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Tal vez soy un bicho raro, pero si voy al cine es para disfrutar de la experiencia de ver una película en una sala con una pantalla gigante y un sistema de audio increíble.

Últimamente me he dado cuenta que me estoy volviendo cada vez menos tolerante con las personas que no entienden el cine como yo.

Aquellas que deciden que el cine es un buen sitio para merendar y, por tanto, se traen sus buenos platos de nachos o su menú del McDonalds.

Aquellas que entienden que el cine también es un lugar de reunión y de interacción social y se dedican a charlar de temas varios mientras la película intenta captar su atención.

También me he vuelto poco tolerante (quizá menos que nunca) con los que no entienden el concepto “apaguen sus teléfonos móviles” y los ves chateando por Whatsapp o revisando el Facebook en medio de la proyección. O lo ya inconcebible, hablando por él.

Si fuera por mi, prohibiría la comida en los cines e instalaría inhibidores de frecuencia para desactivar los datos de los teléfonos.

No soy ningún purista del cine, pero me gusta. Me gusta la sensación de estar en un sitio donde sumergirte en una historia, donde envolverte de futuros distópicos, de pasados dramáticos o de intensas historias de terror.

Me gustan prácticamente todos los géneros y soy muy dado a valorar una película por su capacidad de despertar en mi alguna emoción.

Pero difícilmente voy a poder involucrarme plenamente en la historia que me están contando si tengo a mi lado el tufo del queso de unos nachos y el constante crujir de los mismos y, al otro lado, a dos super amigos que se tienen que poner al día justo en el momento más tenso del thriller proyectado.

De verdad, hago un llamamiento a estas personas, por si les queda un resquicio de humanidad, de respeto por el arte… Hay miles de cafeterías, de restaurantes, de lugares geniales para hacer todas esas cosas que no deberíais estar haciendo en una sala de cine.

Aprovechad la oportunidad y hacedme el favor.

Al cine, a ver la película.

Somos un país de piratas.

No lo digo yo, lo dicen muchos estudios realizados en nuestro país que nos colocan a la cabeza de los países consumidores de contenidos protegidos por derechos de autor de forma ilegal.

Ahora bien, mi pregunta es: ¿lo somos por voluntad o por necesidad?

No quiero entrar en el debate de si la cultura debe ser gratuita o no.

Mi objetivo es otro, la pregunta que lanzo va en otra dirección: ¿dispone España de las plataformas necesarias para proporcionar un servicio de distribución de contenidos a la altura de los tiempos que corren?

Mi respuesta en este caso es mucho más sencilla: no.

Falta de innovación

En España llevamos unos cuantos lustros a la cola de la implantación de las nuevas tecnologías.

Junto a las conexiones con anchos de banda lejos de los países más desarrollados, nos encontramos con la práctica inexistencia de plataformas que faciliten el consumo de contenido.

Con la llegada de Spotify vimos la respuesta a esta necesidad. El gran logro de Spotify en realidad son dos: cantidad y facilidad. Una aplicación multiplataforma sencilla de utilizar unida a la posibilidad de escuchar prácticamente de todo.

¿Por qué no existe algo similar para series/cine?

Pese a que no tengo una respuesta consistente, intuyo que tiene mucho que ver con la segmentación del mercado y con los intereses de los grandes (ahora más bien el gran) sistemas de pago por visión con Movistar+ a la cabeza. Un sistema que te permita consumir sólo aquello que realmente quieres pagando por ello un precio sensato, mucha gracia no les hace.

Y en esas estamos, utilizando canales alternativos por la falta de soluciones reales que cubran las necesidades de los consumidores.

Pero eso sí, la piratería es culpa de el español medio, que lo quiere todo gratis.

El futuro

Parece que la llegada de Netflix a España puede suponer un pequeño cambio en el panorama actual.

