Visto en Escolar.net
Ayer me convencieron para acudir a una charla que impartía Alejandro Martínez sobre algo denominado metamateriales.
Los metamateriales tienen su fundamento en los materiales zurdos, que se denominan así debido a que dadas las propiedades que tienen, se debe usar la regla de la mano izquierda en lugar de la regla de la mano derecha a la hora de realizar cálculos.
Es bastante interesante porque se desconocía la posibilidad, hasta hace muy poco, de “crear” materiales que tuvieran esas propiedades (ε y μ negativas).
Lo que resulta de tener ε y μ negativas es que si recubrimos un elemento cualquiera por una coraza de metamaterial, ésta última se encargará de desviar la radiación que incide sobre el elemento y hacer que lo rodee. Como la luz no es más que un tipo de radiación, se podría llegar a dar el caso de que si un objeto cualquiera no refleja la radiación que le incide, deje de ser visible.
Saqué dos conclusiones bastante interesantes de la charla. En primer lugar, que aunque parezca que todo está establecido, inventado y desarrollado, hace falta que nos cuestionemos cualquier cosa (aunque parezca una barbaridad) para poder descubrir un campo nuevo y lleno de desafíos.
En segundo lugar, y pese a que se nos repitió hasta la saciedad que el concepto de invisibilidad está muy alejado de lo que se está desarrollando actualmente y que los enfoques van más dirigidos, por ejemplo, a conseguir “parar la luz” y obtener así memorias fotónicas, no pude dejar de pensar en lo que muchos de vosotros ya habréis hecho leyendo el texto:

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No me queda muy claro, y menos con esta representación, la realidad física de un hipercubo.
En geometría un teseracto o hipercubo es una figura formada por dos cubos tridimensionales desplazados en un cuarto eje dimensional (llamemos al primero longitud, el segundo altura y el tercero profundidad). En un espacio tetradimensional, el teseracto es un cubo de cuatro dimensiones.

Vamos, es un cubo de 4D pero que con nuestra limitada visión en 3D sólo podemos alcanzar a imaginarnos.
Lo sé, te quedas como hipnotizado viendo el dibujito.
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Eso ha sido lo que le bastó al pedazo de jugador que tengo como compañero de telemática para ganarme (o más bien destrozarme) jugando al ajedrez.
Cuando haces cualquier cosa junto a una persona que sabe lo que está haciendo, que controla, te das cuenta como cada movimiento, por pequeño e insignificante que pueda parecer, tiene algún objetivo. En esta vida, como en el ajedrez, hay muy poco de azar y mucho de saber jugar.
Porque no es lo mismo aquel que sabe lo que quiere, tiene claro lo que busca y te mata al rey moviendo sólo 12 veces, que aquel cuyo único objetivo es morir dignamente.
David, te presento mis respetos.
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Bueno, ahora que tengo un poco de tiempo y como lo prometido es deuda, voy a contaros una bonita historia cuyo final tenéis que dar vosotros a conocer.
En los oscuros años de la Edad Media uno de los reyes españoles dictaminó un real decreto por el que debían ser ejecutados todos los presos de una de las cárceles que tenía el reino. El cruel monarca envió con tan horrendo mensaje a un emisario para que el Conde de Sevetavinal encargado de la prisión obrara en consecuencia. Cuando llegó a oidos del Conde un profundo pesar le embargó, pues era conocido en todo el reino por su extremada bondad. Viéndose abocado a tan terrible designio decidió concederles a los presos, puesto que así le era permitidio por su grado de nobleza, una última oportunidad para salvar sus vidas.
Decidió que a los 50 presos que habitaban en su cárcel se les colocase a la mañana siguiente, de forma completamente aleatoria y con la misma probabilidad, un sombrero de color blanco o negro. Estos presos se colocarían en fila de modo que el primero no viese a ninguno, el segundo viera al primero, el tercero al segundo y al primero… y asi sucesivamente de forma que el último de todos viera a los 49 presos restantes. De esta forma se les preguntaría a cada uno y de manera sucesiva cuál era el color de su sombrero. Si la respuesta era correcta salvarían la vida y obtendrían la libertad, en cambio, si su respuesta era la equivocada hallarían la muerte.
Y así les fue transmitido a los presos. Cundió el desánimo entre ellos, puesto que se veían incapaces de evitar la muerte a la mañana siguiente.
Pero entre ellos estaba un reconocido alquimista de la época que se dedicó toda la noche a analizar el problema. A la mañana siguiente, tremendamente sonriente, el alquimista les dijo a sus compañeros presos:
- Amigos míos, he llegado a una solución de manera que si me hacéis caso y seguís mi consejo, nos salvaremos 49 y, con un poco de suerte, los 50.
¿Cuál ere ese genial sistema del que hablaba el alquimista?






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