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Reseña: Fuego y Sangre (George R.R. Martin)

Decía Camilo José Cela que la literatura es una carrera de antorchas. En cada generación se lleva el testigo hasta donde se puede y ahí se le entrega al escritor de la etapa siguiente

A George R.R. Martin bien puede otorgársele el honor de haber recogido la antorcha que dejó en su día Tolkien al revolucionar el género de fantasía épica.

Una Canción de Hielo y Fuego se eleva por encima de sus contemporáneas como la gran saga de novelas de fantasía épica tras El Señor de los Anillos. No es poco si se tiene en cuenta que las aventuras de Frodo y el Anillo han influido en toda una generación de lectores, han hecho renacer a un género que parecía empeñarse en alejarse del gran público y han terminado cerrando de forma magistral su ciclo con la trilogía cinematográfica de Peter Jackson. (De lo que sucedió con El Hobbit y su esperpento de adaptación hablaré otro día).

Martin ha conseguido entrar en ese selecto grupo de escritores capaces de darle lustre a todo un género y propiciar una nueva primavera literaria. Lo logra transformando la narrativa y llevándola por caminos más oscuros, donde la condición humana se presenta sin tanto artificio: más madura y adusta, más real. La clave de su éxito es, en parte, ese mensaje implícito de que todos nos corrompemos con el poder, que la frontera entre el bien y el mal nunca estuvo clara.

Pero ese éxito también entraña sus riesgos. Da pie a escribir por las razones equivocadas y da lugar a obras mediocres.

Fuego y Sangre (Noviembre 2018, George R.R. Martin, Editorial Plaza & Janes) es una de ellas. Escrita como una especie de antología de los hechos sucedidos en Poniente unos 300 años antes del inicio de Una canción de hielo y fuego, es un repaso de la ascensión y la caída de la Casa Targaryen desde la llegada de Aegón el Conquistador a las costas de Rocadragón.

Como concepto apuntaba maneras, pero hay dos cosas muy evidentes una vez terminas el libro. La primera se hace palpable al pasar las primeras páginas: la novela no la ha escrito George R.R. Martin. Tal vez haya colaborado. Quizá haya definido las líneas maestras de la historia. Pero esto no lo ha escrito él. La segunda se va construyendo a la par que el propio relato: Fuego y Sangre está cualitativamente tan lejos de la saga principal que no debería ocupar el mismo estante en las librerías. Por respeto.

Que un libro de Martin se termine haciendo tedioso ilustra perfectamente lo que quiero decir. Sí, es el mismo Martin que no deja títere con cabeza en Tormenta de Espadas o que te sumerge en las tumultuosas horas en Desembarco del Rey cuando el Gorrión Supremo toma el control de la ciudad. Ese mismo escritor nos embarca esta vez en una aburrida historia de reyes que guerrean, de sucesores que conspiran y de herederos que nacen y mueren de forma constante y plana. Más allá de lo que se relata en lo que se conoce como la Danza de Dragones y que hace que la historia recobre la compostura brevemente, el libro es una suma anodina de hechos intrascendentes, de personajes que brillan por su nula profundidad y de una ausencia total de hilo conductor.

A los fanáticos de la saga les saciará un poco las ansias de historias de Poniente hasta el estreno de la última temporada de la serie televisiva.

A los pocos que no conocían la saga, dudo que les enganche en absoluto leer esta novela.

Totalmente innecesaria.

Nota: 5/10

Crítica: First Man (2018)

Miramos al cielo porque en las estrellas están las respuestas a todas las preguntas que alguna vez nos hicimos. Es nuestra esencia, la condición humana, la incestante búsqueda de respuestas. Retarnos con imposibles y al superarlos seguir buscando cimas más altas.

Hace más de cincuenta años el ser humano quiso tocar la Luna. Ese satélite misterioso, fuente inagotable de incontables mitos y creencias.

