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sergioMadrigal

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Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Valencia, soy un fanático de las nuevas tecnologías. Emprendedor a tiempo parcial, combino mis ilusiones por crear con un trabajo en redes de comunicaciones de una gran empresa. Fotógrafo amateur. Lector devora libros (ahora más con mi Kindle). Amante de la cultura Zen y la productividad personal.

blog_ReadyPlayerOne

Resulta tremendamente inexplicable cómo es posible que ante obras literarias que parecen haber sido escritas con el único objetivo de ser trasladadas a la gran pantalla, se cometan errores tan de bulto como el que ha sucedido con Ready Player One (2018).

Allá por 2015 cayó en mis manos la obra de Ernest Cline y valoré muy positivamente su lectura. No se trataba, en absoluto, de una obra maestra de la ciencia ficción, pero en cambio sí que planteaba cuestiones interesantes y se atisbaba una clara intención de tránsito al celuloide.

El núcleo central de la novela es el viaje de su protagonista a través de un mundo virtual futuro sobre los pasos de su creador, enamorado de los primeros videojuegos. Esta unión entre futuro y pasado dotaba a la historia de cierta entidad y permitía elaborar un argumento interesante.

Era una obra que orbitaba alrededor de la nostalgia de aquellos que presenciaron el despertar de los videojuegos y, al mismo tiempo, trataba superficialmente de iniciar una reflexión acerca de a donde se dirigía ese mundo en la actualidad.

Steven Spielberg decidió, visto el éxito de la novela, llevarla al cine.  Y, sinceramente, no ha podido hacerlo peor.

Para empezar, porque de un plumazo destroza sin miramientos el pilar fundamental sobre el que se asienta toda la historia: el recuerdo. Entiendo que, con la pretensión de llegar al público más joven, carga la película de referencias cinematográficas, de videojuegos y otras obras visuales, de los años 90 y 2000. Con esto consigue levantar un muro infranqueable entre la novela y la película: son dos obras completamente distintas.

No contento con ello, y tratando de obviar lo lamentable de la adaptación, la propia película es en sí misma un completo despropósito. La mezcla sin sentido de referencias (muchas veces metidas con calzador) lleva al espectador a presenciar un batiburrillo de elementos que bien pueden recordarle, simultáneamente: su infancia, su adolescencia y su edad adulta. Tenemos desde una carrera de coches con el Delorean y con Lara Croft de por medio, hasta una ridícula escena donde aparece el T-Rex. Avatares en el mundo virtual que mezclan sin compasión distintas generaciones, etc.

En el apartado técnico, Spielberg no entiende que todo tiene un límite y, si bien con todo lo relacionado con Jurassic Park, parece que le está funcionando, el pasarse el 90% de la película en un mundo totalmente generado por ordenador, ni ayuda ni añade nada en especial.

Capítulo aparte tendrían los actores. El protagonista es aburrido hasta decir basta y los que le rodean son tanto o más grises que él.

Aburrida, pretenciosa y falta de ritmo narrativo, Ready Player One nació muerta al pretender mover el eje temporal de la novela con la intención de que los millennials la pudieran comprender.

Nota: 4/10

CRMESSI

Hay algo que es intrínseco en la inmensa mayoría de culturas: desde el Hércules griego hasta el Jesucristo cristiano y es el concepto de héroe. En la iconografía cultural que hemos ido construyendo a lo largo de los siglos, la figura del héroe ha sido imprescindible para erigir un relato en el que nos pudiéramos sentir identificados.

Los romanos tenían a sus gladiadores y sus grandes generales en la guerra. Y ese circo que se alimentaba de leyendas engrosadas a través del boca a boca ha ido evolucionando, tres mil años mediante, hasta llegar a nuestros días disfrazado de deportistas en pantalón corto dirimiendo la eterna disputa humana entre patadas a un balón.

Resulta curioso, no obstante, observar que hasta la misma concepción de héroe ha ido dejándose influenciar por los vaivenes de una sociedad cada vez más lanzada al voraz consumo de todo lo consumible. Y lo que ha sucedido en contextos tan diversos como nuestros hábitos alimenticios o la forma de escuchar música, ha terminado calando también el mundo del fútbol.

Lejos quedan los héroes eternos que brillan como esculturas estáticas de un pasado mejor. Lejos los Pelé, Maradona, Cruyff o Di Stéfano. Personajes cuyo nombre llena las bocas y los pechos de los entendidos del fútbol, como si saborearan con nostalgia una cucharada de ese caldo de la abuela que dejaron de probar, si acaso lo probaron, hace demasiados años. Los héroes de hoy se consumen en el día y, si no terminan de gustar, se desechan hasta la próxima comilona. Los engullimos sin saborear.

Etiquetamos a cualquier pobre diablo que despunte mínimamente como “el nuevo…” con el hambre feroz del que quiere volver a tener el gusto de escuchar por primera vez, y en directo, al joven Mozart.

Queremos ser los primeros en descubrir a los Beatles. Pero no a los Beatles de sus inicios, titubeantes, sino que los queremos ya con el incesante griterío de sus enloquecidos fans.

Necesitamos héroes porque los consumimos con una celeridad pasmosa.

