Cadenas invisibles

El mueble que hay en el comedor de casa de mis abuelos es un mueble de esos de toda la vida. Grande. Enorme. Tanto que uno no alcanza a contar los huecos, estantes y vitrinas que tiene. Una vieja radio hace de director de orquesta en el centro mientras van apareciendo a su alrededor cuberterías, vajillas, copas, botellas de vino y enseres de todo tipo. Tiene incluso una de esas puertas abatibles donde mi abuelo guardaba los licores. Todavía me viene a la memoria el olor a coñac cuando la abríamos para coger los dados y las barajas de cartas en aquella época en la que los primos que nos juntábamos en vacaciones éramos los suficientes para poder jugar a cualquier cosa.

En lo más alto de ese imponente mueble se muestran las fotografías de las bodas de todos los hijos de mis abuelos. Todas guardan el mismo patrón: de pie, a los lados, los padrinos; a veces mis abuelos, a veces mis tíos. Sentados, con una expresión seria a medio camino entre el pavor y la condescendencia, los novios. Recuerdo que de pequeño sentía cierta mezcla de miedo y admiración por esas fotos. Había una parte tétrica en esas imágenes descoloridas de gente seria, engalanada con lo que suponía habría sido la moda quince o veinte años atrás, con la mirada fija sobre todos los nosotros, juzgando con severidad con sus miradas.  Al mismo tiempo, ver a mis padres o a mis tíos mostrando esa lozana juventud ponía en entredicho mi concepto de la edad del universo, que por aquel entonces rondaría la cifra de diez años a lo sumo.

Saco del baúl de los recuerdos esas fotografías en lo alto del mueble de mis abuelos porque esa especie de lúgubre visión de todas ellas gobernando por encima de nuestras cabezas, como invisibles jueces que lo evalúan todo, me ha hecho pensar en que hoy todavía seguimos encadenados a fantasmas invisibles.

Nos creemos adalides de una sociedad libre. Libertad que nos conjuramos en ejercer cuando nuestra vena revolucionaria post-adolescente nos empuja a enfrentarnos a la realidad de las responsabilidades. Nos decimos que somos libres de elegir nuestro destino. Que el camino solo lo marcan nuestros pasos.

Todo es una patraña de proporciones inconmensurables. Nunca fuimos libres. Al menos no lo somos la inmensa mayoría de nosotros.

De forma sutil pero permanente, la semilla de la normativa social se planta y germina en nuestro interior desde bien pequeños. No es algo evidente. Uno no puede detectarlo a simple vista. Pero existe. La conforman casi todas las relaciones sociales consideradas aceptables por nuestro entorno, que no hacen sino reforzar esa imagen de lo que está bien. También está en los gestos de desaprobación de nuestros padres o nuestros amigos al hablar de una situación que se sale de esa supuesta normalidad.

Aprendemos a querer, a desear esa fotografía en lo alto del mueble. Se convierte en nuestro objetivo vital y entorno a él orbitan todos nuestros pasos. Caminamos, no construyendo nuestro futuro, sino dirigiéndonos hacia él.

El destino sí está escrito. Lo escribimos nosotros cuando consciente o inconscientemente decidimos que el sello de calidad de la felicidad lo establece una hipoteca, una boda, un hijo y las vacaciones en un apartamento en la playa.

Incluso los que intentamos razonar en contra de ese dogma nos topamos con el muro de una construcción mental que lleva años fraguándose a fuego lento. “Está mal”. Está mal no casarse. Está mal vivir de alquiler. Está mal no tener hijos. Aquellos valientes que deciden vivir al margen de la normativa suelen ser mirados con miedo o desprecio. No forman realmente parte de la sociedad. Son el “amigo rarito” que todos tenemos.

Tu felicidad ya no la defines tú, la define el número de productos que has tachado ya de esa lista de la compra vital.

El problema añadido llega cuando se alcanza el objetivo y colocamos orgullosos nuestra propia foto en lo alto del mueble.

Es ahí cuando algunos, tal vez los más afortunados, descubren el engaño. Entienden, quizá por primera vez en sus vidas, que vivieron encadenados a un propósito invisible. Que sus caminos los llevaron ahí porque ahí es donde tenían que llevarlos.

Tenían que.

No hay esclavitud más del siglo XXI que la que traen nuestros fantasmas en forma de “tengo que”. Son esas cadenas invisibles que nos atan a una sociedad que sigue nutriéndose de matrimonios felices, de familias sonrientes, de vidas de estudio fotográfico.