Digo pequeño debido a que su catálogo es reducido. No obstante se presenta con un modelo de negocio similar al de Spotify y esto es lo que resulta verdaderamente interesante.

Los próximos meses se aventuran divertidos en cuanto a movimientos de las operadoras y de sus ofertas. La gran incógnita es si se acercarán a un modelo más adecuado a lo que la actual tecnología les permite o seguirán ancladas en fórmulas del pasado.

Resulta curiosa la cantidad de artículos relacionados con la productividad personal que pretenden darnos una visión de lo que esos seres tan geniales conocidos como “personas hiperproductivas” realizan en su día día.

Es como si imitándoles, encontrásemos la piedra filosofal y nos convirtiéramos en los próximos Steve Jobs.

Veamos, como ejemplo, este artículo publicado en Techcrunch y titulado de forma rimbombante como 9 things the most productive people do every day (Las 9 cosas que las personas más productivas realizan cada día).

1. Leer

  • Esto es bastante obvio ya de por sí pero, por si acaso, lo recalcan. Leer culturiza, leer mejora nuestra creatividad, nuestra capacidad de expresión tanto oral como escrita, nos mejora como personas. Me parece bien aunque no encuentre una relación directa con la productividad personal.

2. Dormir

  • Sigamos con lo evidente. Las personas super productivas… ¡duermen! Lo creas o no, necesitan dormir. No contentos con ello recomiendan echarse una siesta de entre 1 y 2 horas algo que, desde mi punto de vista, no es que no sea positivo sino que es hasta desaconsejable.

3. Comer en casa

  • Para empezar: quien pueda. Pero más allá de eso ¿por qué? Según explica el artículo porque tardan en servirte (asumiendo que comes fuera y no tu comida en el trabajo). Lo increíble es que aseguran que ahorras entre 1 y 2 horas por hacer comidas de ¡ 10 minutos ! Otro gran consejo… para morir temprano.

4. Desházte de cosas

  • Junto con esta nueva corriente de coaching y productivdad ha venido aparejada una adaptación de la cultura oriental asociada al Zen y a eso que aquí en occidente se ha llamado mindfulness. Lo cierto es que está genial eso de aplicar cosas como simplificar, deshacerse de lo que no es importante, etc. Pero una cosa es ser una persona organizada y otra pretender que por tener la mesa completamente vacía y siguiendo el Feng Shui, te aparezca la inspiración y te conviertas en super productivo. No funciona. Os lo digo yo.

5. Sin noticias

  • Olvídate de la actualidad. Olvídate de lo que sucede en el mundo, porque a ti te da igual, eres alguién súper productivo al que se la trae floja lo que a día de hoy pasa en su entorno. Consejazo ¿eh?

6. Sin reuniones

  • Que las reuniones son a veces una completa pérdida de tiempo es un hecho. Ahora bien, algunas son necesarias y correctamente enfocadas son tremendamente productivas (luego estos gurús del coaching vienen con que si brainstorming y sinergias).

7. Sin teléfono

  • Probablemente lo único sensato del artículo pero que se ha repetido hasta la saciedad. Olvidarse de las redes sociales y del teléfono sí que produce un aumento increíble de la productividad siempre y cuando lo asocies con estar centrado y dedicado a tu trabajo.

8. Email

  • Yo no sé la obsesión que tiene la gente con la gestión del correo electrónico. Asumo que se tienen que pasar media mañana dándole al botón actualizar porque de otro modo no lo entiendo. Al final se trata simplemente de reservar esos momentos muertos entre tareas importantes para manejar los correos que te llegan y organizarlos correctamente. No es tan complicado.

9. Experiencias

  • O ¿a qué huelen las cosas que no huelen? Porque lo que en realidad quiere decir es sencillamente que la productividad mejora con un cambio de enfoque que es, a su vez, recalcar la importancia de una actitud positiva en la vida. ¡Vaya descubrimiento! ¿eh?