Recuerdo a mi abuelo hablar de don Alfredo Di Stéfano con una mezcla de admiración y respeto casi religioso. Mi padre sigue recordando La Quinta del Buitre con la mística que sólo las leyendas traen consigo cuando las cuentas. “Cuando cogía el balón el Buitre…” Y sin embargo, no niegan el reconocimiento a los otros grandes del fútbol. “Lo de Maradona era de otro mundo…”, “Ver jugar a Cruyff era ver fútbol del de verdad.”

Quizá, y digo quizá porque me cuesta recordarlo de esa forma, Zidane fue para mí ese jugador-dios. Y no reniego, en cambio, de la figura de grandes como Ronaldo Nazario o Ronaldinho.

En la actualidad, en cambio, estamos viviendo una situación casi paranormal, en la que dos figuras del futbol total, que en casi cualquier otra época habrían sido considerados dioses para la historia, pugnan en un debate con poco de fútbol y mucho de todo lo demás, por convertirse en ese concepto ambiguo y subjetivo de ser “el mejor jugador del mundo”.

Dos jugadores que no tienen casi nada que ver, más allá de su idilio con el gol, con los títulos y con la esencia propia del mismo fútbol.

No me leeréis, pese a mi evidente madridismo, decir que Cristiano Ronaldo es mejor que Messi. Pero me resulta casi grotesco escuchar a muchos hablar del “mejor jugador de la historia” cuando se refieren al argentino.

Necesitamos construir ese relato del dios absoluto. Del Héroe total. Porque la sociedad ahora busca el consumo king-size. El más grande. El mejor.

Muchos de esos, hace unos días cambiaron su discurso, tras el batacazo del Barça ante la Roma en Liga de Campeones, y rebajaron un peldaño al Zeus del fútbol. Pasó a ser “uno de los mejores de la historia”.

Esa fugacidad en la evaluación, ese oportunismo en el elogio, ese sesgo cuando uno mira el fútbol lejos de la emoción, cegado por debates estériles entre Madrid y Barça, entre Europa y América, entre estilos de fútbol, seguidos de análisis concienzudos que pretenden cuantificar lo incuantificable… Eso es lo que está matando al fútbol de verdad.

El fútbol es pasión, y la pasión la despierta quien te levanta de la silla por hilvanar la jugada perfecta, llevándose por delante a una defensa entera y poniendo a su equipo a la altura de las estrellas. La pasión la levanta, también, quien en un balón que parece venir del cielo, se eleva por encima de todo y de todos, y para el tiempo para dejar clavado al Portero en mayúsculas del equipo rival. Pasión es el gol de Iniesta al Chelsea. Pasión fue el gol de Ramos al Atleti.

Pretender comparar a los dos héroes de nuestro tiempo es, si me apuras, irrelevante. La historia coloca a cada uno en el lugar que le pertenece por derecho, por mucho que unos u otros se empeñen en lo contrario.

La discusión solo sirve para llenar platós de televisión plagados de juntaletras (y algunos ni eso) que, a base de gritar barbaridades, despiertan en nosotros ese sentimiento que ya tenían los romanos cuando pedían la cabeza del gladiador caído. Nos devuelven a lo primitivo de nuestro ser. Nos obligan a identificarnos de un bando como si los bandos existieran. Uno es el héroe y el otro el villano. Y así nos alejan de la emoción sincera que despierta el fútbol.

Esa emoción con la que mi padre y mi abuelo vieron por primera vez a su Madrid levantar una Copa de Europa. Esa emoción con la que se vivían los Madrid – Barça antaño, alejados de tanta prensa amarilla, de tantos minutos de televisión dedicados a lo mismo.

El día que no estén, y que el nuevo Cristiano y el nuevo Messi salgan cada dos semanas, los terminaremos echando de menos.

A los dos.

Critica Coco

Coco (2017) es la última gran producción conjunta de Disney y Pixar que, a buen seguro, hará disfrutar a pequeños y grandes de la maravillosa creatividad de la fábrica de los sueños americana.

Se trata de otra de esas pequeñas grandes joyas que ya atesoramos en nuestra biblioteca cinematográfica.

Ambientada durante la celebración del Día de los Muertos en México, nos cuenta la historia del pequeño Miguel, heredero de una familia de zapateros, cuyo amor por la música puede costarle más de un disgusto con una familia completamente en contra de la creatividad musical.

Mezclando de una forma magistral realidad y el mundo de los muertos, Coco es una historia de balances entre los sueños por conquistar y la familia.

Una factura visual incomparable

Pixar ha vuelto a hacerlo, se ha vuelto a superar a si mismo con una producción visual a la que se le quedan cortos todos los adjetivos. Es la primera vez que me deja sin palabras un renderizado en una sala de cine: los primeros planos de la cara de Miguel o la reproducción de las arrugas de Mamá Coco, son de un nivel tal, que no recuerdo haber visto nada que se le acerque lo más mínimo en ninguna otra película de animación.

Si a estas condiciones técnicas sin rival, le sumamos una puesta en escena que rezuma creatividad por todos los costados, tenemos el cóctel perfecto para una sesión de palomitas y buen cine que disfrutar.

Un guión redondo

La historia de Coco tiene elementos muy empleados en la historia del cine junto con algunos novedosos. Últimamente, tanto Disney como Pixar se están aficionando a salirse ligeramente de la senda establecida en los cánones de las películas para los más pequeños. En Coco hay confrontación, hay malos, buenos, pero existe también esa zona gris que deja margen para la reflexión.

