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Cuando ves una peli o lees un libro que realmente te gusta de una determinada temática tiendes a buscar nuevas obras de temática similar. Y así, después de disfrutar Interstellar, empecé a buscar cosas parecidas.

Se trata de un arma de doble filo que, por lo general, suele terminar bastante mal. Básicamente porque la película/libro nuevo que vas a ver tiene que ver, normalmente, con lo que ya viste o leíste. Vas condicionado y con las expectativas de obtener algo similar. Es un poco lo que le pasa a mucha gente con la horchata valenciana: ven que el color y la textura son muy similares a la leche convencional y, esperando un sabor parecido, no disfrutan de su sabor por considerarlo extraño.

Bueno, volviendo al tema que nos atañe hoy, ayer pude ver Coherence (2013) de James Ward Byrkit, y para empezar lo haré diciendo que me gustó.

Partamos de dos ideas fundamentales a tener en cuenta sobre la película: La primera es que se trata de una cinta de bajo presupuesto. Esta premisa es esencial para poder saborear la historia sin pararse a criticar las posibles lagunas que la realización pueda tener. Nada que objetar.

La segunda es que, al menos a mi, me la vendieron como Ciencia Ficción. Tal vez me esté volviendo un talibán de la SciFi pero parece que ahora todo lo que tenga que ver con algún suceso paranormal en el que se involucre mínimamente alguna disciplina científica ya es ciencia ficción, y tampoco es eso oigan.

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Para mi Coherence no es ciencia ficción. Para mí Coherence es ficción pura y dura con una base relacionada con un cometa, unas pequeñas pinceladas de Física Cuántica y el gato de Schrodinger.

Más allá de algunos momentos en los que el director sufre alguna clase de apoplejía y hace que la cámara se mueva sin lógica (ni acierto), la película se hace interesante con el paso del tiempo. Sufre, eso sí, algún que otro bajón de intensidad en sus 90 minutos, pero no pierde del todo el ritmo.

Las actuaciones están por encima de lo que me esperaba, con especial mención a Emily Baldoni, que hace un papel realmente interesante.

Lo más flojo, sin lugar a dudas, el final. Más allá de algunas explicaciones cogidas con pinzas, el final es previsible y más propio de un corto amateur (o incluso de una película de Antena 3 un domingo por la tarde) que del nivel que parecía mostrar la historia.

Por lo demás, una interesante propuesta.

 

Historia: 7

Actuación: 8

Música: 7

Efectos Especiales: ND

Final: 4

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Nota: 6.5

Cuando uno está sentado disfrutando de lo que parece ser una obra maestra sucede algo especial. Al menos a mi me pasa. Ocurre que en medio de la vorágine de sentimientos en los que andas inmerso tu cerebro para por un instante y te dice: disfruta, porque lo que estás presenciando te va a marcar.

Si a una obra maestra le añades un ingrediente más, que es, una temática que idolatras desde que tenías uso de razón y la capacidad para imaginar a través de las palabras escritas en papel, entonces lo que sucede trasciende lo meramente visual para convertirse en algo puramente metafísico.

Interstellar (2014, Christopher Nolan) es la culminación rayana a la perfección de eso. Leía ayer en un comentario que es la película que todo amante de la Ciencia Ficción lleva años soñando con ver. No podría estar más de acuerdo con esa afirmación.

Descubriendo Interstellar

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El argumento no es desconocido pero lo que caracteriza a los primeros momentos de la historia es su dosis de realidad. Estamos en una Tierra que sufre el azote de plagas y de unas tormentas de polvo a causa del cambio climático que hacen que la vida en el planeta sea cada vez más complicada. Lejos de mostrarnos un mundo post-apocaliptico distópico como últimamente nos presentan las denominadas teen-movies, la Tierra sigue funcionado y la Humanidad sigue viviendo a pesar de las circunstancias.

La vida sigue y hemos tenido que adaptar nuestra sociedad a las nuevas características de nuestro entorno.