En medio de una vertiginosa guerra entre las dos grandes potencias de aquel tiempo, se libró una lucha entre dos gigantes que quisieron ser los primeros en acariciar con los dedos el astro blanco.

First Man (2018) es la historia de esa carrera por tocar los cielos. Contada desde la perspectiva de su protagonista, el astronauta Neil Armstrong, Damien Chazelle (Whiplash, La La Land) nos sumerge en un viaje a lo desconocido a bordo del Apolo 11 y sus predecesores.

Mucho más allá de ser otra típica película del espacio, First Man es una oda a los detalles, por pequeños e insignificantes que puedan llegar a parecernos, que nos convirtieron en los primeros colonizadores de la Luna. Detalles que convierten al ser humano en impredecible, en capaz de lo imposible. Detalles que humanizan al mito, que nos descubren al Armostrong persona, amigo, padre y marido.

Vivida en primera persona, la historia de la conquista de la Luna se nos relata con sus luces y sus sombras. Sus logros y sus pérdidas. Porque ese primer paso sobre la superficie lunar se consiguió a un coste altísimo. Y su éxito fue la suma de las mentes más brillantes de aquella época, un grupo de locos sin miedo a morir y buen puñado de suerte.

Claustrofóbica por momentos, intensa, íntima, capaz de arrancarte del asiento en sus escenas más tensas y, al mismo tiempo, llevarte al borde de la lágrima en otras.

Chazelle vuelve a dar con la tecla a la hora de contar su historia. De la mano de un perfecto Ryan Gosling que está destinado a recibir todos los premios posibles, de Claire Foy comiéndose la pantalla en cada encuadre y de un fantástico reparto de secundarios, First Man termina por convertirse en una película maravillosa que narra una aventura maravillosa.

Y por si fuera poco, Justin Hurwitz, que ya compuso la música de Whiplash y de La La Land, se saca de la chistera una de las mejores bandas sonoras que mi memoria puede recordar.

Sus dos horas y media me parecieron tan poco, que necesitaré volverla a ver unas cuantas veces más.

Nota: 9/10

Ídolos de cartón

Hace unos días disfruté de uno de los relatos de Martín Llade en Sinfonía de la Mañana en el que contaba la tormentosa relación entre Ludwig van Beethoven y su sobrino, que llegó hasta el punto de mantener un enfrentamiento que duraría hasta la muerte del primero.

Llade narraba aspectos oscuros de la vida del compositor alemán que descubrían a una persona colérica, impulsiva, controladora e incluso en algunos momentos hasta malvada.

La historia concluía con el entierro del músico en Viena, rodeado de miles de personas que lloraban su pérdida y cómo su sobrino terminaba sucumbiendo al dolor de la marcha del genio musical. 

Ayer pude observar como una concursante de uno de esos programas que se sacan de la chistera nuevas estrellas musicales como quien baja al super a comprar leche, había pasado en un mes de ser elevada a los altares de la música en las redes sociales, a ser menospreciada por su supuesto carácter áspero y orgulloso.

Y reflexioné un poco sobre la evolución del arte en nuestra sociedad y cómo ha ido adquiriendo todos los vicios que tristemente nos acompañan en la actualidad.

Dudo que nadie se haya parado a pensar mientras escucha La Flauta Mágica, en si Mozart era una persona extrovertida o si tenía determinados valores.

Tampoco creo que, al admirar la Gioconda o Los fusilamientos del tres de mayo, uno haga una concienzuda reflexión sobre si Da Vinci tenía cierta ideología, de si compartía tareas con su mujer o sobre si Goya separaba la basura y reciclaba.

Pero en nuestro siglo nos hemos topado de frente con ese ser gigantesco, especie de Santísima Inquisición, que es la corrección ideológica.

Y así, las productoras artísticas, cuyo objetivo, no se nos olvide, lejos de obsequiarnos con el arte en su estado más puro, es el de que la máquina de hacer dinero no pare, han encontrado la fórmula casi perfecta de construirnos ídolos a medida.