Lo interesante de este tipo de producciones es que se alejan del ya caduco modelo dual del bien contra el mal, entrando, de manera muy superficial eso sí, en el terreno de la relatividad. Disney y Pixar, sorprendentemente, ponen en Coco la contraposición de dos culturas fuertemente opuestas: la individualista, más propia de Estados Unidos y la Europa del norte, frente a la colectivista, arraigada en América del Sur y en la Europa mediterránea. Y digo sorprendentemente porque en Coco hay una clara vencedora de esa lucha en la que llevamos años inmersos: los valores de la familia, del grupo social terminan por imponerse a esos sueños de grandeza, a ese concepto tan occidental del “éxito”.

La película refuerza mucho dos conceptos nucleares de las culturas más colectivas: el arraigo y las relaciones sociales y se aleja mucho del estereotipo de que el sentido de la vida lo da la fama y el éxito.

Curioso también el hecho de ensalzar la cultura mejicana justo en el momento en el que las relaciones entre México y Estados Unidos no atraviesan su mejor momento.

Una banda sonora fabulosa

A todo lo dicho hay que añadir una banda sonora de diez. Canciones mejicanas con un ritmo brutal, con unas letras maravillosas, terminan por darle el punto perfecto a una película que se agranda a cada instante.

Otro exitazo

Aunque queda lejos de “Del revés” en cuanto a contenido y mensaje, Coco (2017) es otra obra maestra de Pixar. Una más que añadir a su ya interminable lista de éxitos rotundos en la gran pantalla.

Se hace tan obligatorio verla en el cine como tenerla en Blu-Ray/DVD en cuanto esté disponible.

Nota: 9/10

Critica_StarWars8

Llegó el día. Finalmente, el segundo episodio de esta nueva trilogía de La Guerra de las Galaxias, bajo el paraguas de Disney, se estrenó el pasado viernes. Y, como buena saga que se precie, han corrido ríos de tinta respecto a ella.

La historia

La historia comienza donde nos dejó “El despertar de la Fuerza”. Una vez presentados los personajes, era momento de desarrollar la historia. La joven Rey, heredera de la Fuerza, ha encontrado finalmente al legendario Caballero Jedi Luke Skywalker. La Resistencia, diezmada por los continuos ataques de las tropas de la Primera Orden, aguanta como puede tratando de reorganizarse, con Leia Organa como General al mando de las fuerzas rebeldes.

En Los últimos Jedi, la saga explora nuevas historias que orbitan alrededor del eje central de sobras conocido: la línea de sangre de los Skywalker y su lucha de poder entre la Fuerza y el Lado Oscuro.

Los personajes

Está claro que esta nueva trilogía tiene un nombre protagonista: la joven Rey. Interpretada por Daisy Ridley, se trata, sin ningún género de dudas, del personaje con más fuerza de las dos películas que llevamos hasta ahora. Nacida en un planeta perdido, desconocedora de su procedencia real, de la identidad de sus padres, con Rey han construido el prototipo de héroe que inicia su recorrido en busca de respuestas. Daisy Ridley, por otra parte, está mejor en cada película. La mejor con diferencia.

En el otro lado de la balanza tenemos a Kylo Ren, (o Ben Solo). Si me harté a criticar este personaje en El Despertar de la Fuerza, he de reconocer que he visto una evolución satisfactoria en él. Sigue debatiéndose en ese conflicto interno, pero ahora lo hace con coherencia. Su psicología encierra esa eterna disputa del hijo que quiere romper con el mundo de sus progenitores para construir el suyo propio. La suya es una historia de orgullo desmedido y de amor contenido. Adam Driver, su intérprete, está, de lejos, mucho más centrado en esta segunda entrega. Consigue transmitir esa sensación de lucha interna y al mismo tiempo empieza a perfilarse como el villano supremo que todos esperábamos ya en la primera película.

El tercero de mis favoritos es Oscar Isaac. Menos presente, es cierto, en esta segunda parte que en la primera, pero correcto en su interpretación de Poe Dameron, el capitán de las fuerzas rebeldes. Su papel está demasiado aislado de la historia, centrado en exceso en arcos argumentales paralelos al hilo central que narra Los últimos Jedi. Para mi, es un personaje terriblemente desaprovechado que espero y confío tenga una presencia mayor en la tercera y última entrega de esta saga.

Mención especial, desde mi punto de vista, debería tener Mark Hamill. Han pasado muchos años sí, y no es un dechado de virtudes interpretativas, pero su personaje tiene tal peso, tal carisma, tal fuerza en la historia de Star Wars, que compensa esas posibles carencias. Su interpretación suma mucho a la narrativa de Los Últimos Jedi, le añade además ese punto de nostalgia del que tanto se ha beneficiado siempre Star Wars.

Hay otra lista, esta menos bonita, de personajes y actores menos interesantes.

