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Quizá con el ajetreo de todos los días, con las prisas por llegar a todo, no reparamos en la fragilidad que nos rodea. Pero de repente suceden cosas, aparecen en las noticias, o quizá nos toca de mucho más cerca, y entonces despertamos de ese ensoñamiento y reparamos en ese inestable equilibrio, en esa delgada línea que separa el orden del caos.

Tal vez sea un enajenado mental que decide consternar al mundo con sus atroces actos. Tal vez una cantante con tanto potencial en su voz como en su capacidad de autodestrucción. Tal vez un vecino, querido, con el que no hace mucho te intercambiabas saludos.

Todas esas cosas suceden, de repente, sin aviso, y te muestran de forma muy realista que la vida sólo la componen los momentos que decides vivir, que decides saborear de verdad.

Y que a veces es conveniente parar y darse cuenta de todo lo que se tiene,

de dónde estás

y de a dónde vás.

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Han pasado muchos días desde que escribí por última vez.

Durante todos esos días, de forma diferente, casi aleatoria, mi vida ha ido cambiando drásticamente hasta día de hoy.

Por fin puedo decir que estoy algo más asentado y que, por tanto, vuelvo a poder poner en marcha los proyectos que tenía en mente, mantener este rincón y otras cosas.

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Te levantas a la misma hora todos los días. Desayunas lo mismo. Repites rutina. Ducha. Repites ropa. Repites peinado. Te miras al espejo con esos ojos entreabiertos.

Coges las llaves, el móvil, la cartera.

Arrancas, sales con cuidado, miras en el cruce, sabes que no viene nadie, sigues, llegas por inercia hasta tu destino. Pasan los minutos, las horas. Miras por la ventana, la gente pasea, corre, llega tarde, llega pronto, charla, se enfada.

Vuelves por el mismo camino. Las mismas caras. Las mismas sensaciones. El tiempo se para, da marcha atrás. Levantas la vista y el mundo se detiene a tu paso, todo parece ir a cámara lenta.

Te conviertes en un reloj. Segundo a segundo.

Convéncete. Hacer diferente cada momento depende sólo de tí.

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Hace un poco menos de un año escribí que siempre he pensado que todos tenemos nuestro pequeño trocito de cielo cuando nos marchamos y que creo que desde allí las personas que ya tomaron su camino nos observan y nos ayudan a su manera.

Hace un año exactamente que te marchaste y espero de verdad que desde tu cielo hayas podido ver todo este año.

El año en el que por tí, Esperanza y Silla fueron un único equipo de fútbol bajo una misma camiseta.

En el que por tí la Parroquia de San Roque se quedó pequeña, muy pequeña.

El año en el que las Fallas trascendieron a la rivalidad y fueron una verdadera hermandad, junta en el recuerdo, en tú recuerdo.

A veces me pregunto cómo una persona es capaz de dejar tanta huella en tantas personas.

Pero estoy seguro que habrás visto más. Habrás visto cómo hay AMIGOS que te van a llevar siempre con ellos.

Confío en que hayas podido sonreír con el corazón al ver a tu pequeña sobrina seguir creciendo y pareciéndose cada vez más a tí.

Al ver a tu hermano, a tu cuñado y a tus dos AMIGOS liándola como hacíais los tres juntos, ese “trío veneno” que se quedó huérfano con tu marcha.

Creo que ha sido un año diferente, amargo, triste, pero en el que hay razones para la esperanza.

Porque has supuesto para muchos, y sabes para quién especialmente, un motivo para mejorar, para llegar más lejos, para que desde tu cielo te sientas orgulloso de ellos.

Supongo, no sé, que para la mayoría, nunca te fuiste.


Una vez que la resaca de la nochevieja ya ha terminado es un buen momento, justo antes de que S.M. los Reyes Magos se paseen por nuestras casas esta noche, para reflexionar un poco sobre qué espero de este año que comienza.