Hoy hemos cambiado el mueble de los abuelos por el marco digital, por las fotos en Instagram, por las publicaciones de Facebook llenas de palabras vacías extraídas de algún intento de poeta moderno. Pero seguimos viviendo con las mismas cadenas.

Mientras, mis abuelos, mis padres y mis tíos siguen juzgando el paso del tiempo desde lo alto del mueble. Observan complacientes y con esa mirada sobria parecen querer decir que todo marcha bien, que las cosas siguen en su sitio.

Como tiene que ser.

Eclipses

Esta madrugada se ha producido un eclipse lunar, ese fenómeno en el que la Tierra se coloca entre la Luna y el Sol y proyecta su sombra sobre la primera produciendo el extraño efecto de hacer desaparecer a nuestro satélite del firmamento.

Más allá de lo interesante del acontecimiento astronómico, es curioso como muchos de nosotros también sufrimos nuestros propios eclipses.

Al igual que sucede con los eclipses lunares, algo o alguien aparece en nuestras vidas y se coloca entre nosotros y nuestra fuente de luz, nos proyecta su sombra y nos termina por distorsionar. Nos aleja de nosotros mismos y nos convierte en alguien desconocido.

Los eclipses personales tienen un componente de riesgo añadido: pueden llegar a ser permanentes. Si los mantenemos, si les dejamos echar raíces, nos pueden llevar a desdibujarnos y hacernos perder parte de nuestra identidad.

Tal y como pasa con los eclipses lunares o solares, que pueden ser predichos con cierta antelación, también los eclipses personales se pueden detectar antes de que sucedan. Aquellos que nos rodean pueden llegar a ver algunos signos que los preceden e incluso llegar a advertirnos. Lo complejo de los eclipses personales es que, aun habiéndolos identificado, resulta difícil salir de ellos.

Pero no todo es negativo. Si logramos escapar suelen dejar un poso de aprendizaje en nosotros, una especie de cicatrices o cráteres en nuestra personalidad, que nos alejan de futuros fenómenos de características similares al sensibilizarnos ante sus síntomas. Fortalecen nuestra identidad y nos dan la oportunidad de aprender a enfrentarnos a los vaivenes de la vida con una mayor sensación de control de nuestras emociones.

Coincide que esta madrugada hemos podido ver, además, lo que se conoce como Luna de Sangre. Se trata de una peculiaridad de algunos eclipses en los que la Luna aparece completamente teñida de rojo.

Esta alteración lunar, muchas veces asociada a fenómenos esotéricos o mágicos, tiene detrás, en realidad, una explicación científica: la Tierra filtra la amplia mayoría de frecuencias de la luz del Sol pero deja pasar la luz roja.

Y así, como le sucede a la Luna, nuestros eclipses deciden seleccionar qué filtran y descartan de nuestra personalidad y qué dejan pasar. Aunque aparentemente nosotros seamos los mismos, nuestros eclipses terminan desfigurándonos, convirtiéndonos en caricaturas de lo que un día fuimos o de lo que verdaderamente queremos ser. Envuelven nuestra existencia de esa atmósfera ilusoria y nos venden realidades propias de un anuncio de teletienda.

Los eclipses lunares son acontecimientos únicos, de alguna manera, como también son los personales: un momento donde lo místico se funde con lo científico y uno no es capaz de encontrar la frontera entre lo lógico y lo emocional, donde es sencillo perderse y donde lo más importante, como en casi todo en esta vida, es no alejarnos demasiado del faro de nuestra identidad.

Crítica: First Man (2018)

Miramos al cielo porque en las estrellas están las respuestas a todas las preguntas que alguna vez nos hicimos. Es nuestra esencia, la condición humana, la incestante búsqueda de respuestas. Retarnos con imposibles y al superarlos seguir buscando cimas más altas.

Hace más de cincuenta años el ser humano quiso tocar la Luna. Ese satélite misterioso, fuente inagotable de incontables mitos y creencias.

En medio de una vertiginosa guerra entre las dos grandes potencias de aquel tiempo, se libró una lucha entre dos gigantes que quisieron ser los primeros en acariciar con los dedos el astro blanco.

First Man (2018) es la historia de esa carrera por tocar los cielos. Contada desde la perspectiva de su protagonista, el astronauta Neil Armstrong, Damien Chazelle (Whiplash, La La Land) nos sumerge en un viaje a lo desconocido a bordo del Apolo 11 y sus predecesores.