Son artistas que son de todo, menos eso, artistas. Ecologistas, feministas, progresistas, defensores de las causas perdidas, filósofos a tiempo parcial, librepensadores, homeópatas, emprendedores, vendedores de todo tipo de humo… Son como la escultura definitiva, de proporciones áureas, de todo aquello que creemos que nos gustaría ser.

Pero, en realidad, son sólo ídolos de cartón. Maquillados con cientos de filtros, para los que cada vez importa menos su música, sus pinturas, sus poemas… Tienen que caernos bien. Tenemos que sentirnos identificados con sus causas, con su lucha, con sus ideales. Empatizamos con ellos. Y, entonces, ciegos de un amor irracional por esa construcción social, los defendemos a capa y espada, ensalzamos sus obras por encima de todas las cosas. Los consideramos genios.

Genios, sin embargo, con los pies de barro, que, tarde o temprano, nos enseñan que tras el cartón no hay nada. El maquillaje se cuartea y terminan convirtiéndose en una especie de Ícaro cayendo a las profundidades del olvido.

Espero que llegue el día en que nos demos cuenta de nuestro error. De que quizá lo que importa de un humorista es que te haga gracia. Que lo que es relevante de un músico es que su música te llene. Que, si una pintura o una escultura te despierta algo dentro, poco importa cómo piense su creador.

Quiero pensar que todavía estamos a tiempo de alejar estos fantasmas creados por nosotros mismos, como una especie de dictadura del pensamiento, que nos atan, que nos amordazan y nos impiden disfrutar de lo que de verdad es el arte.

Que todavía hay tiempo de que disfrutemos plenamente de una obra, simplemente porque esa obra merezca la pena ser disfrutada.

Crítica: Sharp Objects (2018)

Cuando tras la deliciosa aunque brutal Animales Nocturnos supe de la existencia de una serie de HBO protagonizada por la irresistible Amy Adams, no lo dudé y me lancé a por ella.

Venía acompañada de una genial crítica y se decía de ella que mezclaba componentes de True Detective (la primera temporada, es decir, la buena), Mindhunter e incluso algo de Hereditary. Con estas referencias, la serie corría un alto riesgo de ser o bien una auténtica joya o un lamentable fiasco. 

Y lo cierto es que ha sido lo primero, o incluso mejor.

La serie

Sharp Objects (HBO, 2018), es una serie de 8 episodios de alrededor de una hora de duración que narra la historia de Camille Preaker, una joven periodista que vuelve a su pueblo natal a cubrir la noticia del asesinato de una niña y la posterior desparación de otra. 

Su regreso la llevará a rememorar su infancia y, con ella, los fantasmas que la llevan persiguiendo toda su vida. 

Así, Camille deberá, por un lado, tratar de desvelar qué y quién hay detrás de la muerte y desaparción de esas niñas, pero al mismo tiempo, por otro, lidiar con sus atormentados recuerdos. 

¿Por qué es tan buena?

Más allá de que la trama ya es interesante por sí misma, Sharp Objects destaca por un elemento clave en prácticamente cualquier obra audiovisual: su pluscuamperfecta forma de narrar la historia.

Los personajes que conforman el relato se van descubriendo, poco a poco, al ritmo que impone el discurrir de los acontecimientos. El entorno, un pequeño pueblo de Missouri, contribuye a asentar los cimientos de una narrativa opresora. La construcción de cada uno de ellos es inmensa, en especial la protagonista. En cada escena en la que ella aparece se esbozan las líneas que describen los rasgos de una persona torturada por su pasado y su propia mente.

Y junto a ella, el resto del elenco se suma en esta tétrica pero estéticamente maravillosa ópera, aportando los sonidos que terminan por conformar una melodía dramática, asfixiante, que sume al espectador en una lucha constante por desentrañar las miserias de cada uno de ellos. 