Conclusiones

Al final uno termina dándose cuenta de que todos estos artículos repiten hasta la saciedad los mismos conceptos, conocidos de hace años, pero usando palabras grandilocuentes para convencernos de que existe una respuesta simple para la clave del éxito profesional. Humo y más humo en una sociedad que siempre anda buscando atajos.

Para no ser menos, aquí van mis tres consejos para ser una persona altamente productiva:

  1. Ama lo que haces.
  2. Disfruta mientras lo haces.
  3. Nunca dejes de soñar despierto.

¿Veis? Yo también se vender humo a lo Coelho.

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Yo soy yo y mis circunstancias…

Bendita la risa, la carcajada. Bendita esa media sonrisa que termina en lágrimas al final de un chiste.

Si el sentido de la vida es ser feliz su ingrediente fundamental es, sin lugar a dudas, la risa.

El Teatro Olympia rendía este fin de semana un grato homenaje a la alegría con el espectáculo de Goyo Jiménez “En Verdad os digo”.

Y allá que fuimos con la ilusión de pasar un rato agradable y echarnos unas cuantas de esas risas tan sanas.

Pero nos equivocamos de pleno.

Una cosa es pasar un rato agradable. Otra pasarte dos horas partiéndote la caja torácica a pleno pulmón hasta que casi no puedes ni respirar.

Conocía a Goyo Jiménez como muchos, de El Club de la Comedia y, sobretodo, gracias a YouTube. También lo recuerdo gratamente como el Capitán Fanega, ese personaje que Mota introdujo como Némesis del Tío de la Vara. Siempre me ha parecido un tipo muy gracioso, sobretodo con esas analogías tan geniales con los norteamericanos.

Ahora bien lo del otro día superó con creces todas mis expectativas. Dos horas, dos horas sin parar de hablar, sin dejar espacio para el respiro, carcajada tras carcajada en un auténtico monumento a la felicidad.

Goyo Jiménez no es solo un tipo gracioso, es un tipo culto e inteligente. Está calvo, lo cual implica que el Karma sigue funcionando (no lo podía tener todo) y derrocha tal cantidad de buen rollo que sales de allí queriendo comerte el mundo.

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Juntar humor, inteligencia y cultura en dos horas en un teatro es lo más cercano a ser feliz por completo. Al menos para mi.

No quiero desvelaros nada del espectáculo, ni un pequeño chiste, porque merece la pena que disfrutéis de la experiencia completa, que probéis esa medicina mágica que sirve para los dolores del alma.

Bendita la risa, la carcajada, y bendito querido Goyo, que el sábado pasado, en dos horas que nos parecieron quince minutos, y con la que está cayendo, nos hiciste un poco más felices.

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Este pasado fin de semana tuve la oportunidad de disfrutar de una estupenda velada en el restaurante japonés Kamon. Llamamos para reservar el mismo sábado por la tarde y tuvimos la suerte de tener mesa en el primer turno (por lo general recomiendan reservar con 3 o 4 días de antelación).

Local

El local, situado en la Calle Conde Altea, 32, proporciona el entorno ideal para sumergirte en la cocina japonesa. Una decoración cuidada y un ambiente relajado con buena música de fondo nos acompañaron durante toda la cena. La mezcla entre vanguardia y tradición está presente en la distribución: grandes murales de estilo japonés contrastan con un mobiliario moderno. Además ves a los cocineros trabajando in situ en la barra.

Carta

La primera sorpresa nos la encontramos en la carta. El precio del lugar está muy por debajo de lo que uno espera por su situación y el tipo de cocina.

Lo interesante de la carta (más allá del mencionado precio) es que siguiendo con esa idea de mezclar modernidad y tradición, ofrecen platos en los que se refleja esta mezcla. Además te ofrecen una serie de platos fuera de carta muy interesantes.