Mucho más allá de ser otra típica película del espacio, First Man es una oda a los detalles, por pequeños e insignificantes que puedan llegar a parecernos, que nos convirtieron en los primeros colonizadores de la Luna. Detalles que convierten al ser humano en impredecible, en capaz de lo imposible. Detalles que humanizan al mito, que nos descubren al Armostrong persona, amigo, padre y marido.

Vivida en primera persona, la historia de la conquista de la Luna se nos relata con sus luces y sus sombras. Sus logros y sus pérdidas. Porque ese primer paso sobre la superficie lunar se consiguió a un coste altísimo. Y su éxito fue la suma de las mentes más brillantes de aquella época, un grupo de locos sin miedo a morir y buen puñado de suerte.

Claustrofóbica por momentos, intensa, íntima, capaz de arrancarte del asiento en sus escenas más tensas y, al mismo tiempo, llevarte al borde de la lágrima en otras.

Chazelle vuelve a dar con la tecla a la hora de contar su historia. De la mano de un perfecto Ryan Gosling que está destinado a recibir todos los premios posibles, de Claire Foy comiéndose la pantalla en cada encuadre y de un fantástico reparto de secundarios, First Man termina por convertirse en una película maravillosa que narra una aventura maravillosa.

Y por si fuera poco, Justin Hurwitz, que ya compuso la música de Whiplash y de La La Land, se saca de la chistera una de las mejores bandas sonoras que mi memoria puede recordar.

Sus dos horas y media me parecieron tan poco, que necesitaré volverla a ver unas cuantas veces más.

Nota: 9/10

Ídolos de cartón

Hace unos días disfruté de uno de los relatos de Martín Llade en Sinfonía de la Mañana en el que contaba la tormentosa relación entre Ludwig van Beethoven y su sobrino, que llegó hasta el punto de mantener un enfrentamiento que duraría hasta la muerte del primero.

Llade narraba aspectos oscuros de la vida del compositor alemán que descubrían a una persona colérica, impulsiva, controladora e incluso en algunos momentos hasta malvada.

La historia concluía con el entierro del músico en Viena, rodeado de miles de personas que lloraban su pérdida y cómo su sobrino terminaba sucumbiendo al dolor de la marcha del genio musical. 

Ayer pude observar como una concursante de uno de esos programas que se sacan de la chistera nuevas estrellas musicales como quien baja al super a comprar leche, había pasado en un mes de ser elevada a los altares de la música en las redes sociales, a ser menospreciada por su supuesto carácter áspero y orgulloso.

Y reflexioné un poco sobre la evolución del arte en nuestra sociedad y cómo ha ido adquiriendo todos los vicios que tristemente nos acompañan en la actualidad.

Dudo que nadie se haya parado a pensar mientras escucha La Flauta Mágica, en si Mozart era una persona extrovertida o si tenía determinados valores.

Tampoco creo que, al admirar la Gioconda o Los fusilamientos del tres de mayo, uno haga una concienzuda reflexión sobre si Da Vinci tenía cierta ideología, de si compartía tareas con su mujer o sobre si Goya separaba la basura y reciclaba.

Pero en nuestro siglo nos hemos topado de frente con ese ser gigantesco, especie de Santísima Inquisición, que es la corrección ideológica.

Y así, las productoras artísticas, cuyo objetivo, no se nos olvide, lejos de obsequiarnos con el arte en su estado más puro, es el de que la máquina de hacer dinero no pare, han encontrado la fórmula casi perfecta de construirnos ídolos a medida.

Son artistas que son de todo, menos eso, artistas. Ecologistas, feministas, progresistas, defensores de las causas perdidas, filósofos a tiempo parcial, librepensadores, homeópatas, emprendedores, vendedores de todo tipo de humo… Son como la escultura definitiva, de proporciones áureas, de todo aquello que creemos que nos gustaría ser.

Pero, en realidad, son sólo ídolos de cartón. Maquillados con cientos de filtros, para los que cada vez importa menos su música, sus pinturas, sus poemas… Tienen que caernos bien. Tenemos que sentirnos identificados con sus causas, con su lucha, con sus ideales. Empatizamos con ellos. Y, entonces, ciegos de un amor irracional por esa construcción social, los defendemos a capa y espada, ensalzamos sus obras por encima de todas las cosas. Los consideramos genios.