El desenlace no solo termina por redondear definitivamente el conjunto de la obra, sino que le añade un epílogo que enmudece al auditorio, que ya solo puede escuchar el zumbido de sus propios pensamientos. 

Una delicia en ocho bocados

Ya dicen que el mejor de los perfumes suele venir en frasco pequeño. Sucedió con True Detective, incluso con Westworld. Ocho horas de metraje que sirven a Jean-Marc Vallée para envolvernos en el sofocante pueblo de Wind Gap, en las miradas acusadoras de sus ciudadanos, en los monstruos que toda familia guarda en el armario. 

Ocho horas de luces y sombras proyectadas sobre la esencia misma del alma humana.

Muy recomendada.

Nota: 8/10

Crítica: Han Solo (2018)

Para comprender Han Solo: Una historia de Star Wars, hay que entender que La Guerra de las Galaxias no es una saga sino un concepto que trasciende a las películas y que plantea los cimientos sobre los que construir toda una mitología.

Lo que en su momento George Lucas ideó y conformó en esas tres primeras y sorprendentemente exitosas películas es simplemente el esbozo de una imagen de proporciones inimaginables.

Han Solo: una historia de Star Wars, es un capítulo aparte, como una novela de entretiempo que, ambientada en el vasto mundo de las galaxias lejanas, cuenta una pequeña y breve historia sobre un joven pirata galáctico y cómo inició su andadura en el hiperespacio. Nada más. Pero nada menos.

Muchos se sintieron decepcionados por no encontrar en ella la épica que uno espera de una película de la saga. No se identificaron con una historia quizá demasiado plana. El problema es que esto no es una película de la saga sino una película basada en la historia que hay detrás de la saga. El matiz es fundamental. Entender que, mientras Han se enfrenta a sí mismo, a sus fantasmas del pasado y a su primer (aunque no último) escarceo amoroso, en paralelo la caída de la República sigue imparable y el Imperio gana día a día poder. En esos momentos de caos político, grandes Sindicatos del crimen campan a sus anchas por la Galaxia, sometiendo a los pueblos a sus propios intereses. La pobreza asola todos los ricones de la Galaxia y todos hacen lo posible por sobrevivir.

Todo esto sucede de forma sutil, sin necesidad de grandes batallas, haciendo que la película pueda aparentar ser pequeña cuando la comparamos con el resto, pero cumpliendo, con creces, su cometido: entretener.

La obra es interesante desde un punto de vista estético: fotografía y banda sonoras cuidadas y una actuación a la altura de lo que se espera de un producto “Star Wars”, pero lo es más desde un punto de vista conceptual, al presentarnos el origen de varios de los grandes personajes de la saga y relatarnos una historia que encaja y que explica la evolución política y social de los planetas de la Galaxia.

Nos muestran, como hizo en su día el Episodio VII, que la corrupción y la vileza que ha traído consigo el Imperio son el germen necesario para el nacimiento de la Rebelión, para el surgir de una nueva esperanza.

Interesante apuesta.

Nota: 6/10

Crítica: Your Name (2016)

Hay una cosa que me fascina especialmente de la animación japonesa y es su forma propia de tratar las emociones y las relaciones interpersonales. Es como si todo ese bagaje cultural oriental fuera la base para poder describir con sutilidad pero sin llegar a ser cursi, sentimientos tan potentes como el amor y la amistad.

Your Name ( 君の名は, Kimi No Nawa), dirigida por Makoto Shinkai viene a demostrar esta espléndida capacidad de desarrollo argumental. Disfruté en su día otra de las películas del director japonés: Cinco centímetros por segundo en la que Shinkai hacía gala de su mimo por la animación cuidada y su búsqueda de transformar una historia simple en una perfecta metáfora de la vida. 

Esta vez, en cambio, parte de una premisa que aleja al espectador de la historia, mezclando realidad, sueños y fantasía y planteando un argumento de cruces de personalidades que se acerca más a la comedia. Sin embargo, la película va ganando entidad a pasos agigantados, cimentando la construcción de un relato que eclosiona en sus últimos 20 minutos de una forma prácticamente mágica.