Aquí Nolan ya me convence porque se aleja de topicazos manidos de una sociedad donde impera el ley del más fuerte y donde nos vestimos con trozos de uralita a modo de armadura medieval.

En estas circunstancias la actual sociedad ha renegado de la ciencia, sobretodo la aeroespacial, por considerarla un despilfarro de dinero cuando lo más acuciante es ser capaz de dar de comer a los millones de habitantes del planeta. Tal es el grado de apatía científica que se empieza a educar a los niños para que su futuro sea ser granjeros y se olviden de conquistar el espacio: genial la escena donde se dice que en las escuelas se va a empezar a decir que el hombre jamás llegó a la Luna.

Uno de esos granjeros, que en su día fue ingeniero y piloto espacial, dedica su día a día a intentar sobrevivir aplicando sus conocimientos de ingeniería en su nuevo trabajo. Hasta que algo cambia.

Un envoltorio perfectamente científico.

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Durante toda la película hay algo que impera por encima del resto de cosas y que dota a la historia de la fuerza y la solidez necesarias: la ciencia como ley sobre todas las cosas.

Uno de los mayores problemas de los que adolecen las películas de ciencia ficción es su escaso rigor científico. Giros inverosímiles de un guión que carece de base científica restan mucha credibilidad a esas historias.

Con Insterstellar disfrutamos de una increíble historia con una robusta base científica.

Está claro que a lo largo de la cinta hay algunas licencias cinematográficas pero en líneas generales se trata de una película científicamente muy sólida. (Si queréis una visión mucho más científica de la misma leed este interesantísimo artículo: http://danielmarin.naukas.com/2014/11/09/los-aciertos-y-errores-de-insterstellar/)

La verdadera razón de la historia: el amor.

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Si a la mencionada fortaleza argumental en relación a los conceptos puramente científicos le añadimos una dosis medida de emociones, lo que sale de ahí es algo maravilloso.

Porque en Interstellar lo que importa es el amor. El amor como vehículo y como motor. El amor como esencia inagotable de una de las mayores virtudes del Homo Sapiens: la esperanza. La mirada hacia las estrellas de aquellos que algún día las conquistarán. Y la lucha constante, día a día, fracaso tras fracaso, para que un buen día lleguemos al Sol.

Nolan, gracias.

Si a alguien le debemos agradecer esta estupenda epopeya es a los hermanos Nolan. Christopher como director y coguionista junto con su hermano Jonathan tejen una auténtica obra maestra donde son capaces de mezclar con buen criterio conceptos tan dispares como los agujeros negros y la relación paterno-filial.

La mano de Nolan (Christopher) se ve en muchos pequeños detalles, en esos giros a veces imperceptibles y otras veces notables de la historia que por momentos nos recuerda a Origen o a El Caballero Oscuro.

Siempre estarán aquellos que no les haya gustado.

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Mucha gente, no obstante, como suele ser habitual cuando hablamos de Nolan, ha criticado hasta la saciedad la película. De esa gran cantidad de críticos he decidido hacer dos grandes grupos.

El primero engloba a todos aquellos que por ignorancia, desconocimiento, o porque el día que visionaron la película estaban pensando en el partido de Champions del Madrid, no han entendido la película. Criticas que se centran en algunos detalles de la película que ya han sido explicados por parte de físicos, o que no alcanzan a entender lo que subyace a la trama de los viajes interestelares.

El segundo es para los que han tratado de enfocar sus críticas en aquello que no está en lugar de centrarse en lo que sí que está. De esta forma han buscado concienzudamente debilidades en el guión (que las tiene) o se quejan de cosas tan terriblemente importantes como que la banda sonora, que a mi me parece acertadísima, tenga un tema principal que se repite mucho (igual, digo yo, por algo se le conoce como tema principal).

Aunque, como en todo, para gustos siempre tendremos una infinidad de colores y tal vez yo esté muy condicionado por mi lado tan puramente científico.

McConaughey lo vuelve a hacer.