Empezando por Leia Organa. Carrie Fisher, que la Fuerza la tenga en su gloria allá donde esté, hace probablemente el peor papel de su vida. Es una auténtica lástima que su legado quede empañado por semejante despropósito. En su caso se han jutado los dos perfectos ingredientes para el desastre: la pésima construcción de un personaje y su absoluta incapacidad de interpretarlo. Leia Organa, por un lado, es un personaje prescindible en toda la obra. Su aparición en la primera entrega tuvo ese componente al servicio del fan de volver a juntar a los dos grandes protagonistas de la saga original: Han y Leia. Pero en esta, una vez Solo ha desaparecido, desaparece con él toda la fuerza de Leia. Una Leia que se caracterizó en los 70 por ser la antiprincesa: lejos del arquetipo de mujer débil necesitada de su príncipe salvador, Leia Organa encarnaba la fuerza y el espíritu rebelde de la Resistencia al todopoderoso Imperio. No queda ni rastro de ese poder. Y a eso hay que añadirle la pésima actuación de Carrie Fisher: sin carisma, sin transmitir absolutamente nada y con algunas secuencias que no es ya que rocen el ridículo, es que retozan en él.

Junto a ella, otro de los personajes totalmente prescindibles es Finn, ese soldado al que le da una especie de chungo mental y se hace bueno porque ve que la sangre no queda bien sobre el uniforme blanco. John Boyega no puede estar más sobreactuado en esta entrega. Y mira que era difícil superarse con lo que había hecho en El Despertar de la Fuerza. Como sucede con Carrie Fisher, sólo falta que a un actor mediocre le des un papel mediocre. La historia de Finn en Los Últimos Jedi es lo más prescindible que he visto en años en una película.

La obra dentro de la saga

Esa mezcla de claros y oscuros hace que Los Últimos Jedi no sea, ni de lejos, una película perfecta. Sus carencias no se pueden tapar con escenas técnicamente impolutas, o con una banda sonora que vuelve a tener una factura casi perfecta. Sin embargo, es una película que mejora en mucho a El Despertar de la Fuerza. Los Últimos Jedi añaden dos elementos fundamentales, críticos, en una obra cinematográfica: coherencia narrativa y evolución. Las incongruencias con las que tuvimos que vernoslas en el Episodio VII, se suavizan mucho en esta entrega, hasta el punto de que al salir del cine tienes la sensación de haber visto una película redonda: con altibajos, pero redonda.

Resultan inexplicables, es cierto, determinados momentos anticlimáticos. Inexplicables por lo prescindibles que son. La construcción de un personaje como Snoke, que se planteaba como una especie de Darth Sidius en la sombra, se merece un trato infinitamente mejor que el que se le da en Los Últimos Jedi. Pero no me cabe duda que lo más innecesario de todo es el arco argumental encabezado por Finn. Ya he dicho que se trata de un personaje mediocre, pero es que la historia que protagoniza es todavía peor: cuenta poco o nada, aporta menos al resto de la película y tiene una relevancia escasísima.

Las expectativas y el futuro

Pero seamos honestos: es Star Wars, no la última película ganadora en Cannes. Si partimos de la base de lo que se espera de una película de este calibre, nos encontramos con una producción más que decente. Aventuras, personajes carismáticos, giros de guión, épica…, en definitiva los ingredientes para cocinar una historia para todos, grandes y pequeños. ¿Su mayor defecto? Las ordas de fans gafapastas de más de 40 años que se piensan que existe una especie de dogma relacionado con Star Wars, que idolatran la trilogía original a pesar de sus muchas carencias y son incapaces de ver la clara e interesante evolución que aporta este Episodio al conjunto de la historia. Lejos de entender de que es una obra de aventuras con más ficción que ciencia, con más componente filosófica que científica, se esmeran en intentar encontrar lagunas en el guión.

En una Galaxia lejana, en realidad, todo está permitido, y si antes nos maravillábamos porque una nave pudiera saltar a través del hiperespacio, no comprendo las críticas a las licencias que se toman en este Episodio.

El futuro, en forma de episodio conluyente de esta trilogía, resulta a mis ojos muy interesante. Han dejado muy abierto ese conflicto interno de Kylo Ren. Siguen sin quedar claros los orígenes de la poderosa Rey. Y la Resistencia parece estar prácticamente diezmada… pero la esperanza, como siempre sucede en esta historia, aguanta las acometidas del Lado Oscuro.

Dentro de dos años saldremos de dudas. Tras las letras amarillas que nos introducen en esa Galaxia lejana… nos esperan las respuestas a muchas preguntas y el nacimiento de una nueva leyenda.

Nota: 6/10

blade runner 2049

El cine, esa increíble herramienta moderna para contar historias, es capaz de llegar a despertar conciencias con sus obras. Y hacerlo, además, de las formas más variadas. Blade Runner 2049 (2017) es una de esas formas que se salen del guión establecido, que se alejan del relato prototípico para adentrarse, tímidamente eso sí, en formas alternativas de relatarnos historias.

Historia

Blade Runner 2049 es la secuela de la archiconocida Blade Runner (1982) que encumbró a su director, Ridley Scott, a los altares del cine de ciencia ficción y que, a su vez, nos dejó uno de los monólogos más interesantes del mundo cinematográfico.

Blade Runner 1983

Dennis Villenueve dirige esta nueva entrega en la que trata de mantener la práctica totalidad de los ingredientes que hicieran de la original una obra de culto del cine.

K, interpretado por un soberbio Ryan Gosling, es un replicante (en este caso no hay la más mínima duda) que cumple las tareas de Blade Runner: busca y retira todos aquellos androides que han regresado ilegalmente a la Tierra desde las colonias.