La vida es toda una suma de situaciones. El tiempo, en realidad, forma parte de un continuo, de ese hilo invisible que interconecta acontecimientos, personas, almas. Es lo que el pequeño pueblo de Itomori conoce como musubi: un vínculo entre todas las cosas.

Así, nuestros actos, nuestras casualidades, el pasado, el presente y el futuro, no son más que giros y enredos de ese todo que parece estar escrito en la eternidad. Y, tarde o temprano, terminaremos por encontrar ese lugar, esa persona, ese momento que parece que andamos buscando sin saber muy bien por qué.

Una verdadera maravilla de la animación japonesa.

Nota: 8.5/10

Reseña: Un mundo sin fin – Ken Follet

Uno de los mayores riesgos a los que se enfrenta, desde mi punto de vista, un escritor, es al de sobrevivir a su propio éxito.

Ken Follet (Gales, 1949) rompió todos los índices de ventas con su novela Los pilares de la Tierra (2002), llevando a cientos de miles de personas a perderse en el apasionante mundo que rodeaba a la construcción de una catedral en esa pequeña ciudad de Kingsbridge en la Inglaterra medieval. Sin lugar a dudas, Los pilares de la Tierra tuvo un éxito merecido: detrás de él no sólo se asentaba una historia bien hilvanada, que hacía interactuar de forma atrayente a sus diferentes y múltiples personajes, sino que además también uno se dejaba llevar por toda esa ingente cantidad de información acerca del proceso de construcción de la época.

Como es comprensible, Ken Follet quiso mantener esa gallina generadora de fajos de billetes y planteó, años más tarde, su secuela: Un mundo sin fin (2008). Son muchos los problemas que arrastra esta segunda parte; la mayoría por culpa de su predecesora y de su descomunal éxito.

Un mundo sin fin plantea una serie de características prácticamente calcadas a Los pilares de la Tierra, lo cual le resta mucha capacidad de sorpresa: son ahora los hijos de los hijos de los protagonistas de la primera novela, los encargados de llevar adelante el hilo narrativo.

El primer problema con el que uno se topa es la falta de originalidad: pasan cosas demasiado parecidas, los malos siguen siendo muy malos y los buenos, tremendamente buenos. Follet trata de introducir variables que le permitan cierto margen de maniobra pero es incapaz de diferenciarse de la primera novela. Así, elementos como el viaje de uno de los protagonistas a tierras lejanas, los enfrentamientos entre familias que duran generaciones, los actos de la niñez que pasan factura en la edad adulta, etc., ya tratados en Los pilares de la Tierra, en esta segunda obra repiten el mismo patrón.

Otro de los grandes problemas a los que la novela se enfrenta es el hecho de que al mantener el mismo esquema de acción pierde credibilidad. Tal vez uno de los puntos fuertes de Los pilares de la Tierra fuera esa mezcla entre ficción e historia que rodeaba al libro de una especie de vitola de rigor. Sucede que en Un mundo sin fin, la situaciones que se producen son en muchos casos análogas a su predecesora y, por tanto, ese rigor asentado en la posibilidad de que las situaciones fueran reales, se resquebraja.

No es Un mundo sin fin en absoluto una mala novela. Tiene ritmo, tiene capacidad de sorpresa, tiene historias atrapantes y sigue teniendo, aunque menos, toda esa interesante intrahistoria acerca de la construcción de catedrales.

Su único inconveniente es tener que vivir a la sombra de su hermana mayor.

Nota: 7/10

Crítica: Ready Player One (2018)

Resulta tremendamente inexplicable cómo es posible que ante obras literarias que parecen haber sido escritas con el único objetivo de ser trasladadas a la gran pantalla, se cometan errores tan de bulto como el que ha sucedido con Ready Player One (2018).

