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El despertar

Debería existir una palabra para denominar ese breve período que sigue al despertar, cuando la mente está llena de la nada cálida y rosada. Uno permanece allí, acostado, libre de todo pensamiento, salvo por la creciente sospecha de que hacia uno se dirigen, como un guantazo recibido en plena noche en un callejón, todos los recuerdos de los que uno preferiría prescindir, y que se reducen al hecho de que el único factor mitigante de nuestro horrible futuro es la certeza de que será brevísimo.

Mort, Terry Pratchett

Organiza tu día

Uno de los consejos que procuro seguir a la hora de organizarme el día a día es el que recomienda tener las cosas planificadas de antemano.

No os podéis imaginar la diferencia que suponen esos 10 minutos en los que te planteas qué quieres hacer con el día, qué objetivos quieres conseguir y cómo planeas hacerlo.

Por ello en su momento diseñé una plantilla simple basándome en una idea similar que encontré en internet.

Hoy os la comparto por si os puede ser de utilidad. Como veréis está bastante adaptada a mi día a día, pero, en general, cualquiera puede usarla.

Plan

 

El Daño Inevitable

Suele suceder que muchas veces, cuando nos enfrentamos ante una situación en la que alguien ha sido dañado emocionalmente, ya seamos nosotros mismos o alguien de nuestro entorno, repetimos alguna frase al estilo de “esto se podría haber evitado si…” “si las cosas hubieran sido de otra manera…”

Tengo la sensación de que en nuestra búsqueda incansable de encontrar respuesta a todas las preguntas que la vida nos pone por delante tratamos de racionalizar las emociones. Y esto vendría a ser como intentar resolver la cuadratura del círculo con una rama de naranjo.

Cuando involucramos emociones, sentimientos, en nuestras relaciones personales (lo cual, nos guste más o menos, sucede aproximadamente en el 100% de los casos), éstas tarde o temprano se escaparán a nuestro control racional.

“No te preocupes, que yo sé lo que estoy haciendo”

“A mí eso no me va a pasar”

“Tengo claro lo que siento”

Todo son frases que buscan convencernos de que mantenemos nuestra cuota de control racional sobre un ente tan sumamente ingobernable como son los sentimientos.

Así, cuando la verdadera y poderosa fuerza emocional se desata y la amígdala pasa a tomar el control total de nuestro cuerpo, nuestra capacidad de raciocinio se reduce al mínimo.

Es entonces cuando, inevitablemente, sufrimos. Y ese daño emocional, analizándolo con la medida calma del que observa desde fuera, es un daño inevitable. En cada una de las situaciones emocionales que a día de hoy os rodean. En todas aquellas relaciones donde hay sentimientos involucrados. Allí donde lo que llamamos “el corazón” tiene su cuota de responsabilidad en la interacción. Allí está el riesgo de salir dañado.

Tenemos, pues, como seres humanos racionales, el deber y la necesidad de asumir el rol que los sentimientos juegan en nuestra vida, de reconocer que nos agrade más o menos (probablemente menos que más) en algún momento u otro resultaremos dañados y, por último, lo más importante, de aprender con cada fracaso, con cada desengaño, con cada error, a lidiar con el dolor que trae consigo. Aceptarlo como parte de nosotros. Terminar incluso amándolo.

El daño no es más que otra muestra más de nuestra increíble capacidad de sentir emociones.