Genios, sin embargo, con los pies de barro, que, tarde o temprano, nos enseñan que tras el cartón no hay nada. El maquillaje se cuartea y terminan convirtiéndose en una especie de Ícaro cayendo a las profundidades del olvido.

Espero que llegue el día en que nos demos cuenta de nuestro error. De que quizá lo que importa de un humorista es que te haga gracia. Que lo que es relevante de un músico es que su música te llene. Que, si una pintura o una escultura te despierta algo dentro, poco importa cómo piense su creador.

Quiero pensar que todavía estamos a tiempo de alejar estos fantasmas creados por nosotros mismos, como una especie de dictadura del pensamiento, que nos atan, que nos amordazan y nos impiden disfrutar de lo que de verdad es el arte.

Que todavía hay tiempo de que disfrutemos plenamente de una obra, simplemente porque esa obra merezca la pena ser disfrutada.

Crítica: Sharp Objects (2018)

Cuando tras la deliciosa aunque brutal Animales Nocturnos supe de la existencia de una serie de HBO protagonizada por la irresistible Amy Adams, no lo dudé y me lancé a por ella.

Venía acompañada de una genial crítica y se decía de ella que mezclaba componentes de True Detective (la primera temporada, es decir, la buena), Mindhunter e incluso algo de Hereditary. Con estas referencias, la serie corría un alto riesgo de ser o bien una auténtica joya o un lamentable fiasco. 

Y lo cierto es que ha sido lo primero, o incluso mejor.

La serie

Sharp Objects (HBO, 2018), es una serie de 8 episodios de alrededor de una hora de duración que narra la historia de Camille Preaker, una joven periodista que vuelve a su pueblo natal a cubrir la noticia del asesinato de una niña y la posterior desparación de otra. 

Su regreso la llevará a rememorar su infancia y, con ella, los fantasmas que la llevan persiguiendo toda su vida. 

Así, Camille deberá, por un lado, tratar de desvelar qué y quién hay detrás de la muerte y desaparción de esas niñas, pero al mismo tiempo, por otro, lidiar con sus atormentados recuerdos. 

¿Por qué es tan buena?

Más allá de que la trama ya es interesante por sí misma, Sharp Objects destaca por un elemento clave en prácticamente cualquier obra audiovisual: su pluscuamperfecta forma de narrar la historia.

Los personajes que conforman el relato se van descubriendo, poco a poco, al ritmo que impone el discurrir de los acontecimientos. El entorno, un pequeño pueblo de Missouri, contribuye a asentar los cimientos de una narrativa opresora. La construcción de cada uno de ellos es inmensa, en especial la protagonista. En cada escena en la que ella aparece se esbozan las líneas que describen los rasgos de una persona torturada por su pasado y su propia mente.

Y junto a ella, el resto del elenco se suma en esta tétrica pero estéticamente maravillosa ópera, aportando los sonidos que terminan por conformar una melodía dramática, asfixiante, que sume al espectador en una lucha constante por desentrañar las miserias de cada uno de ellos. 

El desenlace no solo termina por redondear definitivamente el conjunto de la obra, sino que le añade un epílogo que enmudece al auditorio, que ya solo puede escuchar el zumbido de sus propios pensamientos. 

Una delicia en ocho bocados

Ya dicen que el mejor de los perfumes suele venir en frasco pequeño. Sucedió con True Detective, incluso con Westworld. Ocho horas de metraje que sirven a Jean-Marc Vallée para envolvernos en el sofocante pueblo de Wind Gap, en las miradas acusadoras de sus ciudadanos, en los monstruos que toda familia guarda en el armario. 

Ocho horas de luces y sombras proyectadas sobre la esencia misma del alma humana.

Muy recomendada.

Nota: 8/10

Esto no es una vida feliz

Cuando en 1928, el belga René Magritte comenzó su serie de cuadros bajo el título de «La traición de las imágenes» poco podía prever lo relevante e interesante que podía ser su mensaje noventa años después. 

De entre esa serie de cuadros, el más famoso es el que lleva el texto «Ceci n’est pas une pipe» (Esto no es una pipa) junto con la imagen de lo que, a todas luces, parece ser una pipa.

La traición de las imágenes de René Magritte

La intención del artista era mostrar la diferencia entre la representación gráfica de un objeto y el objeto en sí mismo y cómo dicha representación podría llevarnos a engaño.