Allá por 2015 cayó en mis manos la obra de Ernest Cline y valoré muy positivamente su lectura. No se trataba, en absoluto, de una obra maestra de la ciencia ficción, pero en cambio sí que planteaba cuestiones interesantes y se atisbaba una clara intención de tránsito al celuloide.

El núcleo central de la novela es el viaje de su protagonista a través de un mundo virtual futuro sobre los pasos de su creador, enamorado de los primeros videojuegos. Esta unión entre futuro y pasado dotaba a la historia de cierta entidad y permitía elaborar un argumento interesante.

Era una obra que orbitaba alrededor de la nostalgia de aquellos que presenciaron el despertar de los videojuegos y, al mismo tiempo, trataba superficialmente de iniciar una reflexión acerca de a donde se dirigía ese mundo en la actualidad.

Steven Spielberg decidió, visto el éxito de la novela, llevarla al cine.  Y, sinceramente, no ha podido hacerlo peor.

Para empezar, porque de un plumazo destroza sin miramientos el pilar fundamental sobre el que se asienta toda la historia: el recuerdo. Entiendo que, con la pretensión de llegar al público más joven, carga la película de referencias cinematográficas, de videojuegos y otras obras visuales, de los años 90 y 2000. Con esto consigue levantar un muro infranqueable entre la novela y la película: son dos obras completamente distintas.

No contento con ello, y tratando de obviar lo lamentable de la adaptación, la propia película es en sí misma un completo despropósito. La mezcla sin sentido de referencias (muchas veces metidas con calzador) lleva al espectador a presenciar un batiburrillo de elementos que bien pueden recordarle, simultáneamente: su infancia, su adolescencia y su edad adulta. Tenemos desde una carrera de coches con el Delorean y con Lara Croft de por medio, hasta una ridícula escena donde aparece el T-Rex. Avatares en el mundo virtual que mezclan sin compasión distintas generaciones, etc.

En el apartado técnico, Spielberg no entiende que todo tiene un límite y, si bien con todo lo relacionado con Jurassic Park, parece que le está funcionando, el pasarse el 90% de la película en un mundo totalmente generado por ordenador, ni ayuda ni añade nada en especial.

Capítulo aparte tendrían los actores. El protagonista es aburrido hasta decir basta y los que le rodean son tanto o más grises que él.

Aburrida, pretenciosa y falta de ritmo narrativo, Ready Player One nació muerta al pretender mover el eje temporal de la novela con la intención de que los millennials la pudieran comprender.

Nota: 4/10

Ni tan mal

Hay algo que es intrínseco en la inmensa mayoría de culturas: desde el Hércules griego hasta el Jesucristo cristiano y es el concepto de héroe. En la iconografía cultural que hemos ido construyendo a lo largo de los siglos, la figura del héroe ha sido imprescindible para erigir un relato en el que nos pudiéramos sentir identificados.

Los romanos tenían a sus gladiadores y sus grandes generales en la guerra. Y ese circo que se alimentaba de leyendas engrosadas a través del boca a boca ha ido evolucionando, tres mil años mediante, hasta llegar a nuestros días disfrazado de deportistas en pantalón corto dirimiendo la eterna disputa humana entre patadas a un balón.

Resulta curioso, no obstante, observar que hasta la misma concepción de héroe ha ido dejándose influenciar por los vaivenes de una sociedad cada vez más lanzada al voraz consumo de todo lo consumible. Y lo que ha sucedido en contextos tan diversos como nuestros hábitos alimenticios o la forma de escuchar música, ha terminado calando también el mundo del fútbol.

Lejos quedan los héroes eternos que brillan como esculturas estáticas de un pasado mejor. Lejos los Pelé, Maradona, Cruyff o Di Stéfano. Personajes cuyo nombre llena las bocas y los pechos de los entendidos del fútbol, como si saborearan con nostalgia una cucharada de ese caldo de la abuela que dejaron de probar, si acaso lo probaron, hace demasiados años. Los héroes de hoy se consumen en el día y, si no terminan de gustar, se desechan hasta la próxima comilona. Los engullimos sin saborear.