Nosotros decidimos pedir:

  • Usuzukuri de pez manteiquilla con pasta de trufa y foie
  • Tempura de verduras y langostinos
  • Maki Doble Tuna
  • Nigiri de atún con wasabi fresco y tomate confitado con aceite de carbón

Todo un éxito de principio a fin. En especial el Maki Doble Tuna que supuso una auténtica sorpresa para mi.

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Atención

Otro de los aspectos importantes de la experiencia en Kamon es la atención. De principio a fin excelente. Cuidando los detalles y tratando de proporcionar un servicio a la altura del nivel culinario que ofrecen. El trato fue exquisito y salí del local con la sensación de que había descubierto una joya en pleno centro de Valencia y que, sin ningún género de dudas, volvería.

Valoración

En resumen podréis ver que la experiencia en Kamon ha sido muy grata y que la relación calidad-precio que pudimos tener es de las mejores que recuerdo. Sin lugar a dudas para alguien neófito como yo en la cocina japonesa ha sido una auténtica revelación.

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Hace unos cuantos meses decidí tomar una decisión extraña. Digo extraña porque en principio se apartaba un poco de lo que normalmente se espera que uno haga: decidí volver a matricularme en la universidad y, además, hacerlo en un área que poco o nada tenía que ver con la actividad profesional que desarrollo.

Se trataba de algo personal, algo conmigo mismo, sin nadie más involucrado. Una especie de autocompromiso

Lo complicado de este tipo de compromisos es que no tienes a nadie que alcance a entender por completo el por qué de ellos. Es difícil de comprender la razón que hay detrás de emplear tu tiempo libre, el que ya honradamente te ganas dedicando más de 8 horas de tu vida diaria, en seguir esforzándote en un objetivo distinto, alejado de lo que normalmente haces, alejado incluso de lo que se presupone que debería gustarte.

Ha habido gente que se ha cuestionado los motivos, que incluso ha pensado que eran más locura transitoria que verdadero compromiso con uno mismo. También los ha habido que han llegado a ridiculizar, si no menospreciar, lo complejo del desafío. No han logrado entender el verdadero por qué.

Siempre he pensado en la vida como si de una carretera se tratase en la que, pese a sostener el volante del coche, no tienes ni idea de qué dirección puede tomar el camino. Nuestra capacidad de control es tan reducida que hay momentos en los que uno no sabe si va o viene, si se acerca o se aleja, o, en muchos casos, si realmente hay un destino al que dirigirse.

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Han pasado ya más de 8 meses desde que tomé esa decisión y he llegado a la primera de las paradas. Echando la vista atrás he disfrutado como un enano de esta experiencia que me ha llevado a terminar con éxito el primer curso del Grado en Psicología a través de la UNED. Ha sido un viaje excitante, un viaje de descubrimiento interior, de cambios, de enfoques distintos.

Por primera vez en mi vida he encontrado que la verdadera motivación, la que funciona, al menos la que me funciona a mí, es la que he establecido conmigo mismo, delimitando mis metas con la única recompensa de mi propia satisfacción y entendiendo que la magia está en saborear cada paso del camino.

Sólo me ha costado 30 años descubrirlo.

A por la siguiente estación.

Al igual que hice hace unos días con la lista de las que considero han sido las mejores películas estrenadas en 2014, es ahora el turno para los libros que he conseguido leer este año. Aunque me he quedado lejos de la cifra que en su momento me propuse como reto, 2014 tampoco ha sido un mal año en cuanto a lectura se refiere aún a pesar de las circunstancias.

Estos son los diez mejores libros que me he leído este 2014.

