacen de las tres novelas, en su conjunto, una obra de proporciones titánicas que demuestra el esmero y el esfuerzo que el autor ha puesto para dotar de verosimilitud a la narración. Las múltiples líneas argumentales entretejen una historia de amor y traición, de ascenso al poder y de caída con el trasfondo de uno de los momentos de mayor expansión militar del Imperio Romano.

Santiago Posteguillo, con una prosa dinámica y con un marcado acento cinematográfico en muchos de sus capítulos, nos cuenta en la Trilogía de Trajano una especie de biografía del gran militar y político que fue Marco Ulpio Trajano. De su nacimiento e infancia en tierras andaluzas a su posterior desempeño militar como tribuno en el norte de Europa para, finalmente, relatar su ascenso político alcanzado el poder supremo del mundo como emperador romano.

La Legión Perdida, último de los volúmenes de esta trilogía, debe su nombre al mito de la Legión que Craso, cien años antes de la llegada al poder de Trajano, llevó a tierras partas y que perdió en uno de los momentos más infames que recordaría el pueblo romano. El mismo Marco Licinio Craso perecería en aquella batalla en Carras y así daría inicio a una leyenda que perseguiría, cual fantasma, a todos los intentos del Imperio por cruzar el Éufrates.

Esa misma legión perdida es la que se enrosca entre las idas y venidas de la etapa final del emperador Trajano, esa misma historia, repetida cien años después, pero con sabor a amarga victoria de las tropas romanas. Partia caería, y los límites del Imperio Romano alcanzarían una extensión que jamás volverían a ver.

Pero Roma jamás estuvo preparada para gestionar un imperio de tales dimensiones y la muerte de Trajano trajo la contracción de un imperio que empezaba su lento viaje hacia la desaparición.

La Trilogía de Trajano ha sido mi primer contacto con el trabajo de Santiago Posteguillo y he de reconocer que sus tres novelas son apasionantes. Están plagadas, en algunos momentos con algo de exceso, de referencias históricas que le permiten sumergirse en la Roma imperial y acercarse a la figura humana de sus emperadores y, en especial, al magnetismo y la capacidad estratégica de Marco Ulpio Trajano, uno de los más grandes emperadores que tuvo jamás el Imperio Romano.

Como bien diría Domicia Longina en las últimas páginas de la novela: “Trajano fue un emperador demasiado grande para una Roma demasiado pequeña”.

Nota: 8/10

De olvidos y poetas

Una mañana que estaba dibujando, se acercó uno de los presos y me preguntó:

– ¿Eres dibujante?

Le dije que no, que sólo era aficionado.

– A mi también me gusta. Éste es para mi Manolito.

Me mostró un dibujo. Era un niño con una cabra junto a un árbol.

Y se retiró. No hablamos más. Cuando pasaron unos minutos se acercó otro de los presos y me dijo:

– ¿Sabes quién es ese que ha estado contigo?

– No.

– Es Miguel Hernández, el poeta.

Yo le había conocido en alguna ocasión en que, junto a Rafael Alberti, había ido al frente de Somosierra a recitarnos poemas. Pero el Miguel Hernández que había conocido no tenía ningún parecido con este otro Miguel Hernández. Estaba hecho polvo, enfermo y destruido por las humillaciones y el sufrimiento.

Hoy se cumplen 109 años del nacimiento de Miguel Hernández, uno de los grandes poetas españoles que nos dio el pasado siglo. El extracto de texto es de Miguel Gila, probablemente el mejor humorista español del siglo XX. Dos Migueles, dos genios de lo suyo, unidos por el dolor y el sufrimiento que trajeron los años oscuros de la posguerra española.

A Miguel Hernández lo conocí, de verdad, cuando tuve que despedirme de alguien muy cercano a mí. Di, casi por casualidad, con uno de sus poemas. Cuando lees a Miguel Hernández por primera vez, como yo hice en aquella ocasión, entiendes por qué el arte es una construcción humana: su Elegía te acerca a la fragilidad de nuestra existencia y, al mismo tiempo, proyecta esperanza cuando habla del vínculo indisoluble entre la muerte y el amor. La magia del poeta de verdad está en esa capacidad de expresión por encima de lo humano, su destreza con las palabras, como las teclas y el pianista, como el pintor y sus pinceles. Es ese concepto de arte que eleva al hombre y lo acerca a sus propios dioses. Miguel Hernández era uno de los privilegiados dotados con la capacidad de hacer sentir a través de sus textos.