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Pero volvamos a las bondades que son incontables. Más allá de una historia alucinante y una forma de relatarla fantástica, la película se sostiene sobre un pilar del que pocos se han atrevido a poner en duda: Matthew McConaughey. Incontestable. Superior. Capaz de llevar todo el peso de la historia y dotar a los momentos emocionalmente críticos de un realismo desmedido. Sin lugar a dudas debería ser un candidato a estatuilla dorada.

Junto a él, Nolan ha vuelto a usar a Anne Hathaway. No es mi favorita. Cambié ligeramente de opinión con su inigualable Fantine en Les Misérables y me gustó mucho como Cat Woman en The Dark Knight Rises. En esta mantiene el tipo. En algunos momentos incluso supera las expectativas. Pero, al menos para mí, sigue a la sombra de McConaughey.

El resto del reparto, Caine a la cabeza, están muy bien. Mención especial, todo sea dicho, para ella, Jessica Chastain, con un papelón que complementa y completa a Matthew McConaughey de una forma sublime convirtiéndose en el centro gravitacional alrededor del cual orbita toda la película.

La música es otra obra maestra

Os comentaba antes las quejas sobre la banda sonora, obra del genio Hans Zimmer. Para empezar criticar a Zimmer es como para hacérselo ver. A mi entender la comunión entre la música y la historia roza la perfección.

Consigue sumar en las escenas que se necesita y desaparece en aquellas cuya carga emocional es suficientemente elevada como para no necesitarla.

Un final tan bueno como redondo

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Os escribo con Zimmer de fondo, recordando la emoción que despertó en mi la película, el sabor que dejó impreso cuando la terminé. El ser humano como fuente inagotable de desafíos hacia un mañana por descubrir, las paradojas temporales, la música, la inmensidad de un destino que nos pertenece. La mirada hacia arriba, hacia las estrellas, hacia la conquista de un imposible.

Impagable.

Historia: 10

Actuación: 10

Música: 10

Efectos Especiales: 10

Final: 10

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Nota: 10

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Una de las cosas más críticas en una historia contada, ya sea en literatura, teatro o en cine es su final.

Es como el postre de una buena comida, que no necesariamente debe ser tan elaborado como el primer plato pero cuya importancia es crucial para el desenlace de la experiencia.

Esta semana he tenido el placer de ver dos películas en las que el final no ha supuesto un verdadero final sino más bien la pasarela a una degustación más pausada de la historia.

Con Perdida, David Fincher nos presenta una historia que gira entorno a dos elementos claves en la sociedad norteamericana y, en muchos casos, en la nuestra: la importancia de los medios en el juicio de la gente y la distorsionada imagen que muchos matrimonios (o parejas) proyectan a su entorno.

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Con esos dos pilares, Fincher desarrolla un atrapante thriller donde las capacidad de sorprender al espectador está íntimamente ligada con la capacidad del ser humano de hacer el mal. Durante sus más de dos horas y media de metraje el ambiente de tensión se torna por momentos opresivo, convirtiendo a la película en un oscuro relato sobre la maldad al mismo tiempo que sutilmente pone de relieve las dos mencionadas ideas.

Y el final.

No os desvelaré nada de él pero sí que os diré la sensación con la que salí del cine: ansiedad. Es sencillamente el resultado de 180 minutos de elaborada e intrincada historia de amagos y engaños que terminan de una forma abierta, como dejando al espectador que intuya cuál será el verdadero desenlace aunque para ello tenga que hacer uso de sus propios principios éticos. O incluso que los tenga que poner en entredicho.

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La otra grata sorpresa, y esta lo ha sido especialmente, ha sido La Isla Mínima de Alberto Rodríguez.

La historia es más que conocida: desaparición de dos niñas, dos policías bastante antagónicos acuden a investigar el caso, etc.

Pero aun tratándose de una historia mil veces contada, lo realmente interesante es la fantástica forma de relatarnos esta historia.

Se trata de una película elaboradísima, con una conjunción entre las escenas, la fotografía, la música y las actuaciones rozando la perfección.