  1. Robots e Imperio (Isaac Asimov), último de los libros de una saga que enlaza de una forma sublime con la otra gran serie de Asimov: La Fundación. Broche perfecto a las aventuras de Elijah Bailey y R. Daneel Olivaw junto con R. Giskard Reventlov. Personajes llenos de carisma, emocionantes aventuras en un entorno futurista cuidado hasta el más mínimo detalle. Toda una auténtica gozada. [ Reseña ] [ Comprar ]
  2. Flores para Algernón  (Daniel Keyes), pese a que muchos encuadran este libro en el género de la ciencia ficción para mi es mucho más un ensayo psicológico encubierto. Increíble forma de contar la historia del ratón Algernón y de Charlie Gordon y como la ciencia los une hasta las últimas consecuencias. Un verdadero viaje a las emociones y el intelecto con un final acorde a la aventura y a las expectativas y con un estilo de narración único. [ Reseña ] [ Comprar ]
  3. Los robots del amanecer (Isaac Asimov), tercer libro de la saga de los robots en el que Asimov comienza a preparar el terreno hacia el impresionante final de Robots e Imperio. Además de eso presenta una intrigante historia en la que los asesinatos, las traiciones y la intriga por el control de un espacio en expansión son el núcleo del argumento. [ Reseña ] [ Comprar ]
  4. 2001: Una odisea en el espacio (Arthur C. Clarke). Tras ver Interstellar me obligué a ver la película de Kubrick 2001: Una odisea en el espacio. He de reconocer que la película no me gustó nada y, tal vez por ese mal sabor de boca, decidí leerme la novela homónima que, según he leído, la escribió Clarke simultáneamente a la película. Nada que ver. Noche y día. Ciencia ficción en estado puro de la que disfrutas de verdad. [ Comprar ]
  5. Hyperion (Dan Simmons). Más ciencia ficción. Parece que este año los grandes ganadores en mi lista han sido todos de este género. Con Hyperion disfruté de una lectura organizada en relatos cortos, diferentes cada uno, aunque relacionados todos con el misterioso planeta Hyperion. Esa estructura le permite a Simmons plantear historias completamente distintas, con fondos diversos y que van desde la religión hasta la física de los viajes interestelares. [ Reseña ] [ Comprar ]
  6. Inteligencia Emocional (Daniel Goleman). Tal vez fue por el momento personal en el que me lo leí pero con Inteligencia Emocional tengo una relación especial. Disfruté muchísimo de su lectura hasta el punto de que era capaz de abstraerme de todo una vez que me sumergía en sus páginas. Quizá su lectura propició que tomase la decisión de volver a empezar a estudiar. [ Comprar ]
  7. La Ladrona de Libros (Markus Zusak). No hace falta hablar mucho de este estupendo libro que me leí a principios de año. Los que no lo hayan leído seguramente habrán visto la película. Una forma diferente de abordar el drama de la 2ª Guerra Mundial y el Holocausto nazi, con una óptica similar a La Vida es Bella pero desde una perspectiva opuesta. [ Reseña ] [ Comprar ]
  8. Ramsés, hijo de la Luz (Christian Jacq). Primero de los libros de la serie de Jacq sobre el gran faraón egipcio Ramsés III. Interesante visión sobre los momentos previos a su elección como heredero de su padre Seti, de las intrigas por arrebatarle el poder, de su paso por la adolescencia y su posterior maduración hacia una edad adulta compleja y llena de peligros. [ Reseña ] [ Comprar ]
  9. Un dulce sabor a muerte (Ellis Peters). Sin ser un libro extraordinario cumple con creces el objetivo de entretener. Me recuerda, salvando mucho las distancias, a El Nombre de la Rosa de Umberto Eco. Lectura ligera, divertida, fresca y atrapante. [ Comprar ]
  10. El Teorema Katherine (John Green). Si con Bajo la misma Estrella Green fue capaz de sacarme las lágrimas, con el Teorema Katherine ha sido capaz de arrancarme algunas sonrisas. Lejos, sin embargo del primero, con éste puedes pasar un rato entretenido. [ Comprar ]

Las Supercopas, tanto la europea como la patria, son ese típico trofeo ambiguo: importante para el que los gana, poco relevante para el que los pierde.