Magritte y las redes sociales

Las redes sociales nacieron con un firme objetivo: interconectar a los ciudadanos del mundo mediante una plataforma que les permitiera comunicarse e intercambiar información. Sin embargo, tras años de constante evolución e integración nuestra vida diaria, su uso parece haber trascendido el propósito inicial. 

Ahora, plataformas como Facebook, Twitter o Instagram forman parte de una rutina diaria, son medio de comunicación, sistema de negocio, y, lo que resulta preocupante, fuente de infinidad de trastornos. 

Volviendo a Magritte, la clave de su cuadro reside en la interpretación. Todos los seres humanos interpretamos: disponemos de una serie de sentidos que nos conectan con el mundo real y, una vez obtenemos la información de éste, la evaluamos y actuamos en consecuencia. 

En esa interpretación nuestro cerebro puede proyectar sus experiencias, sus necesidades, sus miedos o sus intenciones y acortar la interpretación mediante atajos. En general, el mecanismo funciona bien porque nos ahorra esfuerzo cognitivo.

En cambio, con las redes sociales funciona rematadamente mal. 

En esta era de culto a la imagen, donde ese capitalismo con piel de cordero ha entrado silenciosa y definitivamente en nuestras vidas, la felicidad se ha convertido en un producto más.

Un producto que se puede comprar, que se puede vender y que, por descontado, se puede mostrar maquillado con cientos de filtros. 

Así, mediante esas redes sociales que buscaban acercar la cotidianidad a nuestras casas, hemos erigido monumentos a dioses malditos: a vidas felices momentáneas, a sonrisas estáticas, a miles de instantes capturados con la única e imperiosa necesidad de ser compartidos con el resto. 

¿Y por qué?

Concibo un doble objetivo en esta nueva forma de vida. En esta nueva necesidad de capturarlo todo para poder publicarlo en una plataforma virtual. El primero, evidente por fundamental, es que sirve de alimento para nuestro ego enfermo. Crecimos anestesiados por una cultura que orbita entorno a vidas de anuncio y nos hemos convencido de lo necesario de formar parte del cuadro. La única forma de demostrarnos que es así es haciendo que nuestro grupo social de referencia lo crea. De ahí esa necesidad de que nuestra foto, nuestro vídeo, nuestro «momento», reciba miles de visitas, cientos de «likes». Buscamos la aprobación del resto. Que nos digan, aunque sea indirectamente, que sí, que es verdad, que somos verdaderamente felices.

El otro es consecuencia del primero. Consideramos esa visión reducida de la vida de los demás como único elemento interpretativo de sus vidas. Ya no nos interesan sus historias, ya no resulta tan atrayente una tarde tomando un café y resolviendo los problemas del mundo, las experiencias ya no son algo que se experimente. Ahora todo se consume y, como buenos voyeurs de la felicidad ajena, devoramos el producto que otros nos pretenden vender.

Lo hacemos porque lo empleamos como regla sobre la que medir nuestra propia felicidad. Y en ese juego con el que le hacemos trampas a nuestro cerebro, comenzamos a vivir la vida a través de los demás.

Esto no es una vida feliz

Porque no lo es. 

Porque lo que son esas cientos de miles de fotografías de personas disfrutando de sus mejores vacaciones, sus momentos únicos e inolvidables una y otra vez, sus historias irrepetibles, no son vidas felices.

Son una pipa dibujada en forma de sonrisa y momento único y un mensaje que debería retumbarnos en la cabeza cada vez que las vemos: «ce n’est pas une vie heureuse»

Esto no es una vida feliz.

Crítica: Han Solo (2018)

Para comprender Han Solo: Una historia de Star Wars, hay que entender que La Guerra de las Galaxias no es una saga sino un concepto que trasciende a las películas y que plantea los cimientos sobre los que construir toda una mitología.

Lo que en su momento George Lucas ideó y conformó en esas tres primeras y sorprendentemente exitosas películas es simplemente el esbozo de una imagen de proporciones inimaginables.

Han Solo: una historia de Star Wars, es un capítulo aparte, como una novela de entretiempo que, ambientada en el vasto mundo de las galaxias lejanas, cuenta una pequeña y breve historia sobre un joven pirata galáctico y cómo inició su andadura en el hiperespacio. Nada más. Pero nada menos.