En el camino, K se topará con un hecho que puede cambiar el destino de todos los androides, de los seres humanos y de la propia galaxia.

Más allá de las premisas con las que se presenta la historia, Villenueve consigue mantener durante todo el metraje la atmósfera de viaje iniciático, de aventura contenida y alejada de las emociones. K es un replicante que se embarca hacia una tierra prometida que él mismo desconoce.

Lo hace, como ya he dicho, con las mismas armas con las que Ridley Scott se aventuró hace más de 30 años: largas escenas con una expresividad especialmente limitada, diálogos a veces excesivamente opacos, una atmósfera que se torna irrespirable. Pausa. Contención en el mensaje. Pero, además, consigue expandir ese mundo creado en una de las primeras Tierras distópicas del cine, para conformar una narración todavía más profunda. Para sondear todavía más elementos de la esencia del ser humano y de sus caminos.

Al carisma de un Gosling que está mejor que nunca en ese papel de inexpresión absoluta (me recordó irremediablemente a su papelón en Drive), hay que sumarle al holograma en forma de una espectacular Ana de Armas. Más allá de sus increíbles formas, Ana de Armas está perfecta en el papel de IA capaz de sentir emociones. Impagable el diálogo con Gosling acerca de los genes y los bits.

Harrison Ford también está perfecto: la visión de un hombre caduco, lejos de su esplendor (“Hice tu trabajo una vez. Era muy bueno”), en cuya vida el peso de un pasado emocionalmente cargado pesa tanto que huye de él cada día. Con él, Villeneuve construye el nexo de unión con la película original. El agente Deckard es el catalizador del cambio. Es, en realidad, el ingrediente fundamental que da forma a la historia de esta secuela.

Además, muy inteligentemente, mantienen esa eterna duda acerca de su verdadera naturaleza ¿humano o replicante?

Banda sonora y fotografía

Más allá del elemento disruptor que supuso Blade Runner en los años 80, el paso de los años ha puesto especial énfasis en los apartados técnicos de la película.

De esta forma, la fotografía, esa escenografía de una Tierra en profunda decadencia, bajo el manto de una niebla que oprime al espectador, ha sido desde entonces su sello distintivo y ha influido en infinitas obras posteriormente.

Vangelis fue el encargado de crear la banda sonora y lo hizo adaptándola al milímetro al concepto general de la película: canciones plásticas, muy electrónicas, que se ensamblaban con ese discurso lento y cadencioso de la película hasta conformar un único elemento expresivo.

Blade Runner 2049 en cambio se adentra más en el terreno minimalista de la mano del siempre solvente Hans Zimmer. Zimmer no renuncia a esa plasticidad, a esas notas largas, pero si que consigue diferenciarse de la original con canciones más íntimas y menos frías.

Es en la fotografía donde, al menos desde mi punto de vista, la secuela supera de largo a la película original. Planos brutales con el uso de los colores de forma apabullante para el espectador. Secuencias que son un auténtico deleite para los sentidos. Todo un acierto.

El relato filosófico y antropológico

Si Blade Runner (1983) ponía sobre la mesa cuestiones como la naturaleza de la humanidad, aquello que nos convierte verdaderamente en humanos; esta nueva entrega ahonda en la reflexión filosófica para preguntarse qué es lo que nos hace libres.

Se trata aparentemente de una pregunta simple, pero Blade Runner 2049 demuestra que su respuesta es terriblemente compleja. ¿Somos, acaso, marionetas de un destino, de una fuerza superior? ¿Qué es el libre albedrío? ¿Son nuestros sueños las herramientas que, como humanos, hemos creado para romper las cadenas de una esclavitud invisible?

K, ese replicante moderno, ese hombre ligado a la sociedad por un vínculo indestructible ¿puede llegar a soñar? ¿puede llegar a ser libre? Y, de ser así, todo se reduce a la eterna pregunta existencial: ¿quién soy?

Blade Runner 2049

Impresiones

No diré que es la mejor película de 2017 porque no lo es. Reconozco que se hace por momentos excesivamente lenta. Denis Villeneuve juega a replicar a su mentor y hay momentos en los que se excede. Esa obsesión por ser un digno herdero del original le traiciona.

Sin embargo, partiendo de esa base, entendiendo las raíces de la película, de la propia historia, Blade Runner 2049 supone un excelente ejercicio de autoanálisis, de reflexión interna hacia los anhelos propios de la humanidad. Hacia las dudas que, un buen día, unos seres capaces de pensar más allá de su supervivencia, pusieron sobre la mesa. La propia esencia de lo que nos hace seres humanos. La capacidad de decidir nuestro destino. Nuestra libertad.

Nota: 7/10

Pese a que Netflix tenga en su haber un buen número de joyas en los últimos años que nos han hecho disfrutar de lo lindo, hay momentos, hay proyectos, en los que mete la pata.

Lo de Death Note (2017) de Adam Wingard es una de esas cagadas.

Porque se asume la complejidad de adaptar una serie anime. Son obvios los desafíos que plantea y por los que muchos intentos han terminado en fracaso.

El problema de este intento de adaptación es que, sencillamente, ni lo intenta.

Death Note (2003) es una serie manga dibujada por Tsugumi Oba que posteriormente fue adaptada al anime.

La serie alcanzó bastante éxito y Selecta Visión la trajo a las tierras patrias. Sorprendentemente, ha sido una de las pocas series anime que he visto doblada al castellano.

