Prácticamente desde que nacemos se nos inculca un concepto que algunos tienden a llamar “cultura del esfuerzo”.
En realidad la “cultura del esfuerzo” no es más que la relación directa entre el éxito y el esfuerzo que necesitas para alcanzarlo.
La televisión, la literatura, nuestra propia tradición transmite entre generaciones esa “cultura del esfuerzo”. Pero cuando ya llevas unos años en esta vida y empiezas a conocer su letra pequeña te asaltan algunas dudas.
¿Qué hay de cierto en esa cultura del esfuerzo?
Nuestro entorno y, en muchos casos, nosotros mismos, obviamos una parte importante de esa relación directa de la que hablaba hace un momento: no es una relación causa – consecuencia. No siempre que nos esforcemos vamos a conseguir el éxito y, lo que es todavía peor, puede darse el caso de que nosotros, o alguien que conozcamos, o veamos por televisión, alcance el éxito sin necesidad de esfuerzo. Y digo lo que es peor porque sienta dos terribles precedentes en nuestro interior: el primero es que es algo factible alcanzar el éxito sin pegar un palo al agua, el segundo, todavía más dañino, es el de pensar de qué nos sirve esforzarnos si a otros ese éxito que buscamos les llegará antes y sin que tengan que mover un sólo dedo.
¿Qué es realmente la cultura del esfuerzo?
Digamos que, en realidad, la relación de la que hablo al principio es una relación de probabilidad. Cuanto más te esfuerces, cuanto más lo intentes, cuanto más te repongas de tus fracasos rápidamente y vuelvas a comenzar mucho más probable será que logres el objetivo que buscas y más duradero será el éxito asociado a él.
Ya, pero ¿cuál es la letra pequeña?
La letra pequeña la conocemos todos pero nos obligamos a olvidarla queriendo creer que el mundo es un lugar idílico. El fracaso, el esforzado trabajador que no tiene para comer, el licenciado que se malvende en un trabajo basura, el vago que termina siendo director, el oportunista que acaba ganando mucho dinero, el rico que se enriquece más, el gobernante corrupto que sale indemne de sus tropelías, el incompetente que ocupa cargos de responsabilidad y, el que más me gusta de todos, el inútil que se cree alguien.
Pero esto no le resta ni un ápice de realidad a la esencia de la cultura del esfuerzo: cuanto más lo intentes, más cerca estarás de conseguirlo. Porque en cada iteración, en cada intento fallido, generamos un bien de valor incalculable: una experiencia más de cómo no hacer las cosas. Y llegará el día, si seguimos intentándolo, que por fin la luz se encenderá.
“No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla.”
Partamos de la idea clara, digamos que es un axioma, de que todos tenemos nuestro lugar en este mundo.
Ya sea por el destino, ya sea por la casualidad, pero nuestra configuración genética y mental es única e irrepetible. Jamás habrá alguien como nosotros sobre la faz de la tierra y eso, además de ser algo maravilloso nos transfiere la responsabilidad de hacerlo valer.
A veces, confundidos por una marea monocromática, pensamos que lo mejor es mezclarse con los que son parecidos, o que aparentan serlo, para así formar parte de un todo. Aunque con ello perdamos nuestra singularidad y nos convirtamos en una pieza más de una cadena de montaje en serie.
Pasar desapercibido no es una opción.
La única opción que nos convierte en verdaderos seres humanos es encontrar esa diferencia, ese punto que nos hace especiales y que termina dotando a nuestra vida de un objetivo, de una misión, de un fin.
Cuando encontramos nuestro lugar todo encaja, miras hacia atrás y comienzas a comprender todas y cada una de esas escenas, de esos momentos, que no supiste ver. Y entonces la vida cobra su máximo sentido: sentido en la sonrisa por el sueño logrado, sentido en los ojos del amor de tu vida, sentido en el orgullo de un padre, sentido en cada gesto de tu hijo.
Pero para llegar a ese momento hemos de creernos capaces de marcar la diferencia. De llegar más lejos que nuestros padres, de preparar el camino para nuestros hijos. La culminación del viaje es habernos transformado a nosotros mismos en una nota nueva en la sinfonía de la humanidad.