Muchos se sintieron decepcionados por no encontrar en ella la épica que uno espera de una película de la saga. No se identificaron con una historia quizá demasiado plana. El problema es que esto no es una película de la saga sino una película basada en la historia que hay detrás de la saga. El matiz es fundamental. Entender que, mientras Han se enfrenta a sí mismo, a sus fantasmas del pasado y a su primer (aunque no último) escarceo amoroso, en paralelo la caída de la República sigue imparable y el Imperio gana día a día poder. En esos momentos de caos político, grandes Sindicatos del crimen campan a sus anchas por la Galaxia, sometiendo a los pueblos a sus propios intereses. La pobreza asola todos los ricones de la Galaxia y todos hacen lo posible por sobrevivir.

Todo esto sucede de forma sutil, sin necesidad de grandes batallas, haciendo que la película pueda aparentar ser pequeña cuando la comparamos con el resto, pero cumpliendo, con creces, su cometido: entretener.

La obra es interesante desde un punto de vista estético: fotografía y banda sonoras cuidadas y una actuación a la altura de lo que se espera de un producto “Star Wars”, pero lo es más desde un punto de vista conceptual, al presentarnos el origen de varios de los grandes personajes de la saga y relatarnos una historia que encaja y que explica la evolución política y social de los planetas de la Galaxia.

Nos muestran, como hizo en su día el Episodio VII, que la corrupción y la vileza que ha traído consigo el Imperio son el germen necesario para el nacimiento de la Rebelión, para el surgir de una nueva esperanza.

Interesante apuesta.

Nota: 6/10

Crítica: Your Name (2016)

Hay una cosa que me fascina especialmente de la animación japonesa y es su forma propia de tratar las emociones y las relaciones interpersonales. Es como si todo ese bagaje cultural oriental fuera la base para poder describir con sutilidad pero sin llegar a ser cursi, sentimientos tan potentes como el amor y la amistad.

Your Name ( 君の名は, Kimi No Nawa), dirigida por Makoto Shinkai viene a demostrar esta espléndida capacidad de desarrollo argumental. Disfruté en su día otra de las películas del director japonés: Cinco centímetros por segundo en la que Shinkai hacía gala de su mimo por la animación cuidada y su búsqueda de transformar una historia simple en una perfecta metáfora de la vida. 

Esta vez, en cambio, parte de una premisa que aleja al espectador de la historia, mezclando realidad, sueños y fantasía y planteando un argumento de cruces de personalidades que se acerca más a la comedia. Sin embargo, la película va ganando entidad a pasos agigantados, cimentando la construcción de un relato que eclosiona en sus últimos 20 minutos de una forma prácticamente mágica.

La vida es toda una suma de situaciones. El tiempo, en realidad, forma parte de un continuo, de ese hilo invisible que interconecta acontecimientos, personas, almas. Es lo que el pequeño pueblo de Itomori conoce como musubi: un vínculo entre todas las cosas.

Así, nuestros actos, nuestras casualidades, el pasado, el presente y el futuro, no son más que giros y enredos de ese todo que parece estar escrito en la eternidad. Y, tarde o temprano, terminaremos por encontrar ese lugar, esa persona, ese momento que parece que andamos buscando sin saber muy bien por qué.

Una verdadera maravilla de la animación japonesa.

Nota: 8.5/10

Reseña: Un mundo sin fin – Ken Follet

Uno de los mayores riesgos a los que se enfrenta, desde mi punto de vista, un escritor, es al de sobrevivir a su propio éxito.

Ken Follet (Gales, 1949) rompió todos los índices de ventas con su novela Los pilares de la Tierra (2002), llevando a cientos de miles de personas a perderse en el apasionante mundo que rodeaba a la construcción de una catedral en esa pequeña ciudad de Kingsbridge en la Inglaterra medieval. Sin lugar a dudas, Los pilares de la Tierra tuvo un éxito merecido: detrás de él no sólo se asentaba una historia bien hilvanada, que hacía interactuar de forma atrayente a sus diferentes y múltiples personajes, sino que además también uno se dejaba llevar por toda esa ingente cantidad de información acerca del proceso de construcción de la época.

Como es comprensible, Ken Follet quiso mantener esa gallina generadora de fajos de billetes y planteó, años más tarde, su secuela: Un mundo sin fin (2008). Son muchos los problemas que arrastra esta segunda parte; la mayoría por culpa de su predecesora y de su descomunal éxito.