Que tiene el manga que no tenga la película

Death Note

La historia de Death Note comienza cuando Light (Yagami en la versión japonesa y Turner en la adaptación de Netflix) descubre un misterioso cuaderno con una serie de reglas en su interior. Parece ser que, si uno escribe el nombre de una persona en ese cuaderno, esa persona morirá.

Lo que, a simple vista, tiene tintes de ser el aperitivo de una nueva edición de The Ring, Tsugumi Oba lo eleva para convertirlo en una increíble partida de ajedrez entre dos mentes pensantes.

Esa batalla, ese choque de trenes entre el bien y el mal, es lo que hace de Death Note una serie apasionante. Una historia que engancha y que hace debatirse al espectador entre un bando y otro a lo largo de los episodios.

Y es, precisamente eso, lo que brilla por su ausencia en la película.

Adaptar no es eso.

Adam Wingard ha cogido los personajes, ha cogido la idea de un cuaderno de muerte y ha hecho, literalmente, lo que le ha rotado de sus partes blandas. El resultado: un absoluto despropósito.

Si la historia de Death Note se mantiene es porque su autor la apuntala con un potente sistema de reglas, creíble, que convence. Lo importante no es el cuaderno, lo importante es el enfrentamiento, en un tablero definido, con límites, en los que el espectador se siente cómodo porque no pretenden engañarle.

La película, en cambio, juega fuera, muy fuera, de esos límites, saltándose a la torera esa férrea estructura que mantiene en pie la historia. De esta forma, consigue un efecto doble: a los más fanáticos de la serie, los decepciona por adaptar tan lamentablemente una historia con potencial y, al mismo tiempo, aquel que se aproxima a la historia por primera vez, le ve tantas grietas al argumento, que destroza la magia que podría haber tenido la película.

Conclusiones

Es una verdadera lástima, pero, por enésima vez, la traslación de la animación japonesa a la superproducción americana termina en rotundo fracaso. Entiendo que existen limitaciones, que el desafío es grande. Pero hay veces, como esta, que lo que han faltado son luces para entender de qué iba lo que se pretendía adaptar.

Muy prescindible.

Nota: 3/10

Valerian

La ciencia ficción es un arma de doble filo especialmente en el cine.

Con la llegada de los efectos especiales, del CGI y de todo lo que les rodea, un buen director de cine, con una buena idea, puede cometer el grave error de cederle el protagonismo a los paisajes hechos por ordenador o a las batallas en tres dimensiones y alejarse de la verdadera esencia del género.

Valerian y la ciudad de los mil planetas adolece probablemente de ese fallo.

Porque, en sí, la idea inicial y el escenario donde se desarrolla la historia son la más maravillosa definición de lo que debería ser una película de ciencia ficción: mundos imposibles, civilizaciones futuras, conceptos que chocan de frente con lo establecido y que empujan al espectador a hacer un ejercicio de interpretación y acomodación de lo que está viendo.

Pero, en seguida, casi sin dejarte saborear esos preciados instantes: el desastre.

Los grandes desaciertos de la película

Primero, por el importante despropósito del cásting: ninguno de los dos protagonistas tiene el más mínimo carisma y su conexión en la pantalla brilla por su ausencia. Segundo por Rihanna. Entiendo que sea un reclamo, puedo aceptar que quiera su minuto de gloria, pero lo de hacerle un videoclip a medida en medio de una película me parece un verdadero disparate.

Sumémosle después, un guión soso, predecible, excesivamente infantil, a ratos soporífero. Y concluyamos con unos personajes desdibujados, como descritos con prisa, sin ganas.

No me negaréis que tenemos los ingredientes fundamentales para cocinar a fuego lento una película prescindible. De las que nos rellenan las tardes de un domingo de agosto.

Una verdadera lástima, si, como decía al principio, partíamos de la base de tener los elementos necesarios para construir una gran historia.

Todavía hay esperanza

Es justo, sin embargo, reconocerle momentos para la esperanza en el género: escenas que sí que son capaces de mover la imaginación del espectador, de llegar incluso a la exclamación. Lamentablemente fueron pocas y aisladas y quedaron diluidas entre tanto metraje accesorio.

Eso la salva del suspenso.

Eso, y su música:

Nota: 5/10

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Dunkerque

Christopher Nolan ha vuelto.

Con esta frase, escueta, simple, sin más, se puede resumir lo que significa Dunkerque (2017), la nueva producción del director británico que se estrenó el pasado viernes.

Y sin embargo, en esta maravillosa obra del cine bélico, vamos a disfrutar del menos Nolan de todos.

La historia

Pero empecemos por lo básico.
Dunkerque (2017) relata los hechos acontecidos en la costa francesa durante los inicios de la II Guerra Mundial. En las playas de Dunkerque, arrinconados los ejércitos inglés y francés por la demoledora maquinaria de guerra nazi, se fraguó una de las mayores retiradas de un ejército de la historia.

El Reino Unido, desesperado por la más que probable pérdida de casi todo su ejército, movilizó a todas las embarcaciones de recreo para terminar rescatando a más de 300.000 soldados de las costas francesas y de su más que segura muerte a manos alemanas.