Algunos critican la simpleza del guion, que tal vez podría haber estado en algunos momentos ligeramente más elaborado (o tal vez definitorio), pero en esta nueva corriente de largometrajes en los que ahora ya no basta con entender lo que se ve sino que hay que elucubrar lo que no, La Isla Mínima se doctora.

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Mención especial a la perfecta consonancia de los dos actores protagonistas que nos regalan una actuación que espero que termine, cuanto poco, en algún merecido Goya.

Y el final.

De nuevo ese final que cuenta y no cuenta, que deja que el espectador desarrolle mil y una teorías, algunas descabelladas, algunas que parecen encajar a la perfección. De nuevo el chef deja de masticar la comida y explicarle al comensal los distintos sabores que éste debe percibir para dejarle a éste que sea el que use sus sentidos para interpretar la obra.

Y lo dicho, aún días después, al recordar estas dos películas, vuelven las esencias, los pensamientos que las hacen afianzarse en nuestra memoria, que harán que las podamos recordar dentro de un tiempo, como aquellas películas que nos obligaron a reflexionar más allá de haberlas visto.

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Cuando una película viene precedida por una gran valoración por parte de la crítica y del público suelen ocurrir dos cosas: en la mayoría de los casos la película se queda muy lejos de cumplir las expectativas generadas y termina siendo un bodrio, o bien, en pocas, muy pocas ocasiones, la película no sólo cumple sino que las supera.

Con Boyhood, (Momentos de una vida) resulta sorprendente descubrir que no encaja en ninguno de esos dos grupos.

No es una mala película pero tampoco la obra maestra que muchos se están dedicando a pregonar. Se trata de una experiencia cinematográfica extraña. Y cuando digo extraña me refiero a distinta.

Rodada por Richard Linklater durante 12 años, Boyhood nos cuenta el crecimiento de Mason (Ellar Coltrane) y su entorno durante 10 años de su vida. Y ya está. Alrededor de él, grandes artistas de la talla de Ethan Hawke o Patricia Arquette suman la sobriedad interpretativa necesaria para dotar de credibilidad a la historia.

Tal vez en esa sencillez de contarnos la vida de alguien común radica su más intensa belleza. No es una historia épica, con un final dramático. No te hace llorar ni reír en exceso. Sencillamente Linklater decide abrir una ventana y mostrarte la realidad para que tú, espectador, sentado en tu butaca, asistas entre atónito y extrañado al devenir de los años de la vida de una persona igual que tú.

Lo interesante de esta película es lo que no cuenta, lo que tu cabeza intuye y de lo que te vas empapando.

Es una obra que masticas después, que digieres con el tiempo.

Porque es después cuando descubres escondida entre los pliegues de diálogos comunes una pequeña esencia de tu propia realidad. Esa realidad que en el día a día te pasa desapercibida pero que está ahí. Una especie de hilo conductor de tu vida que une etapas tan dispares como la infancia, la adolescencia, el paso por la juventud o la llegada a la adultez, pero que se esconde con el lento paso del tiempo. Con Boyhood coges la perspectiva necesaria para darte cuenta del vertiginoso salto temporal en el que se ha convertido tu vida.

No hay que interpretar la película como una historia que te están contando, sino que esta vez la dirección es la opuesta. Lo interesante está en el reflejo que tú proyectas sobre esa película.

Recomendada

7.5/10

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Vaya regalito este Begin Again en medio de este agobiante Agosto en Valencia.

Por fin una historia fresca, divertida y diferente.

Dirigida por John Carney e interpretada por una magistral Keira Knightley y un asombrosamente interesante Mark Ruffalo, Begin Again es una historia sobre música y sobre personas. Y eso es lo que la hace realmente distinta.

Nos cuenta la historia de cómo las vidas de Greta (Keira) y Dan (Mark) se cruzan por casualidad una noche en un bar de Nueva York. Ella despechada por la reciente ruptura con su pareja estrella del rock y él acabado como productor musical de un sello que él mismo creó. Y a partir de ahí la magia y la música. 

