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La importancia de un buen final: Perdida (2014) y La Isla Mínima (2014)

Una de las cosas más críticas en una historia contada, ya sea en literatura, teatro o en cine es su final.

Es como el postre de una buena comida, que no necesariamente debe ser tan elaborado como el primer plato pero cuya importancia es crucial para el desenlace de la experiencia.

Esta semana he tenido el placer de ver dos películas en las que el final no ha supuesto un verdadero final sino más bien la pasarela a una degustación más pausada de la historia.

Con Perdida, David Fincher nos presenta una historia que gira entorno a dos elementos claves en la sociedad norteamericana y, en muchos casos, en la nuestra: la importancia de los medios en el juicio de la gente y la distorsionada imagen que muchos matrimonios (o parejas) proyectan a su entorno.

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Con esos dos pilares, Fincher desarrolla un atrapante thriller donde las capacidad de sorprender al espectador está íntimamente ligada con la capacidad del ser humano de hacer el mal. Durante sus más de dos horas y media de metraje el ambiente de tensión se torna por momentos opresivo, convirtiendo a la película en un oscuro relato sobre la maldad al mismo tiempo que sutilmente pone de relieve las dos mencionadas ideas.

Y el final.

No os desvelaré nada de él pero sí que os diré la sensación con la que salí del cine: ansiedad. Es sencillamente el resultado de 180 minutos de elaborada e intrincada historia de amagos y engaños que terminan de una forma abierta, como dejando al espectador que intuya cuál será el verdadero desenlace aunque para ello tenga que hacer uso de sus propios principios éticos. O incluso que los tenga que poner en entredicho.

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La otra grata sorpresa, y esta lo ha sido especialmente, ha sido La Isla Mínima de Alberto Rodríguez.

La historia es más que conocida: desaparición de dos niñas, dos policías bastante antagónicos acuden a investigar el caso, etc.

Pero aun tratándose de una historia mil veces contada, lo realmente interesante es la fantástica forma de relatarnos esta historia.

Se trata de una película elaboradísima, con una conjunción entre las escenas, la fotografía, la música y las actuaciones rozando la perfección.

Algunos critican la simpleza del guion, que tal vez podría haber estado en algunos momentos ligeramente más elaborado (o tal vez definitorio), pero en esta nueva corriente de largometrajes en los que ahora ya no basta con entender lo que se ve sino que hay que elucubrar lo que no, La Isla Mínima se doctora.

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Mención especial a la perfecta consonancia de los dos actores protagonistas que nos regalan una actuación que espero que termine, cuanto poco, en algún merecido Goya.

Y el final.

De nuevo ese final que cuenta y no cuenta, que deja que el espectador desarrolle mil y una teorías, algunas descabelladas, algunas que parecen encajar a la perfección. De nuevo el chef deja de masticar la comida y explicarle al comensal los distintos sabores que éste debe percibir para dejarle a éste que sea el que use sus sentidos para interpretar la obra.

Y lo dicho, aún días después, al recordar estas dos películas, vuelven las esencias, los pensamientos que las hacen afianzarse en nuestra memoria, que harán que las podamos recordar dentro de un tiempo, como aquellas películas que nos obligaron a reflexionar más allá de haberlas visto.

La nueva estrategia de Apple

Hace unos días finalmente Apple desvelaba el secreto que cada vez es menos secreto: su última revisión de su Smartphone, iPhone.

Quien haya seguido de cerca la evolución de la empresa de Cupertino habrá podido observar que parece existir un antes y un después del empeoramiento y posterior muerte de su gurú tecnológico, Steve Jobs.

Una idea clara: tecnología, diseño y calidad.

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Este antes era el que se enfocaba en convertir a cada uno de los dispositivos que presentaba la marca de la Manzana en un elemento tecnológicamente disruptor que hacía que las masas de los conocidos como “nerds” tecnológicos se lanzaran en tromba a conseguir uno de esos dispositivos.