Me quedo con una idea que leí hace unos días en un artículo acerca de esta batalla: muchos de los rescatados durante aquella semana volverían años después a pisar de nuevo las arenas de la costa francesa, esta vez en Normandía, para terminar con lacra nazi en Europa y devolver la libertad a sus ciudadanos.

Los personajes

Con tal de no desvelaros nada de la trama, me voy a abstener de contaros mucho acerca de los personajes. Baste decir que son una suma de distintas historias entrelazadas que convergen en las aguas del canal de la Mancha.

Personajes eso si, con el marcado carácter al que dota siempre a sus protagonistas Christopher Nolan y que son capaces de transmitirnos las emociones más profundas en medio del fragor de una batalla que se adivina perdida de antemano.

No hay ninguno que desentone (ni siquiera el ex One Direction, Harry Styles) con mención especial a Tom Hardy que, definitivamente, se ha convertido en uno de mis actores favoritos. Con qué poco es capaz de transmitir tanto.

La banda sonora y los efectos especiales

Dunkerque no sería lo que es sin su colosal puesta en escena. Impecable factura de efectos especiales y banda sonora que hacen casi obligatorio su visionado en pantalla de cine. Un disfrute para los sentidos, capaz de sumergirte de pleno en la crueldad de la guerra.

La música, a cargo, como viene siendo habitual en cualquier película de Christopher Nolan, de Hans Zimmer, impregna absolutamente cada minuto de metraje de la tensión necesaria para vivir la historia.

Opinión

Como decía al principio, Christopher Nolan ha vuelto. Y lo ha hecho, en parte, alejándose un poco del Nolan al que estábamos acostumbrados.

Dunkerque (2017) es, sin ningún género de dudas, su película más seria, más concreta, más directa. No hay lugar (prácticamente) para la reflexión o el análisis. Es la esencia de la guerra más absoluta. Y, en parte, eso le hace perder más que ganar.

Para mi, toda la filmografía de Nolan tiene un nexo común: al acabar cualquiera de sus películas, desde Memento hasta Interestelar, uno no desconecta de lo que acaba de ver. Sigue intentando encontrar explicación a las reflexiones, los análisis, las frases que han ido surgiendo durante la historia.

Dunkerque se aleja de ese patrón para acercarse al hiper realismo que ya nos regaló en su día Spielberg con Salvar al Soldado Ryan. Una vez terminas de verla, todavía con dificultad para respirar por la interminable tensión que genera, la historia se cierra. Tal vez sientas interés por descubrir más acerca de lo acontecido en Dunkerque, o en la II Guerra Mundial en general. Quizá todo lo visto te haga pensar, una vez más, acerca del sinsentido tan absoluto que es la guerra, como rebaja la condición humana, como nos convierte en seres peores que animales. Pero no existe es punto de más, esa reflexión hacia adelante, ese pensamiento hacia lo que podría ser. Dunkerque es una historia para pensar hacia atrás.

Y pese a todo Nolan cumple con nota. Con tanta nota que uno no puede hacer otra cosa que rendirse ante la evidencia de que, haga lo que haga este señor, termina siendo una auténtica joya del cine.

Nota: 9/10

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En los últimos tiempos, coincidiendo con el auge de las redes sociales, se ha puesto de moda el publicar artículos y frases de carácter motivacional dándoles la etiqueta de Psicología Positiva.

El problema, como suele pasar casi siempre, es que lo que inicialmente podría ser considerado como tal, ha ido poco a poco degenerando y alejándose de su utilidad inicial.

¿Qué es la psicología positiva?

La psicología positiva fue definida por Seligman (1999) como el estudio científico de las experiencias positivas, los rasgos individuales positivos, las instituciones que facilitan su desarrollo y los programas que ayudan a mejorar la calidad de vida de los individuos, mientras previene o reduce la incidencia de la psicopatología.

Es decir, viene a ser el estudio científico de las fortalezas y virtudes humanas, las cuales permiten adoptar una perspectiva más abierta respecto al potencial humano, sus motivaciones y capacidades.

De modo que tenemos que la psicología positiva es el estudio de las fortalezas del ser humano en su búsqueda de la felicidad, pero en ningún sitio de esta definición se indica que la psicología deba ignorar o descartar los problemas reales de las personas, también debe centrarse en las debilidades. Así que no dice que debamos sacar de la ecuación de la felicidad a la tristeza. 

¿Cómo diferenciar lo que es psicología positiva y lo que no?

La psicología positiva debe darte las herramientas para lidiar con el día a día y enfrentarte con garantías a todas aquellas situaciones que pueden poner en riesgo nuestra estabilidad emocional. Debe centrarse en conceptos como la resiliencia, la empatía o la gestión de las emociones. 

La psicología positiva no es un mensaje mágico que cambia las cosas y las convierte en buenas por el mero hecho de leerlo.

La psicología positiva no elimina de nuestra vida, de nuestro entorno, aquellas cosas que nos desestabilizan, que nos entristecen, sino que nos propone aceptarlas, entenderlas y lidiar con ellas. 

Hay que empezar a alejarse del mensaje de lo que llamo yo la dictadura del optimismo impostado. No tenemos que ser felices por decreto. Nuestra vida no es peor porque hayamos tenido un mal día o estemos en medio de una mala racha. La felicidad no es un objetivo a tachar de una lista de tareas y que, de no alcanzarse, seremos un fracaso como personas.