Un mundo sin fin plantea una serie de características prácticamente calcadas a Los pilares de la Tierra, lo cual le resta mucha capacidad de sorpresa: son ahora los hijos de los hijos de los protagonistas de la primera novela, los encargados de llevar adelante el hilo narrativo.

El primer problema con el que uno se topa es la falta de originalidad: pasan cosas demasiado parecidas, los malos siguen siendo muy malos y los buenos, tremendamente buenos. Follet trata de introducir variables que le permitan cierto margen de maniobra pero es incapaz de diferenciarse de la primera novela. Así, elementos como el viaje de uno de los protagonistas a tierras lejanas, los enfrentamientos entre familias que duran generaciones, los actos de la niñez que pasan factura en la edad adulta, etc., ya tratados en Los pilares de la Tierra, en esta segunda obra repiten el mismo patrón.

Otro de los grandes problemas a los que la novela se enfrenta es el hecho de que al mantener el mismo esquema de acción pierde credibilidad. Tal vez uno de los puntos fuertes de Los pilares de la Tierra fuera esa mezcla entre ficción e historia que rodeaba al libro de una especie de vitola de rigor. Sucede que en Un mundo sin fin, la situaciones que se producen son en muchos casos análogas a su predecesora y, por tanto, ese rigor asentado en la posibilidad de que las situaciones fueran reales, se resquebraja.

No es Un mundo sin fin en absoluto una mala novela. Tiene ritmo, tiene capacidad de sorpresa, tiene historias atrapantes y sigue teniendo, aunque menos, toda esa interesante intrahistoria acerca de la construcción de catedrales.

Su único inconveniente es tener que vivir a la sombra de su hermana mayor.

Nota: 7/10

Crítica: Ready Player One (2018)

Resulta tremendamente inexplicable cómo es posible que ante obras literarias que parecen haber sido escritas con el único objetivo de ser trasladadas a la gran pantalla, se cometan errores tan de bulto como el que ha sucedido con Ready Player One (2018).

Allá por 2015 cayó en mis manos la obra de Ernest Cline y valoré muy positivamente su lectura. No se trataba, en absoluto, de una obra maestra de la ciencia ficción, pero en cambio sí que planteaba cuestiones interesantes y se atisbaba una clara intención de tránsito al celuloide.

El núcleo central de la novela es el viaje de su protagonista a través de un mundo virtual futuro sobre los pasos de su creador, enamorado de los primeros videojuegos. Esta unión entre futuro y pasado dotaba a la historia de cierta entidad y permitía elaborar un argumento interesante.

Era una obra que orbitaba alrededor de la nostalgia de aquellos que presenciaron el despertar de los videojuegos y, al mismo tiempo, trataba superficialmente de iniciar una reflexión acerca de a donde se dirigía ese mundo en la actualidad.

Steven Spielberg decidió, visto el éxito de la novela, llevarla al cine.  Y, sinceramente, no ha podido hacerlo peor.

Para empezar, porque de un plumazo destroza sin miramientos el pilar fundamental sobre el que se asienta toda la historia: el recuerdo. Entiendo que, con la pretensión de llegar al público más joven, carga la película de referencias cinematográficas, de videojuegos y otras obras visuales, de los años 90 y 2000. Con esto consigue levantar un muro infranqueable entre la novela y la película: son dos obras completamente distintas.

No contento con ello, y tratando de obviar lo lamentable de la adaptación, la propia película es en sí misma un completo despropósito. La mezcla sin sentido de referencias (muchas veces metidas con calzador) lleva al espectador a presenciar un batiburrillo de elementos que bien pueden recordarle, simultáneamente: su infancia, su adolescencia y su edad adulta. Tenemos desde una carrera de coches con el Delorean y con Lara Croft de por medio, hasta una ridícula escena donde aparece el T-Rex. Avatares en el mundo virtual que mezclan sin compasión distintas generaciones, etc.

En el apartado técnico, Spielberg no entiende que todo tiene un límite y, si bien con todo lo relacionado con Jurassic Park, parece que le está funcionando, el pasarse el 90% de la película en un mundo totalmente generado por ordenador, ni ayuda ni añade nada en especial.

Capítulo aparte tendrían los actores. El protagonista es aburrido hasta decir basta y los que le rodean son tanto o más grises que él.

Aburrida, pretenciosa y falta de ritmo narrativo, Ready Player One nació muerta al pretender mover el eje temporal de la novela con la intención de que los millennials la pudieran comprender.

Nota: 4/10