Ahora vienen muchos a hablarnos de olvido. De enterrar bajo las toneladas del desprecio que trae la desmemoria que a nuestra España le arrancaron las palabras, le cegaron la mirada al futuro, acallaron su música y le borraron sus risas. Fueron otros los que, durante muchos años, se encargaron de sepultar la ilusión de una España diferente.

Hoy dicen que ya pasó. Que ya fue. Que hacerlo ahora es sinónimo de revancha.

Pero a los Miguel Hernández, a los García Lorca, a los Alberti o Unamuno. Y a los miles de anónimos que la confrontación entre las Españas, el terror y la ingnominia de los cobardes, los alejó a miles de kilómetros de su tierra o para siempre de todo lo que un día quisieron…

A esos no los olvidaremos nunca.

35 Veranos

Hoy al despertar todo seguía en el mismo sitio.

Lo de cumplir años parece tener ese halo de trascendencia cuando en realidad no es más que un día de los trescientos sesenta y cinco del año.

Las rutinas de siempre. El paseo matutino con Luna. Al menos ya nos hemos quitado de encima la dichosa ola de calor.

Luna. Hace un año no se me hubiera pasado por la cabeza. Ya ni te cuento hace diez.

Si algo tienen los cumpleaños es que te permiten anclar perspectivas: son pequeñas montañas que tomar como referencia para mirar de donde viene uno. Mi camino, visto desde esta última atalaya, ha tenido un sinfín de giros extraños. Extraños por lo inesperado, pero supongo que de eso se trata vivir tu vida.

Hace diez años cumplía veinticinco y tengo ahora la sensación de que por aquel entonces no sabía casi ni atarme los cordones de los zapatos.

Una psicóloga hace tiempo me preguntó aquello tan tópico de dónde me veía dentro de cinco o diez años. Le contesté que casado y con hijos. No sé si lo hice porque era lo que se esperaba que dijese o porque por aquel entonces seguía escribiendo mi futuro en una cuadrícula.

Aún todavía hoy me descubro queriendo encorsetar mis decisiones en una fotografía que nada tiene que ver conmigo.

Benditos veinticinco años, pienso. Tan vacíos de responsabilidades. Como decía el poeta palentino, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Lo de Jorge Manrique con el tiempo pasado tiene parte de verdad y parte de drama innecesario. La diferencia entre pasado, presente y futuro es más una sensación que una pérdida real.

Cambiamos con el paso de los años. Pero no tanto como creemos, ni tanto como nos gustaría.

Cambiamos porque nuestras circunstancias cambian. No hay cuadrícula que valga.
Te das cuenta en días como este, donde los planes no son los mismos, ni las personas que te acompañan, ni la rutina con la que buscamos controlar nuestro tiempo. Difícilmente hace diez años podría haber imaginado mi vida hoy.

Sacas a pasear a un perro que te dijiste que jamás tendrías, envías a 1500 km de distancia un mensaje que te dijiste que jamás enviarías. Ahora ya no haces planes a cinco o diez años y miras al futuro con menos inocencia, pero quizá con más seguridad en ti mismo.

De eso va lo de cumplir años. No es más que tiempo que pasa. Números en un calendario a los que a veces adjuntas recuerdos.

Y yo voy ya por treinta y cinco veranos.

El adiós de Juego de Tronos

Es el tema de conversación en muchas reuniones de amigos, en muchas cafeterías. También en largas peroratas en Twitter aderezadas con los típicos debates sine die. Cientos de artículos analizan una y otra vez contenido y continente exprimiendo hasta la última gota evaluable.

El caso es que en unas horas Juego de Tronos, la serie, el trasatlántico insumergible que abanderaba la oferta de contenidos de la plataforma HBO, transitará por sus últimos minutos.

El esperado final.

La conclusión de una historia que comenzó allá por un ya lejano 2011 con Eddard Stark, Señor de Invernalia, Guardián del Norte. Mucho ha llovido desde entonces, muchos se han ido y otros tantos han llegado.