Voy a copiarme un poco del post de PiRRa y voy a listar algunos de los propósitos para 2011, a ver si dentro de un año, cuando relea esto, puedo decir orgulloso que los he cumplido todos (o casi todos).

1. Ser puntual. Es mi espinita, mi dolorosa espinita. Pero voy a hacer esfuerzos reales por cumplirlo.

2. Mantener una dieta equilibrada y un ejercicio continuado. A lo largo del 2010 he conseguido mantener en determinados momentos un buen equilibrio entre dieta y ejercicio. El 2011 tiene que ser el año en el que lo consiga de forma continuada.

3. Leer al menos 25 libros. (Este me lo copio directamente). Tengo una lista enorme de libros por leer, los de George R.R. Martin van a la cabeza y voy a por todos.

4. Aprender a tocar, y bien, al menos 3 piezas cortas y 2 largas de piano. Este 2011 va a ser el de la vuelta al trabajo con el piano.

5. Sacarme el CCNP – Los 3 exámenes.

6. Viajar al menos a dos sitios fuera de España. Después de la maravillosa experiencia que ha sido París, tengo ganas de disfrutar más: Milán, Roma, Florencia, Bruselas, Amsterdam, Londres, Porstmouth, Berlín, Munich… hay tantos sitios.

7. Estudiar inglés a fondo. Pasar del nivel medio-alto al muy alto.

8. Aumentar el número de películas y series vistas. Ir al menos una vez (si es posible) a la semana al cine, ponerme al día con Greek, Cómo conocí a vuestra madre, Dexter, Friday Night Lights,

9. Fotografía y blog. Este en sí mismo es un propósito. Explotar al máximo mi Reflex con fotos cada vez más creativas y mantener el blog con un crecimiento constante… ¿1 post al día? 😛

10. Sonreir todavía más. Sonreir por compartir unas cervezas cada semana con los amigos, por la ilusión de nuestro nuevo proyecto, por verla feliz, porque el esfuerzo tenga su recompensa, por cualquier cosa. 

Hay más, algunos dejan de ser propósitos para convertirse en deseos, pero como dicen que no se cumplen si los dices, esos me los guardo.

¿Y vosotros, tenéis propósitos para este 2011?

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El despertador sonó. Y no, no había sido un sueño. Eran las 8.00 de una nublada mañana de Invierno y estábamos en París.

Ducha rápida. Que toca desayunar. ¡Esos sí que son croissants!

Sevrés-Lecourbe a Bir-Hakeim. El metro nos sorprende por su puntualidad y por su frecuencia. Aunque también por sus precarias infraestructuras. En menos de 20 minutos bajamos del metro. Seguimos a la gente. Al cruzar la calle veo una típica Brasserie y un Bistró. Todo parece sacado de alguna pelicula. Me acuerdo de Amélie.

De pronto, al girar una de las esquinas aparece imponente. Tanto que sin querer me emociono. Es la de verdad, la que tantas veces he visto en fotos, en el cine, he imaginado en las páginas de algún libro. E impresiona infinitamente más. La torre Eiffel nos da la verdadera bienvenida a París.

Paseamos, nos hacemos fotos, alucino con la ingeniería que lleva detrás la construcción y comienza el verdadero plan de la mañana.

Subimos al segundo piso. Se ve todo París. Al menos todo lo que los ojos son capaces de atisbar. Es enorme. A lo lejos vemos Notre Dame, el Sagrado Corazón y la zona moderna de París.

Una vez abajo contiunamos con el plan. Un crucero por el Sena. Pasamos por varios de los puentes más importantes de la ciudad. El Pequeño y el Gran Palacio. La Asamblea Nacional. El puente de los Inválidos. La arquitectura de esta ciudad me ha enamorado. Hasta la Estatua de la Libertad (la pequeña). Incluso pasamos junto a la Plaza de la Concordia, antes conocida como Plaza de la Revolución. Allí guillotinaron a Luis XVI y Maria Antonieta. Historia pura ante nuestros ojos.