La química entre ambos personajes se da desde el minuto uno y ayuda y de qué manera a que la historia se mantenga y crezca. De eso se trata, de contar una historia de fracasos y de fracasados que deciden enfrentarse a la vida e intentarlo una vez más, tal vez de una forma diferente, y probar suerte de nuevo.

Sin lugar a dudas me quedo con el sabor dulce de la genial interpretación de Knightley y su desconocida y sorprendente calidad musical. Pero también con ese poso que la rodea: si eres bueno (no sólo bueno en lo que haces sino que además tratas de ser buena persona) el camino al final termina por aparecer. 

Tal vez es un mensaje excesivamente optimista y más viendo los tiempos que corren. Pero estamos en Agosto, y hace demasiado calor en Valencia. No es plan de ponerse a pensar más.

Muy recomendada. 

Nota: 7/10

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Soy de los que consideran las críticas realizadas por “críticos profesionales” bastante poco fiables: lo que a ellos les puede parecer una exquisita obra intimista donde el director vuelca sus inquietudes metafísicas a mi suele parecerme el mayor de los tostones realizados. 

Pese a todo termino siempre cayendo con facilidad cuando leo alguna de sus grandilocuentes reseñas y decido que es motivo suficiente como para comprobarlo a costa de mi tiempo y, por ende, mi cartera.

Her (2014) venía precedida por una estupenda crítica y una larga lista de premios y nominaciones que había culminado con el Óscar al mejor guión en la última de las ediciones de los premios.

Buena crítica, premios importantes y un buen director. Spike Jonze.

Y a todo esto le teníamos que añadir tres ingredientes inequívocamente atractivos: Joaquin Phoenix en el papel protagonista, Scarlett Johanson (o su dobladora) como su compañera y una historia que giraba entorno al amor entre un humano y un sistema operativo.

Incomprensiblemente surrealista

Si habéis leído hasta aquí y os consideráis geeks, frikis o sencillamente amantes de la ciencia ficción os he dado los motivos justos y necesarios para salir corriendo a quemar los 7€ que teniáis pensado gastaros en la última figurita del Ataque de los Titanes o en la versión coleccionista de El Hobbit.

¡Craso Error!

Desde el minuto cero Her es la pelicula más absurda que he visto en muchísimo tiempo. Una constante emanación de sinsentidos con una carencia total de base científica hilvanados entre eternos y soporíferos monólogos que pretenden, sí, pretenden porque no llegan jamás a conseguirlo, quedarse a caballo entre la ironía y la crítica social con un toque de humor romántico. Sus jodidas ganas.

Es imposible sumergirse en la película porque cada diálogo entre su protagonista y, recordemos, un sistema operativo (es decir, un sistema SOFTWARE que desconoce salvo por programación previa, cualquier cosa relacionada con el mundo físico) es más absurdo que el anterior.

Si el pobre de Isaac Asimov levantase la cabeza no podría sino vomitar sobre la butaca.

A los que en su día nos leímos la saga de Ender, Samantha, que así se llama nuestro querido Windows ME edición SIRI, nos recuerda tanto a Jane que por un momento creemos estar viendo al joven Wiggins hablándole a través de la joya de su oído. Puro espejismo. Lo que en la novela de Card se sustentaba a partes iguales entre la ciencia y la ficción en Her lo tiene todo de ficción a lo comedia romántica de Antena 3.

Lo único salvable: Phoenix

Las dos largas, eternas, horas que dura el largometraje serían todavía peores sino fuera por un incontestable Phoenix que se vuelca en dar vida a un perdedor frustrado que no sabe cómo encajar los sentimientos que empiezan a surgir desde lo más profundo de su interior hacia una voz que le susurra al oído. Lo hace genialmente bien, pero con él solo no basta. No es suficiente una actuación magistral si cada 5 minutos te preguntas a qué mente medianamente pensante se le ocurriría tamaña bazofia de historia.