Ocho años después, la epopeya ideada por Martin terminará su adaptación televisiva y más allá de las quejas, de defensores y detractores, me cuesta enormemente no sentir un poco de tristeza ante su despedida. Pese a que Gandalf decía aquello de que no todas las lágrimas son amargas, las de este adiós tienen el sabor del recuerdo inexistente. De lo que pudo llegar a ser, pero no quiso o no fue capaz.

Nunca fui un gran fan de la serie.

A diferencia de los libros, que me parecieron de un interés notable, la serie de televisión, sumida en un esfuerzo titánico de adaptar una saga de novelas de enormes proporciones, se quedó siempre en ese limbo extraño, intentando llegar a un punto que nunca existió.

Y, pese a todo, supo mantenerse erguida. Se defendió con uñas y con garras. Con fuego y sangre. Con actores que han dado la talla y con una producción técnica admirable en muchos momentos.

Si uno hace el ejercicio de desembarazarse de la pesada maldición que todo libro proyecta sobre su adaptación, Juego de Tronos es, en sí misma, una serie atrayente. Un baile ambientado en una pseudo-Edad Media, un juego de poder y traiciones, de amistad, amor y muerte, donde el espectador pasea por una delicada inestabilidad alimentada por el miedo que surge de alejarse de los cánones del género: ningún personaje es vital, ningún arco argumental parece destacar sobre el otro como sucede en otras historias. La imprescindibilidad del héroe se sustituye por lo temporal de la existencia. Toda pieza de este ajedrez de codicia y poder tiene un valor intrínseco y extrínseco por aparecer.

No existe una línea definida entre el bien y el mal porque la realidad del mundo nunca pudo definirse de esta forma y en esto, tanto serie como libro, ejercen un efecto intenso sobre el observador. La ansiedad ante lo desconocido emerge con una potencia que no tienen series de características parecidas, en las que los roles tienen un exceso de definición.

Y así, todos, personajes aparentemente principales y caracteres secundarios, juegan un papel ambiguo, difuso, que te obliga a hacer el esfuerzo de no aferrarte a ninguno de ellos. A dar por plausibles todas las posibilidades.

Hasta ahora.

En los últimos episodios, aunque todo esto comenzase a gestarse tiempo atrás, los guionistas (no sé si George RR Martin tiene alguna parte de culpa en esto), decidieron lanzar por la borda todas y cada una de las señas de identidad de Juego de Tronos, terminando por convertirlo en un Titanic a la deriva.

Y alejándose de su esencia se acercaron al fuego abrasador de lo común. De lo evidente. De lo mil veces visto.

El paradigma del héroe que se convierte en villano por el rechazo de la sociedad. Que en su propia miseria existencial decide tomar el camino que lo aleja de todo lo que una vez amó porque concibe que sólo a través del miedo podrá alcanzar aquello que siempre ha codiciado.

El maquiavélico villano que muere en medio de una epifanía donde pide perdón a sus dioses y a su verdadero amor por todos sus pecados y que se muestra en toda su debilidad ante la presencia de la muerte.

Los personajes secundarios que se mantienen en su rol de secundarios. Que aportan valor porque contribuyen al desarrollo de la historia pero que su presencia es desdeñable y en momentos hasta innecesaria.

En definitiva, Juego de Tronos ha pasado de ser una canción que cantarían los bardos hasta el final de los días, a convertirse en un triste cuento olvidado en la vieja estantería.

Poco se puede hacer ya. El final de esta historia aportará las dosis de costumbrismo y tradición que terminarán por enterrar del todo a una historia que quiso ser diferente. Quizá más humana, más trágica. Pero que, como Ícaro con sus alas, tal vez se acercó demasiado al sol de los estudios de Hollywood y a las garras del márketing superficial que gobierna hoy todo.

Y ningún giro final inesperado, ningún cambio de última hora, recuperará a este muerto viviente que apura sus últimos momentos de vida, porque ya se han encargado unos y otros de arrancarle de las entrañas aquello que una vez le hizo tener luz propia.

Reseña: La Luna es una cruel amante (Robert A. Heinlein)

A los libros de ciencia ficción siempre les he pedido que me propongan un futuro relativamente creíble pero que, además, hagan volar mi imaginación hacia caminos que no hubiera transitado con anterioridad.