En realidad son ese término medio entre trofeo de verano y título oficial que sólo aporta cantidad, que no calidad, a las vitrinas de un equipo.

Total que en estas que estamos a medidados de Agosto y la UEFA (magnánima en su preocupación por el aficionado que se mantiene trabajando al pie del cañón) decide adelantar la Supercopa de Europa.

Cuatro pobres partidillos y seis días de entrenamiento es lo que llevan los jugadores, así que pedir, se puede pedir poco de un partido así.

Pero ayer hubo un pequeño detalle interesante. Más allá del vencedor del trofeo y de que Cristiano iniciara con premura su cuenta anotadora e incluso más importante que las dos o tres paradas antológicas de Iker que según la prensa deportiva salvaron al Madrid del desastre, fue la aparición de un medio centro alemán recién fichado este año: Toni Kroos.

He de reconocerlo, siento especial debilidad por el medio campo: por la creación. Y en estas lides el germano parece desenvolverse con una soltura que hacía tiempo no se veía en las filas merengues. Junto con Modric ayer hicieron un partido redondo. Criterio, pausa, técnica, visión. Todo. Un auténtico desborde de calidad y un placer para el que disfruta viendo buen fútbol.

Si a este chaval le dejan jugar y se asienta en la medular madridista, ojo que este año nos podemos poner las botas. Con una delantera de vértigo (el estado de forma de Bale es algo que roza lo marciano) y con una defensa de garantías (si nos deshacemos a tiempo del “espartano” y Coentrao sigue al nivel hercúleo actual), este Real Madrid pinta francamente bien.

Pero en el fútbol, ya se sabe…

Lo que sucedió ayer en el estadio de Maracaná en Brasil fue la crónica exacta de una muerte que lleva mucho tiempo anunciándose.

Anoche, ante los ojos de millones de seguidores, de aficionados e incluso de aquellos que se subieron al carro del fútbol español sólo por sus éxitos, el combinado nacional hizo el ridículo.

Hay que ser sincero y decir las cosas tal y como son: ridículo. Pero más allá de analizar lo que va a pasar a partir de ahora es conveniente pararse a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí.

El repetido fin de ciclo

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Lo que surgió hace unos años como una especie de broma ante cualquier minicrisis del F.C. Barcelona se ha convertido con el paso de los meses en una triste realidad para el fútbol nacional.

En la Eurocopa de 2008 Luis Aragonés lo cambió todo. Decidió apostar por un núcleo de jugadores con un potencial inimaginable que venían gestando los mimbres de lo que sería el mejor Barça de la historia. Y lo hizo con la firmeza suficiente como para no temblar al dejar fuera de las convocatorias a algunas de las “vacas sagradas” de por aquel entonces.

Esta firmeza, esta visión es la que le hemos echado en falta a Vicente del Bosque.

Una convocatoria, decían algunos, para rendir homenaje a los grandes campeones del Mundo y dos veces de Europa. Pero es que a un Mundial de Fútbol no se va a rendir homenajes: se va a hacer un buen papel y, en el caso de los actuales campeones, a intentar revalidar el título.

Pero volviendo a 2008, si repasamos la alineación: Casillas; Sergio Ramos, Puyol, Marchena, Capdevila; Senna, Iniesta, Xavi, Cesc, Silva; Torres vemos que no difiere demasiado a la que trajo Del Bosque escrita desde España. Y ese es el mayor de los problemas: Que no se ha producido la conveniente renovación y han pasado desde entonces 6 largos años.

El ciclo empezó y terminó con él

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Don Xavi Hernández.

Principio y fin.

Lo llevo diciendo durante muchísimo tiempo. Cuando muchos entendidos del fútbol no se explicaban cómo Leo Messi, uno de los mejores jugadores de la historia, no era capaz de rendir al mismo nivel en el Barça y en la selección argentina, yo lo repetía: Xavi, Xavi y mil veces Xavi.