Luego hay que coger fuerzas y es aquí donde Sheila se enamora del chocolate francés. Esto son crêpes de verdad. Saborear una delicia culinaria a la orilla del río Sena es mucho más de lo que podía pedir.

La mañana está llegando a su fin y decidimos adelantar un poco el plan y dirigirnos ya hacia el Palacio de Versalles.

Sin lugar a dudas la mañana ha sido espectacular y ha ido mucho más allá de lo que había podido imaginar. Esta ciudad tiene algo en el ambiente, en el aire, que la convierte en especial sólo con estar paseando por sus calles. Hay tanta historia alrededor…

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El viernes pasado Sheila y yo hicimos una pequeña escapada a la capital de Francia con la intención de celebrar nuestro segundo aniversario, en los próximos posts intentaré poner un poco en orden las sensaciones que extraje del viaje.

Ese propio viernes nuestro avión salía a las 19.20 de la tarde. Durante la mañana estuvimos ultimando las compras de última hora y terminando de hacer la maleta. Resulta muy curioso lo que pesan unos calcetines o una bolsa de aseo cuando tienes que ajustarte a 15 kg. Una vez en el aeropuerto he de reconocer que los nervios aparecieron: facturar la maleta, que las dos de mano cumplan con las medidas (Ryanair no se fijó ni en la ida ni en la vuelta), los bolsos dentro de las maletas, y por fin, después de una media hora de espera en la puerta de embarque: el avión.  Y más nervios.

A Sheila, que ya había volado en avión (pero en un Airbus 330-200), por poco le da algo al ver la “tartana” que es un Boeing 737-800. Nos sentamos al lado de la ventanilla. Las indicaciones de las azafatas y a volar.

El despegue fue muy bien (para ser una tartana) y de camino nos encontramos turbulencias pero nada que no superase la emoción de estar llegando a la ciudad del amor.

Una vez aterrizamos tras rebotar dos veces en el suelo nos encontramos en un pequeño aeropuerto a 80km de París. Beauvais. De allí rápidamente cogimos un Bus. Todo estaba oscuro hasta que un “ooooh” nos despertó del sueño: a lo lejos se veía imponentemente iluminada la obra de Gustave Eiffel para la Expo.

Una vez en París, nos quedaba el último trayecto, en metro, hasta nuestro hotel. Llegamos a las 12, cansados del viaje, pero ilusionadísimos por encontrarnos en pleno centro de París y con 3 días por delante para ver aquello que sólo con los propios ojos uno es capaz de disfrutar. Calentitos, en una habitación desde la que veíamos las calles de un París precioso en diciembre.

La tele francesa nos ayudó a conciliar el sueño pensando en que al día siguiente nos esperaba la gran Torre Eiffel, un paseo por el Sena y el suntuoso Palacio de Versalles.

A bientôt!

Canción : Sous le ciel du París.

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A veces, entre tanto movimiento que nuestra vida diaria nos proporciona, dejamos pasar el tiempo sin darnos cuenta.

Llegan las vacaciones, los planes, el tiempo de estar con uno mismo, el relax… pero hay algo que nunca está de más: las reuniones entorno a una mesa en un bar, con unos cuantos tercios, unas patatas fritas y muchas ganas de reir.

Porque realmente, una de las esencias de la vida, de los sabores de la felicidad es la de disfrutar de momentos así.

No desaprovechéis la oportunidad de juntaros una tarde  cualquiera para hablar de cómo resolver los problemas del mundo. Es el mejor reconstituyente para la a veces anodina vida diaria.

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Una taza de té rojo caliente.

La lluvia golpeando mi ventana.

Una noche de cine, con la mejor de las compañías.

Una pelicula de miedo.

Proyectos rondando la cabeza que me apasionan.

Un futuro por descubrir, por escribir, por contar, por describir.

Yann Tiersen sonando de fondo.

Saber que hay gente que merece la pena.

Creer en la vida.

En el milagro de estar vivo.

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