Una historia común, en un futuro próximo.

Robert A. Heinlein decide tomar la dirección opuesta y plantear como futuro algo que ha sucedido innumerables veces en la historia de la humanidad: descubrimos un trozo tierra, nos creemos que nos pertenece, lo explotamos y al final la gente que vive allí decide que ya está bien de tanta broma y trata de independizarse.

Imaginemos por un momento que lo de viajar a la Luna se simplifica. Pongamos que hacemos un “Australia” con ella y enviamos a todos los presos con condenas a largas a pasar allí el resto de sus vidas. Una suerte de pena de muerte selenita.

Y, lo más interesante de todo, supongamos que esa gente desarrolla una sociedad con unas normas adecuadas a las características de nuestro satélite, lo cual conforma una cultura y una tradición propias y ajenas al resto de la Tierra.

Ya tenemos todo lo que necesitamos en la coctelera ideológica para plantear una situación política análoga a las muchas a las que se enfrentaron los europeos que se consideraron dueños del mundo por un tiempo.

El carisma de los personajes y la confusión del lector.

Si a Heinlein hay que reconocerle algo, más allá de que es un narrador excelente, es su capacidad para maniobrar con la historia hasta tal punto que uno se siente verdaderamente un extranjero en medio de una sociedad que le es totalmente desconocida. Al más puro estilo del misionero que llega a las tierras por evangelizar, el autor nos relata a través de los protagonistas cómo se estructura la vida de una población que debe enfrentarse a situaciones producidas por sus especiales características físicas y sociológicas: hay muchas menos mujeres que hombres y la gravedad es mucho menor a la de la Tierra.

Una sociedad puramente matriarcal, polígama hasta límites que tambalearían hasta al más liberal, sometida al yugo de una Autoridad que rige la explotación de sus recursos.

Sus protagonistas, en especial Mannie, se construyen sobre el doble juego de la cercanía del lenguaje y la incomprensión de su cultura. Es su carisma, su forma de pensar, la que hace al lector sumirse de lleno en su discurso. Y comprarlo ciegamente.

El elemento disruptor

En medio de esta marejada de pensamientos, aparece Mike, el cognum puro. Una especie de super computador, muy al estilo de Jane en la Saga de Ender, que concibe la existencia de la humanidad como un enorme juego en el que divertirse.

Su participación en el devenir de los acontecimientos resulta tan crucial como interesante desde el punto de vista ideológico: uno se pregunta hasta qué punto situaciones que se dan en la novela no se están produciendo ya en la actualidad.

Una historia conocida y un final que invita a reflexionar

Lo que sucede a lo largo de la novela tiene muchas similitudes con muchos capítulos históricos conocidos. El desenlace, como no puede ser de otra forma, también. Pero es la contextualización de la historia la que obliga al lector a realizar un ejercicio de reflexión. A hacerse preguntas para las que ya consideraba tener una respuesta clara.

Resulta que no.

Que quizá sí que estemos condenados a repetir nuestra historia.

Una y otra vez.

Nota: 8/10

La última temporada de Juego de Tronos: un tibio inicio.

Aviso: Este artículo contiene spoilers (revelaciones de la trama) de la octava temporada de Juego de Tronos.

Una serie de las dimensiones de Juego de Tronos siempre corre el mismo riesgo: levantar más expectativas de las que es humanamente posible responder.

Ayer llegaba a España el primer episodio de la octava y última temporada de la historia que narra las aventuras de Poniente y lo hizo con un arranque demasiado en tierra de nadie.

En busca del carisma

En primer lugar quizá lo más relevante del final de la última temporada y el comienzo de esta es que dos de los personajes con más fuerza han comenzado una relación amorosa. Peligroso camino que transitar porque se trata de un concepto ajeno a la esencia de la serie, más centrada en las intrigas políticas que en los paseos a lomos de dragones entre risas y arrumacos.

Del resto de personajes el episodio nos da una mínima pincelada de todos ellos, como queriéndonos convencer de que todos son importantes y que tendrán su papel en el devenir de los acontecimientos.

Este intento de cubrir todos los flancos deja a este primer episodio en la incómoda situación de querer decir mucho y terminar contando poco.