A la Johanson en la versión española ni se le ve ni se le escucha. No querido Bruno, no, dudo mucho que la VOS salve a este esperpento hecho película.

Podría hablar de la fotografía, que es bastante más que decente, e incluso de una interesante banda sonora, pero me repetiré una vez más: todo lo ensombrece una historia tan estúpida como predecible.

A mi ya me robaron en su día dos horas de mi vida. No permitáis que os hagan lo mismo.

Nota: 2/10.

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Cuando en los títulos de crédito ves que el productor ejecutivo es un señor llamado John Lasseter entonces las cosas empiezan a cuadrar.

Frozen (2013) es el lavado de cara más profundo y exitoso que he visto por parte de Walt Disney desde aquella maravilla de la técnica y la creatividad que fue Toy Story.

Porque seamos sinceros, últimamente, entre los coches que no son coches, los caracoles que quieren serlo, las avionetas que se parecían mucho a los coches y unos monstruos a los que les acaba de salir acné, el mundo de la animación había salvado los muebles gracias a segundas partes que mantenían, que no mejoraban, lo visto hasta entonces.

Si dicen que la esperanza es lo último que se pierde en lo que respecta al mundo de la animación la realidad pintaba peligrosamente pesimista.

Esas maravillosas producciones con las que Pixar, Disney o DreamWorks nos asombraban parecían ya relegadas al recuerdo de tiempos mejores.

Con Frozen sin embargo, han retornado a la senda correcta, irrumpiendo otra vez con la fuerza de la creatividad y la capacidad innovadora y reinventándose en un interesante juego de luces y sombras.

Un argumento creativo

Disney siempre se ha caracterizado en muchas de sus producciones por lo políticamente correcto y los finales edulcorados. Con Frozen parece que están buscando explorar otros caminos y el resultado se sostiene.

No os desvelaré la trama porque tiene sus giros interesantes pero baste decir que no es una película convencional.

Gran parte del éxito de una producción de animación, al igual que en el caso de un videojuego, lo tiene más allá de sus bondades técnicas la historia que se nos pretende contar. Frozen es una buena historia que permite sobre ella construir un imaginario potente. Y en ella reside una de sus grandes virtudes.

Mantiene la esencia

A pesar de esa divergencia narrativa, es una película de Disney y tiene todos y cada uno de los componentes que una película de Disney debe tener. Humor, amistad, amor, maldad, lucha entre el bien y el mal, etc., harán que pequeños y no tan pequeños disfruten de lo lindo con esta producción.

No olvidemos que esta basada en uno de los cuentos del genial y prolífico Hans Christian Andersen.

Mejores niveles técnicos

Si que he de reconocer que he observado un salto cualitativo en cuanto a la calidad ténica de la película: tanto las expresiones faciales de algunos de los personajes como algunos de los entornos han despertado mi sincera admiración. Obviamente, y volviendo a la comparación que he hecho al principio, no estamos hablando de un salto de las proporciones que tuvo el de Toy Story, pero al menos se percibe un notable avance.

Una buena película

Si a todo esto le sumamos una banda sonora más que fantástica y una canción principal (ganadora de un Óscar) acompañada por algunas francamente espectaculares, tenemos un resultado final redondo, completo y que llevan a esta última obra artística de Disney a compartir estante con los grandes clásicos del gigante de la animación.

Nota: 8.5/10.

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Analizar una adaptación es siempre tarea complicada. Resulta complejo tratar de entender hasta que punto el director ha sido capaz de transmitir en la gran pantalla aquello que la imaginación de cada uno proyecta a medida que lees la novela.

La situación es aún más difícil si lo que se adapta es una historia que no ha terminado de convencerte.

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Como ya dije en su día, la saga de Los Juegos del Hambre es una obra más bien justa. Digamos que pertenece al género comúnmente conocido como “del montón”. Se hace amena de leer y quizá lo que la hace particularmente criticable es el hecho de que la idea con la que nace es interesante pero su desarrollo y, sobretodo, su desenlace, son nefastos.

