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Elijah Bailey

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Cuando escuchas tantas y tantas veces que Isaac Asimov (Petrovichi , 1920 – Nueva York, 1992) es uno de los grandes padres de la ciencia ficción tal vez sea por alguna razón de peso.

Ayer pude por fin dar por concluidas las dos grandes sagas que han caracterizado la obra de Asimov: La saga de la Fundación y la saga de los Robots.

Con Robots e Imperio, cuarto libro de esta genial tetralogía robótica, Isaac Asimov termina de tejer ese inmenso telar en el que conecta a las dos sagas de una forma tan sencillamente genial que al leer la última de las palabras de este último libro uno no puede evitar suspirar un íntimo: ¡Pero qué jodido genio!

Porque te das cuenta de que estás ante una obra de proporciones descomunales.

Lo he dicho mil veces y lo repetiré otras tantas mientras pueda: El ciclo de Trantor (los primeros tres libros de la saga de la Fundación) son, a mi parecer, Ciencia Ficción en estado puro directamente en vena: ritmo trepidante, conceptos que te hacen reflexionar y que a priori no chirrían con la ciencia actual y una historia digna de ser contada.

Los dos siguientes, que concluyen la saga, mantienen el nivel pero lo elevan a un concepto más metafísico.

Eso, exactamente eso, ocurre en Robots e Imperio. Mientras que en los tres primeros libros de la saga el lector es introducido en un mundo donde las leyes de la robótica rigen a unos seres que apoyan a la raza humana en su expansión y las tensiones que hay entre los defensores y detractores de esta estrategia, en este último son los conceptos más filosóficos los que entran en lidia.

Las tres primeras novelas de la saga son protagonizadas por Elijah Bailey, un terrícola reacio a tener contacto con robots pero que terminará siendo muy amigo del robot humanoide R. Daniel Olivaw. Ambientadas en distintos mundos en expansión, o en la propia Tierra, el núcleo de la historia gira entorno a algún caso policíaco a resolver.

En Robots e Imperio han pasado ya unos cuantos años y nuestro querido Elijah ha pasado a mejor vida (impagable la escena que representa la despedida entre Daniel y Elijah, digna de ser rodada) y ahora los grandes protagonistas de la historia son dos robots: R. Daniel Olivaw y R. Giskard Reventlov.

Esto supone un gran desafío para Asimov desde mi punto de vista: hacer que la historia gire entorno a dos robots con las limitaciones que ambos tienen resulta peligroso para mantener la credibilidad científica de la historia. Sin embargo las conversaciones entre éstos superan este obstáculo con solvencia: son creíbles y tremendamente reveladoras.

Análisis acerca de la utilidad de los robots en una sociedad como la humana y los peligros que ellos representan. La problemática de una Tierra como santuario plagado de supersticiones que ralentiza la expansión humana en la Galaxia. El peligro de la aparición de otras razas inteligentes que pongan en serio compromiso esta expansión. La misteriosa creación de la Ley Cero, una ley que gobernaría al resto.

Todos estos temas, y otros tantos más son debatidos a lo largo de la novela mientras que sutilmente el escritor nos dirige al punto donde el círculo se cuadra: ambas sagas por fin tienen un nexo de unión donde todo trasciende. Así, miles y miles de años más tarde, cuando el intrépido Golan Trevize abordo de su nave antigravítica alunice y se encuentre con el robot Daneel Olivaw, toda aquella conversación, todos sus matices, todos los enigmas que se fueron creando en ambas sagas, por fin, tendrán su debida respuesta.

Amigo Daneel, ya he dejado de maravillarme ante la capacidad de la mente humana de mantener dos emociones opuestas simultáneamente. Me limito a aceptarlo.

R. Giskaard Reventlov.

Indispensable. 

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Que Asimov es un genio de la ciencia ficción es un hecho consumado. Leyendo la Saga de la Fundación alcanzas unos niveles de disfrute que muy pocas obras han sido capaces de igualar. Ha sido de las pocas sagas que me he vuelto a leer por el mero placer de redescubrirla.

Pero me sentía en deuda con Asimov. A pesar de los años, de los libros leídos, del respeto alcanzado, de su repercusión, nunca me había lanzado a leer su saga de los Robots. La razón principal era, en mayor parte, el miedo (irracional como la mayoría de los miedos) a que esta saga no estuviera a la altura.

Ya sabéis, Robots. Es decir, seres de metal creados por el hombre. Capaces de razonar pero de una forma limitada. Es complicado hacer casar la ciencia seria con las marionetas. El anhelo eterno de convertirnos en dioses capaces de crear vida. En el cine y en la literatura hemos tenido infinidad de casos en los que esa mezcla entre matemáticas y Frankenstein ha terminado por ser explosivamente negativa.

Pero era obligatorio así que me decidí el año pasado a comenzar mi periplo por la saga robótica de Asimov.

Los robots del amanecer

Y tras los primeros tres libros donde el ritmo fue creciendo como si de un redoble de tambores se tratase, Asimov escribió esta auténtica joya literaria. Parece que lo tuviera calculado porque tiene todos y cada uno de los elementos que convierten a un libro en una delicia de lectura.

Un protagonista carismático

Elijah Bailey. Terrícola. Rarito pero tan sagaz que a veces te marea de tal forma que no puedes sino quitarte el sombrero con su capacidad deductiva. Pero sobre todo es humano. Muy humano. Lleno de miedos. Lleno de la irracionalidad que el propio hombre parece que será incapaz jamás de reproducir.

Lleva todo el peso de la historia y compartes con él todos y cada uno de los progresos de la narración.

Un acompañante entrañable.

R. Daneel Olivaw. El robot humaniforme. Lo adoras desde hace ya tantas páginas que el hecho de que esté en la historia es sencillamente obligado. Es un robot casi humano. Y por tanto identificable con uno mismo. Pero esta vez no está solo. Giskard le acompaña, un robot común que primero provoca el rechazo de Elijah pero del que terminarás por enamorarte perdidamente. Te lo aseguro.

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Una historia apasionante

Como todos los demás relatos de la saga, Los robots del amanecer comienza con un crimen que el Sr. Bailey debe resolver. Para ello pondrá todo su intelecto en hacerlo pues de ello no sólo depende su futuro como policía sino el destino de la Tierra. Durante el progreso de su investigación el lector disfrutará con los distintos diálogos  donde se rebaten las hipótesis no sólo de la posible resolución del crimen sino de la propia esencia de la existencia humana tanto en la Tierra como en los llamados Mundos Espaciales.

Un tratado filosófico

Lo que subyace a la historia del crimen, esos largos e interesantes diálogos, hacen recordar en parte a los diálogos del filósofo griego con su discípulos. La llegada de la robótica avanzada a la humanidad no será un elemento más de progreso sino un componente disruptor: nada podrá volver a ser como antes. Y ese viraje en el proceso evolutivo de nuestra raza tiene en Los robots del amanecer un espléndido desarrollo y debate.

¿Serán los robots los que nos lleven a alcanzar las cotas más altas de desarrollo o, por el contrario, serán los culpables de nuestra decadencia como especie?

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Esa pregunta es la que deja en el aire de una forma magistral Isaac Asimov durante toda la novela.

Yo, ya lo digo aquí, miro con otros ojos a mi Roomba. 

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