Arcos argumentales conectados

El final de la séptima temporada terminó por conectar muchos de los arcos argumentales que, hasta la fecha, habían tomado caminos distintos. Esta variedad de contextos dotaba de dinamismo a la serie y permitía cambios rápidos de entornos y de personajes. Ayer todo transcurrió entre Invernalia y Desembarco del Rey. Todos los personajes comparten ahora escenario y el resultado es la sensación de que la historia no avanza.

Cersei

Mención aparte merece la todavía reina Cersei Lannister.

Es uno de los personajes con más proyección prácticamente desde el episodio uno. Se ha ido construyendo a sí misma, conformando lo que parecía una batalla entre dos grandes mujeres en un mundo hecho para los hombres. Sin embargo, ella también se contagia de la fragilidad argumental del episodio, se diluye entre escenas y termina aparentando ser una sombra de lo que en su día fue. Confiemos en que la historia la devuelva a su merecido lugar.

Es pronto, todavía hay esperanza

La última temporada acaba de dar comienzo. Todavía tiene mucho margen de mejora y es comprensible que este primer asalto fuera más un ejercicio de puesta en escena de las piezas del tablero de ajedrez. A medio camino entre un refresco para la memoria de los espectadores y el planteamiento inicial de lo que se prevé sea la batalla de todos los tiempos.

No perdamos la esperanza.

Siempre nos quedará Tyrion.

Crítica: Green book (2019)

Decía San Agustín de Hipona que “el buen hombre es libre, incluso si es un esclavo mientras que el hombre malvado es un esclavo, incluso si es un rey”.

Toda nuestra historia está plagada de ejemplos donde poder y moral transitan caminos opuestos, donde los desequilibrios que impone una sociedad injusta lastran las vidas de quienes padecen esas injusticias.

Cuando, con el devenir de los años, miramos hacia atrás con la óptica condescendiente de quien se cree que el progreso se da también en los valores humanos, nos llevamos las manos a la cabeza al observar las tropelías que cometimos con nuestros iguales. Y, en un ejercicio de hipocresía máxima, se nos olvida analizar las que hoy en día seguimos cometiendo.

Las justificamos con las excusas más peregrinas porque necesitamos indudablemente sentirnos cómodos en este equilibrio de realidad y engaño.

Green book (2019) es, paradójicamente, una oda a muchas de las virtudes del ser humano y, a la vez, una bofetada a nuestra supuesta superioridad moral.

Dirigida por Peter Farrelly, la película nos relata cómo se fraguó la relación de amistad entre Tony Lip, un matón italoamericano y Don Shirley, un grandísimo pianista negro, en plena década de los 60. Farrelly esboza la realidad del sur norteamericano de aquella época donde ser de raza negra equivalía a ser poco más que un animal, y nos pone en la piel de aquellos que, a pesar de sufrir la marginación y el desprecio de la sociedad, nunca perdieron su dignidad.

La química surge de forma innegable entre Viggo Mortensen, que interpreta de forma magistral al malhablado Lip, y el delicado y sutil Mahershala Ali, que da vida al virtuoso pianista. Una química que conecta directamente con las emociones del espectador, que le permite identificarse con ellos y que, al final, le obliga a hacer un ejercicio de reflexión.

Durante el viaje que realizan por todo el sur de aquellos no tan lejanos Estados Unidos, la relación entre ambos personajes crece al mismo tiempo que el choque cultural se hace patente y el blanco comienza a entender qué significa ser negro en una sociedad racista.

La película adolece de cierta tendencia al buenismo y a la dicotomía moral: los malos son muy malos, los buenos, aunque a veces no lo sepan, son muy buenos. La sociedad nunca fue así. Hay que aceptar esa licencia (entendamos que uno de los productores es el hijo del verdadero Tony Lip) si, a cambio, verla implica pensar que el racismo y la xenofobia nunca se fueron de nuestra sociedad.

Y es que, pese a estar ambientada hace 50 años, Green Book nos retrata actitudes, situaciones e incluso expresiones tristemente actuales.

No está de más caer en la cuenta de que si nos escandaliza que existiera un libro para poder viajar siendo negro por el sur de los democráticos y libres Estados Unidos de América, quizá sería buena idea dejar de alentar a quienes repiten esos mensajes de odio y desprecio a lo diferente escondidos tras los colores de una bandera.