Estas Navidades han traído dos segundas partes, la esperada continuación de “Esa-película-que-se-llama-el-Hobbit”, un subproducto parido por Peter Jackson con la única sana intención de llenarse todavía más los bolsillos a costa de los seguidores menos seguidores, y esta “En Llamas”, que continúa la historia de Katniss Everdeen tras los hechos acontecidos durante Los 74º Juegos del Hambre. 

En líneas generales y salvando algunos agujeros difícilmente comprensibles en el guión, la adaptación es correcta. Como era de esperar de un libro de 400 páginas escrito en presente y en primera persona. Cuando lo lees sabes que la autora le ha puesto las cosas muy fáciles al posible traslado cinematográfico.

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Los protagonistas ya me convencieron en la primera edición y mantienen el tono durante esta secuela. Los nuevos personajes, especial mención a Phillip Seymour Hofmann, están a la altura de sus compañeros. La banda sonora, la fotografía y unos escasos pero competentes efectos especiales también contribuyen a dotar a la historia de los componentes necesarios para que resulte entretenida de ver.

Que está claro que hay bodrios peores en cartelera y que estando en estas fechas tan señaladas no es una mala excusa para juntar a la familia en una película que salga un poco del marco de las “3D movies” prefabricadas con las que últimamente nos rellenan los cines. Pero que nadie se lleve las manos a la cabeza si tras ver esta continuación sale con el mismo cuerpo con el que entró y con la sensación de que la curva que traza es descendente.

Porque lo es. La tercera parte es, sin ningún género de dudas, la peor con diferencia. 

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Si algo no merecía Steve Jobs, el creador junto con Steve Wozniak de una de las mayores empresas informáticas y desarrollador de dispositivos que han cambiado la forma de vivir de la humanidad, era un biopic tan condenadamente malo.

Y por malo me refiero a que reúne casi todos los defectos que una película biográfica puede tener: es lenta, sosa, carente de interés para el espectador que desconoce en profundidad la vida de Steve Jobs y condenadamente superficial para el que la conoce.

Lo único que salva a este infumable bodrio es que la caracterización de casi todos sus personajes es realmente buena. Y hasta aquí hemos llegado con las virtudes. Esto sería como decir que lo único bueno de Juego de Tronos estuviera en que Tyrion Lannister fuera, de hecho, enano.

En el trailer, condenado trailer que vendiste más humo del que ha vendido Apple con el iPhone 5S, uno albergaba la esperanza de encontrarse la historia dramática de la vida del emprendedor americano por excelencia que se hizo a sí mismo desde el garaje de sus padres y que construyó, destruyó y reconstruyó el mayor imperio comercial hasta la fecha. Se atisbaba ese duro enfrentamiento entre el sociópata que escondía Jobs y el genio inigualable capaz de hacer enloquecer a las masas.

Pero aquí sólo encontramos el repaso a saltos inconexos de la historia de su vida mezclada con las anécdotas más insulsas: paseamos por el Campus de la Universidad, su viaje a la India, la creación del Apple I y del Apple II, Lisa, Macintosh, la famosa frase al presidente de Pepsicola, etc. y entre tanto nos entretienen con escenas en consejos de administración o con Jobs descalzo paseando por su casa. Y todo como si de una triste y, lo que es peor, cutre, presentación de Power Point con la Times New Roman como fuente se tratase.

Vacía. Sin una lógica que haga entender las profundas contradicciones del personaje. Sin comprender hasta qué grado fue capaz de sortear sus limitaciones como ingeniero y convertirse en el mejor vendedor de productos de la historia. De su visión de la relación producto-consumidor. Su famoso discurso de Stanford.

Todo eso, que es en realidad lo que hace de Jobs un personaje histórico, no existe en la película.

A cambio, nos bombardean durante 2 horas con diálogos poco elaborados, escenas entrelazadas sin sentido y momentos soporíferos.

No, no es una película que esté a la altura del personaje.

Nota: 2/10

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