La injusticia futbolística para con él al no haberle brindado uno de los muchos Balones de Oro que se merecía quedará como una mancha imborrable en el ya sospechoso currículum de la FIFA.

Cuando a Xavi se le agotó el fútbol (o dio muestras claras de ello) las alarmas debieron saltar: tanto en el Nou Camp como en la Selección. Nadie hizo nada. El Barça se ha desprendido de quienes se suponían sus herederos (Thiago el año pasado y Cesc éste) y en la selección nunca se ha colocado a nadie de sus características tras él: el experimiento con pepsi-cola de Iniesta-Alonso-Busquets ayer no sirvió de nada.

La complacencia con la que nos hemos ido paseando a lo largo y ancho del mundo asumiendo que sentábamos cátedra con un nuevo modelo de fútbol nos cegó de una realidad que durante este mundial se ha hecho dramáticamente palpable: sin Xavi España ya no es España. O en realidad sí. En realidad vuelve a ser ese conjunto de grandísimos jugadores que juegan en grandes equipos pero que cuando juegan juntos no saben a qué están jugando. Xavi fue el pegamento, fue el catalizador que unió el talento y lo convirtió en la máxima expresión del arte del fútbol.

Pero como todo en esta vida, el tiempo no se puede detener y cada año que pasaba algunos observábamos cómo los pases de Xavi cada vez eran más cortos, más lentos y con más metros de distancia con respecto al área rival.

Una renovación necesaria

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Sería injusto, eso sí, hacer reposar sobre los hombros de Xavi toda la responsabilidad de este ridículo y, así mismo, otorgarle a él todo el mérito de los éxitos logrados en los últimos 6 años.

Al lado de él también estuvieron cuatro jugadores de los que tardaremos mucho tiempo en volver a ver sobre un terreno de juego: Iker Casillas, Carles Puyol, Andrés Iniesta y David Villa.

A ellos se les unirían posteriormente los Ramos, Piqué, Alonso y Busquets para convertir a la Selección Española en la diosa del balón controlado.

Las circunstancias así lo quisieron, una generación dorada nos ha dado a los seguidores al fútbol la oportunidad de poder decir dentro de 20 años que nosotros cantamos en directo el gol de Iniesta, que nosotros vimos como el mundo se asombraba ante un juego jamás visto.

Pero las etapas tarde o temprano terminan y ahora es el momento ideal, después de un fracaso de estas proporciones, para que se realicen cambios de calado. Es el tiempo de los valientes, de un nuevo Luis Aragonés al que no le tiemble la mano y despida con un apretón de manos a aquellos que ya no podrán darnos más noches de éxito.

El tiempo de Iker, de David, de Xavi, de Carles y tal vez de algunos más ha pasado.

Pero ante todo: Gracias

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Gracias David por convertirte en el verdadero 7 de España, por tu olfato, por tus ganas, por llevarnos en volandas con tus goles a la cima del éxito y por sacar de lo más hondo ese hambre por seguir ganando, seguir marcando.

Gracias Carles por tu entrega, por demostrarle al mundo que la ecuación que une esfuerzo y éxito es correcta en todas las facetas de la vida. Cada gota de sudor que derramaste nos hizo creer en imposibles. Jamás borraremos de nuestra memoria el momento en el que te alzaste al cielo de Puerto Elizabeth en Sudáfrica y asistimos maravillados a la máxima expresión de tu fútbol: corazón, garra y fe ciega. Estás hecho de la pasta de aquellos que graban su nombre en la eternidad.

Gracias Iker por tus milagros. Por dejarnos con la boca abierta cada partido. Por las alas que te han salido mil y una veces para hacer que la balanza siempre se decantase a nuestro favor. Por tu cercanía. Por la sensación de que si te encontrábamos algún día en un bar de pueblo nos tomaríamos unas cañas contigo hablando de lo bien que jugabais a fútbol. Tuyo es el momento en el que paraste nuestros corazones ante Robben en el mano a mano de todos los tiempos, en esa parada imposible. Gracias, capitán, por alzar al cielo de Johanesburgo la dorada copa que colocaba a España, al fin, en el lugar que le correspondía en el Olimpo futbolístico.