Interesante charla de la investigadora Tari Sharot acerca del comportamiento optimista innato del ser humano.
Parece ser que todos los seres humanos tenemos la tendencia a pensar de forma optimista sobre nuestro futuro. Este pensamiento, siempre que sea equilibrado y realista, es el que nos impulsa a conseguir metas y alcanzar objetivos.
Os dejo algunas de las frases interesantes de su charla:
“Sea lo que sea lo que suceda, tanto si tienes éxito como si fracasas, la gente con altas espectativas siempre se siente mejor, porque cómo se sienten, cuando son despedidos o son elegidos el empleado del mes, depende en cómo interpretan ese evento”
“Independientemente del resultado, el acto puro de anticipación nos hace felices”
“Los optimistas son aquellos que esperan más besos en su futuro, más paseos en el parque. Y esta anticipación mejora su bienestar”
Vivimos inmersos en la carrera hacia el triunfo, siendo el triunfo un concepto entendido de mil maneras diferentes y empleado en un sinfín de situaciones distintas en función de la perspectiva del que lo describe.
Y en cierto modo el elemento central del triunfo, la personalización del mismo, es el héroe.
Nos rodean. Figuras jóvenes, atléticas, esbeltas, de sonrisa luminosa y con un halo de eternidad que nos obliga a envidiarlas. Son los héroes modernos, pero no se diferencian de los antiguos. Personajes míticos que las leyendas encumbraban hasta convertiros en seres poderosos y con dones que cualquier humano envidiaría.Sin embargo muy pocos se han parado a pensar en el después, en el momento en el que la euforia del triunfo, la gloria conseguida se esfuma.
¿Qué sucede después?
Porque el reloj del tiempo sigue moviéndose, pero esa persona que un día fue el centro del universo por unos momentos ha dejado de serlo ya.
Creo que en ese momento aparece la verdadera valentía del héroe. La capacidad de sobreponerse a ese paso del tiempo, de no vivir en un pasado glorioso y centrarse en el futuro.
Porque aquel que cree que ya ha conseguido todo lo que pretendía conseguir en la vida sencillamente sólo le queda morir.
Ayer leí por encima el último artículo de psicología que venía en El País Semanal. Hablaba de lo complicado que es para nuestro entorno afrontar nuestras decisiones cuando estas conllevan cambios radicales. Analizaba lo complejo que resulta para quienes reciben una noticia para la que no están preparados asumir ese cambio y aceptarlo.
Pero más allá de nuestro entorno, yo me pregunté si nosotros mismo estamos preparados para el cambio.
Demasiadas veces nos encontramos ante un futuro lleno de incertidumbre donde nuestras decisiones a corto y medio plazo pueden ser determinantes en el devenir de los acontecimientos. Y esa relevancia a la hora de escoger el camino correcto puede derivar en ansiedad, agobio y sensación de descontrol. Solemos llamar a esto “resistencia a cambiar” o “estar acomodado”. Y está claro que todo aquellos que conlleve un cambio en nuestra rutina diaria: desde un cambio de situación sentimental hasta una evolución a nivel laboral, nos produce esa sensación de pérdida de control.
Pero en la valentía de aquellos capaces de no sólo suavizar y gestionar esa sensación, si no de ver más allá de lo que los demás son capaces de ver, reside la verdadera esencia del emprendedor y, en definitiva, del triunfador.
Este 2011 aparece ante nosotros como un año plagado de incertidumbre. Puedes quedarte sentado, esperando a que el mundo solucione tus problemas, mantenerte donde estás, y quedarte así para siempre.
O puedes ser valiente y ser tú quien cambie el mundo, se adapte a sus nuevas circunstancias y encuentre la luz entre tanta oscuridad.
Inquieto e incoformista me muevo en un mundo de pasiones. Las nuevas tecnologías, las redes de comunicaciones, el mundo empresarial ligado a Internet, ciencia, cultura, informática y todo ello mezclado es un poco con algo de mi visión personal acerca de la vida es lo que vas a encontrar por aquí.