De esta forma las primeras 4 revisiones de su teléfono fueron un rotundo éxito: el iPhone 3, el iPhone 3GS, el iPhone 4 y el iPhone 4S.

Mención especial para dos de esos modelos: el 3G y el 4 que se convirtieron en verdaderas maravillas tecnológicas con prestaciones y rendimientos muy por encima de sus más directos competidores.

Estos dispositivos aunaban dos conceptos que colocaron a Apple en el número uno del Nasdaq: tecnología y diseño.

Y lo hacían esmerándose en un control de calidad de su hardware y su software desconocido hasta la fecha. De esta forma, adaptaban sus soluciones tecnológicas al gran público y fue, en gran parte, lo que les permitió despegar y colocarse en la primera posición en el mundo de los teléfonos inteligentes.

La decadencia de una estrategia.

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En el mundo de las nuevas tecnologías lo que hoy es novedad, mañana está anticuado y pasado obsoleto. Es una realidad con la que muchas compañías no han sido capaces de lidiar y que les ha llevado a la práctica desaparición.

La estrategia que siguió Apple a finales de los años 2000 está sufriendo cambios: la llegada del iPhone 5 y del 5S supuso el primer viraje obvio en la estrategia comercial de Apple: mientras otras compañías, como Samsung, abrían su catálogo de terminales hasta ofrecer, quizá con cierto exceso, una amalgama interminable de soluciones, Apple decidía apostar por un terminal de 5 pulgadas que mantenía el ancho y que daba como resultado un dispositivo con una resolución extraña.

Aún así, y gracias a esa inercia de márketing que arrastra, el iPhone 5 volvió a ser un éxito pese a las críticas.

La tremenda decepción del iPhone 6.

En parte, ciertos sectores muy cercanos a Apple repetían incesantemente que el iPhone 5 se había concebido como terminal transitiorio hacia lo que sería una nueva disrupción tecnológica en forma de versión 6.

Cuando a principios de 2014 se empezó a oír hablar del iWatch para muchos saltaron las alarmas. Por un lado, habría que ver si los esfuerzos de la manzana habían ido dirigidos más hacia ese nuevo dispositivo que hacia un renovado teléfono y por otro, se percibía cierta cortina de humo que parecía querer pretender que la atención de la opinión pública se fijase más en el reloj que en otra cosa.

Y así sucedió. El iPhone 6 llegó. Junto con él, el 6 Plus. Y también el reloj. En esos tres elementos no se atisba ni por asomo un ápice de revolución tecnológica. Ni los dos terminales móviles ni el iWatch aportan nada que no exista ya, ni lo hacen de una forma que nos sorprenda especialmente.

Pero, no obstante, sí que hubo sorpresas: su precio. Su descomunal coste. El terminal grande, esa phablet de 6 pulgadas ronda los 1.000 euros de coste.

Y los problemas

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Y a todo esto hay que añadir los problemas de control de calidad que están sufriendo sus dispositivos, con fallos constantes en el software y un problema estructural en el caso del iPhone 6 Plus.

Problemas que antaño ni siquiera nos hubieran pasado por la cabeza y que, ahora mismo, tienen muy difícil explicación más allá de ese cambio de rumbo que parece estar sufriendo la compañía.

El futuro.

Parece que ese viraje de estrategia trata de convertir, de nuevo, al iPhone en un terminal exclusivo y diferenciador. El problema es que, lejos de intentar hacerlo poniéndolo a la cabeza de la revolución tecnológica, uno tiene la sensación de que desde Apple están intentando diferenciarse poniendo sus dispositivos muy arriba en la clasificación de precios.

Como si pretendieran convertirse en un elemento exclusivo por su excluyente precio.

Sea cual sea en realidad la nueva estrategia de Apple deben cuidar muy mucho sus próximos pasos pues en la corta historia de las nuevas tecnologías ya hay miles de casos de compañías que creyeron que sólo con la marea que habían generado tiempo atrás podrían navegar sin problemas: y terminaron siendo el Titanic.