Etiquetamos a cualquier pobre diablo que despunte mínimamente como “el nuevo…” con el hambre feroz del que quiere volver a tener el gusto de escuchar por primera vez, y en directo, al joven Mozart.

Queremos ser los primeros en descubrir a los Beatles. Pero no a los Beatles de sus inicios, titubeantes, sino que los queremos ya con el incesante griterío de sus enloquecidos fans.

Necesitamos héroes porque los consumimos con una celeridad pasmosa.

Recuerdo a mi abuelo hablar de don Alfredo Di Stéfano con una mezcla de admiración y respeto casi religioso. Mi padre sigue recordando La Quinta del Buitre con la mística que sólo las leyendas traen consigo cuando las cuentas. “Cuando cogía el balón el Buitre…” Y sin embargo, no niegan el reconocimiento a los otros grandes del fútbol. “Lo de Maradona era de otro mundo…”, “Ver jugar a Cruyff era ver fútbol del de verdad.”

Quizá, y digo quizá porque me cuesta recordarlo de esa forma, Zidane fue para mí ese jugador-dios. Y no reniego, en cambio, de la figura de grandes como Ronaldo Nazario o Ronaldinho.

En la actualidad, en cambio, estamos viviendo una situación casi paranormal, en la que dos figuras del futbol total, que en casi cualquier otra época habrían sido considerados dioses para la historia, pugnan en un debate con poco de fútbol y mucho de todo lo demás, por convertirse en ese concepto ambiguo y subjetivo de ser “el mejor jugador del mundo”.

Dos jugadores que no tienen casi nada que ver, más allá de su idilio con el gol, con los títulos y con la esencia propia del mismo fútbol.

No me leeréis, pese a mi evidente madridismo, decir que Cristiano Ronaldo es mejor que Messi. Pero me resulta casi grotesco escuchar a muchos hablar del “mejor jugador de la historia” cuando se refieren al argentino.

Necesitamos construir ese relato del dios absoluto. Del Héroe total. Porque la sociedad ahora busca el consumo king-size. El más grande. El mejor.

Muchos de esos, hace unos días cambiaron su discurso, tras el batacazo del Barça ante la Roma en Liga de Campeones, y rebajaron un peldaño al Zeus del fútbol. Pasó a ser “uno de los mejores de la historia”.

Esa fugacidad en la evaluación, ese oportunismo en el elogio, ese sesgo cuando uno mira el fútbol lejos de la emoción, cegado por debates estériles entre Madrid y Barça, entre Europa y América, entre estilos de fútbol, seguidos de análisis concienzudos que pretenden cuantificar lo incuantificable… Eso es lo que está matando al fútbol de verdad.

El fútbol es pasión, y la pasión la despierta quien te levanta de la silla por hilvanar la jugada perfecta, llevándose por delante a una defensa entera y poniendo a su equipo a la altura de las estrellas. La pasión la levanta, también, quien en un balón que parece venir del cielo, se eleva por encima de todo y de todos, y para el tiempo para dejar clavado al Portero en mayúsculas del equipo rival. Pasión es el gol de Iniesta al Chelsea. Pasión fue el gol de Ramos al Atleti.

Pretender comparar a los dos héroes de nuestro tiempo es, si me apuras, irrelevante. La historia coloca a cada uno en el lugar que le pertenece por derecho, por mucho que unos u otros se empeñen en lo contrario.

La discusión solo sirve para llenar platós de televisión plagados de juntaletras (y algunos ni eso) que, a base de gritar barbaridades, despiertan en nosotros ese sentimiento que ya tenían los romanos cuando pedían la cabeza del gladiador caído. Nos devuelven a lo primitivo de nuestro ser. Nos obligan a identificarnos de un bando como si los bandos existieran. Uno es el héroe y el otro el villano. Y así nos alejan de la emoción sincera que despierta el fútbol.