Y gracias Xavi. Gracias por sacar de tus botas la revolución que llevó a los equipos donde jugaste a la cima histórica de su juego. Tu has sido el constructor, el cerebro, el creador de un paradigma de este deporte que nos has dejado como legado eterno. Y yo personalmente he podido disfrutarte en la selección y sufrirte en el Barça. Ying y yang. Ese claroscuro que caracterizaba tu juego: jugando en la sombra para dar luz al resto. Tu herencia al fútbol mundial es de un valor inconmensurable y, pese a que los focos hayan estado más pendientes de argentinos o de portugueses en una batalla más comercial que futbolística, nosotros, los que disfrutamos del verdadero fútbol más allá de los colores, te lo agradecemos. Quizá no sea un balón oro, pero creo que hablo en voz de muchos cuando te digo que tal vez sea mejor premio el reconocimiento, el respeto y la admiración que has logrado de todos: hasta de un madridista de cuna como yo.

Lo intentamos. Fracasamos.En Francia 2016 volveremos a intentarlo. Ese es nuestro espíritu.

Ayer los amantes de la buena televisión, para la que todavía queda esperanza, tuvimos el inmenso placer de volver a ver en la pequeña pantalla a ese todoterreno de los programas de humor inteligente que es don (el don se lo ha ganado a pulso) Andreu Buenafuente.

Bajo el nombre de “En el aire”, Andreu volvió a la televisión con un programa de los que le gustan a él y lo hizo manteniendo la estructura a la que nos tenía acostumbrados.

Un monólogo inicial que da paso a una mesa donde se tratan temas de actualidad, invitados famosos, sketchs, música en directo, etc.

En el aire tiene todo eso pero ha venido con la cara renovada. Belén Cuesta, Jorge Ponce y Bob Pop son las caras menos conocidas mientras que el núcleo central del programa lo siguen llevado esa pareja inconmensurable que son Andreu y Berto.

Al programa de ayer se le notó que era el primero. Ligeramente falto de ritmo al principio, tuvo un lastre importante con las nuevas incorporaciones. Jorge Ponce, que aparece desde nada más comenzado el programa, todavía tiene demasiado camino que recorrer para ponerse a la altura de Berto como partenaire de Andreu.

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Al que no tuve forma humana de soportar fue al tal Bob Pop. Que resulta que es un “famoso” blogger. Hasta ahí que la parte de conexión con las redes sociales la lleve él se comprende. Ahora bien, las RR.SS. son una fuente inagotable de humor inmediato, la prueba viviente la tenemos en programas como APM! o TT, y sin embargo, Bob Pop no sólo le restó humor con cada una de sus intervenciones al programa sino que además se le notó excesivamente nervioso y demasiado encajonado en su guión.

Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que para cuando entró Marc Giró con su desmedida verborrea, pasadas ya más de la 1 de la madrugada, la decisión terminase por ser apagar el televisor.

Anoche se vieron destellos de lo que puede ser En el aire: el genial sketch de “Andro Rey” fue sin duda lo mejor que vi y la idea de contar la vida de alguien sólo con emoticonos me pareció genial. Sólo falta asentar un poco a los personajes, que cojan confianza y tal vez adelantar un poco el horario de emisión. 

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Yo, que a Andreu desde “La Cosa Nostra” le tengo un especial cariño, le deseo la mejor de las suertes en esta nueva andadura y espero de corazón que En el Aire se convierta pronto en un programa referencia de cómo se puede hacer televisión sin tener que recurrir ni al drama humano ni a la mal llamada prensa del corazón.

CONECTA