Y ese es precisamente uno de los grandes daños colaterales de la dictadura del optimismo y la imagen impostada: el fracaso ha sido desterrado de nuestra vida en las redes sociales. Todo lo que nos rodea son casos de éxito, casos de personas que gozan de las mieles del objetivo de ser felices. Y eso termina por generar un sesgo positivista en nuestra cabeza: si todo lo que vemos en nuestras redes sociales son personas felices, exitosas, cumpliendo sueños… ¿somos nosotros unos fracasados por no estar en esa posición? Evidentemente no.

El fracaso forma parte de nuestro aprendizaje. La tristeza es indisoluble de la alegría, es una emoción tan necesaria como las demás. Debemos entender que ser feliz es una decisión y no un estado de ánimo y, a partir de ahí, construir un mensaje nuestro, a medida, que nos permita desarrollarnos como personas.

Aléjate de los mensajes para todo y céntrate en los mensajes para ti

Que una imagen graciosa nos saque una sonrisa de buena mañana es algo maravilloso.

Pensar en que por ver esa imagen vamos a tener un día genial y que, de no tenerlo, nuestra vida es un fracaso, es terrible.

Así que al final todo se reduce a alejarnos de las imágenes que maquillan una realidad que no existe, que nos dicen cómo tenemos que pensar, cómo tenemos que sentir. Alejarnos de representaciones de vidas pasadas por miles de filtros para mostrar una perfección ficticia. Abraza tus imperfecciones. Si los lunes no nos gustan, no pasa absolutamente nada. Hagamos por centrarnos en escucharnos a nosotros mismos, a nuestras necesidades, a nuestro entorno más cercano. Aprendamos a querernos con nuestras luces pero también con nuestras sombras y estaremos en posición de entender la verdadera felicidad, la que no es un destino, sino el camino. 

 

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Bueno, pues después de la friolera de tres meses sin escribir, hoy me vuelvo a poner a los mandos de esta nave para soltar toda la bilis que pueda sobre la tremenda decepción que ha supuesto para mí Manchester by the sea.

La película

Sinopsis

Tal vez sea este uno de los mayores problemas de la película: su historia. A un oscuro y apático Lee Chandler (Casey Affleck) le comunican la noticia de que su hermano ha fallecido y que tiene que volver a su pueblo para hacerse cargo de los preparativos del funeral y de su sobrino, Patrick (Lucas Hedges).

A partir de ahí, la vuelta traerá consigo el recuerdo de una vida pasada, de las sombras tras ella y de los motivos que explican por qué Lee se ha querido alejar del mundo.

Los personajes

La historia orbita casi exclusivamente entorno a la figura de Lee Chandler (Casey Affleck). El gran problema de éste es que su actuación, intuyo que por mandato del director-guionista, es plana hasta la extenuación. Es un personaje sin vida. Su pasado se la ha arrebatado por completo y ahora se dedica a malvivir, a dejar que los días pasen frente al televisor, con una cerveza y comida precocinada. El espectador, en algún momento, puede tener la tímida intención de empatizar con él, de entenderle. Pero se diluye entre escenas eternas de diálogos vacíos y de silencios que no conducen a nada.

El otro gran personaje es Patrick Chandler (Lucas Hedges) que es el que, y por esto habría que darle las gracias, da un poco de vida a la película. Un chaval normal, de pueblo, que ya esperaba la marcha de su padre y que sólo pretende seguir con su vida. Quizá el director pretenda hacernos ver que él es el yang de Lee, la antítesis. Una persona con una vida y con un proyecto de futuro. Lo cierto es que no lo se.

La banda sonora y la fotografía.

Si algo salva del descalabro más absoluto a esta película es su excelente fotografía y su sabia, aunque bastante típica, elección musical. Las secuencias del puerto de la ciudad, lleno de contrastes, con Albinoni de fondo, transmiten la sensación de paz que se puede vivir en cualquier pueblecito costero. Pero son espejismos, oasis en una historia anodina. No le aportan excesivamente mucho al conjunto pero se agradecen.

Los problemas

Viene siendo ya costumbre en eso del cine independiente el intentar vendernos la burra de que es el espectador el que tiene que hacer el esfuerzo. Que lo que se dice y lo que subyace son cosas distintas y el verdadero mensaje está en lo segundo. Manchester by the sea no cuenta absolutamente nada. Así de simple. Tiene un inicio tibio, lento, en el que uno a duras penas se hace a su protagonista. Luego las situaciones van sucediendo sin parecer querer llegar a ningún sitio. Y esto precisamente es lo que me termina por desconectar de la historia: es un canto a la nada.

He leído a mucha gente alabando la capacidad que tiene el director de rescatar las emociones de un hombre roto por las circunstancias, de un moribundo emocional que solo busca alejarse de la sociedad. Podría comprarles el mensaje si no fuera porque Affleck lo mismo da que este reconociendo a su hermano muerto que viendo un partido de hockey, sus facciones son las mismas. Podría aceptarlo si no hubiera tenido que tragarme más de 2 horas de metraje plagado de conversaciones sin sentido ni objetivo.

En definitiva, una obra mediocre, con actuaciones mediocres, que hace que entienda todavía menos el Oscar a mejor actor de Casey Affleck teniendo la soberbia actuación de Mortensen en Captain Fantastic.

Nota: 5/10

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