Esa emoción con la que mi padre y mi abuelo vieron por primera vez a su Madrid levantar una Copa de Europa. Esa emoción con la que se vivían los Madrid – Barça antaño, alejados de tanta prensa amarilla, de tantos minutos de televisión dedicados a lo mismo.

El día que no estén, y que el nuevo Cristiano y el nuevo Messi salgan cada dos semanas, los terminaremos echando de menos.

A los dos.

Crítica: Coco (2017)

Coco (2017) es la última gran producción conjunta de Disney y Pixar que, a buen seguro, hará disfrutar a pequeños y grandes de la maravillosa creatividad de la fábrica de los sueños americana.

Se trata de otra de esas pequeñas grandes joyas que ya atesoramos en nuestra biblioteca cinematográfica.

Ambientada durante la celebración del Día de los Muertos en México, nos cuenta la historia del pequeño Miguel, heredero de una familia de zapateros, cuyo amor por la música puede costarle más de un disgusto con una familia completamente en contra de la creatividad musical.

Mezclando de una forma magistral realidad y el mundo de los muertos, Coco es una historia de balances entre los sueños por conquistar y la familia.

Una factura visual incomparable

Pixar ha vuelto a hacerlo, se ha vuelto a superar a si mismo con una producción visual a la que se le quedan cortos todos los adjetivos. Es la primera vez que me deja sin palabras un renderizado en una sala de cine: los primeros planos de la cara de Miguel o la reproducción de las arrugas de Mamá Coco, son de un nivel tal, que no recuerdo haber visto nada que se le acerque lo más mínimo en ninguna otra película de animación.

Si a estas condiciones técnicas sin rival, le sumamos una puesta en escena que rezuma creatividad por todos los costados, tenemos el cóctel perfecto para una sesión de palomitas y buen cine que disfrutar.

Un guión redondo

La historia de Coco tiene elementos muy empleados en la historia del cine junto con algunos novedosos. Últimamente, tanto Disney como Pixar se están aficionando a salirse ligeramente de la senda establecida en los cánones de las películas para los más pequeños. En Coco hay confrontación, hay malos, buenos, pero existe también esa zona gris que deja margen para la reflexión.

Lo interesante de este tipo de producciones es que se alejan del ya caduco modelo dual del bien contra el mal, entrando, de manera muy superficial eso sí, en el terreno de la relatividad. Disney y Pixar, sorprendentemente, ponen en Coco la contraposición de dos culturas fuertemente opuestas: la individualista, más propia de Estados Unidos y la Europa del norte, frente a la colectivista, arraigada en América del Sur y en la Europa mediterránea. Y digo sorprendentemente porque en Coco hay una clara vencedora de esa lucha en la que llevamos años inmersos: los valores de la familia, del grupo social terminan por imponerse a esos sueños de grandeza, a ese concepto tan occidental del “éxito”.

La película refuerza mucho dos conceptos nucleares de las culturas más colectivas: el arraigo y las relaciones sociales y se aleja mucho del estereotipo de que el sentido de la vida lo da la fama y el éxito.

Curioso también el hecho de ensalzar la cultura mejicana justo en el momento en el que las relaciones entre México y Estados Unidos no atraviesan su mejor momento.

Una banda sonora fabulosa

A todo lo dicho hay que añadir una banda sonora de diez. Canciones mejicanas con un ritmo brutal, con unas letras maravillosas, terminan por darle el punto perfecto a una película que se agranda a cada instante.

Otro exitazo

Aunque queda lejos de “Del revés” en cuanto a contenido y mensaje, Coco (2017) es otra obra maestra de Pixar. Una más que añadir a su ya interminable lista de éxitos rotundos en la gran pantalla.

Se hace tan obligatorio verla en el cine como tenerla en Blu-Ray/DVD en cuanto esté disponible.

Nota: 9/10