Cosas que me han salvado esta cuarentena #1: OPEN – André Agassi

Cierro los ojos y me digo: controla lo que esté en tu mano controlar. Lo repito, esta vez en voz alta. Decirlo en voz alta me da valor.

André Agassi

Si tengo que empezar la lista de cosas que me han salvado esta cuarentena, empezaré por el principio. Y el principio me lleva a André Agassi, a su vida, a su lucha contra sí mismo y a su triunfo final, el más importante de su carrera.

Sin lugar a duda, Open, su biografía autorizada, es un relato de la relación imposible entre aquello que odias y lo que te hace especial cuando resultan ser la misma cosa. La pelea constante contra los fantasmas de la infancia que te han convertido en un genio de tu generación.

Narrada en primera persona y con un ritmo que engancha prácticamente desde la primera frase, la biografía de uno de los grandes jugadores de tenis de todos los tiempos no defrauda ni un instante. Atrapa al lector hasta que siente el mismo dolor en cada golpe de revés, en cada derrota y le permite compartir algo de ese júbilo que traen las victorias: sean contra Pete Sampras o contra el propio Agassi.

Como toda biografía, hay mucho de ensalzar al protagonista de la historia, mucho de lucha contra las circunstancias que lo terminan convirtiendo en el héroe del relato. Pero aquí hay mucho más donde buscar: muchas zonas oscuras, muchas caídas. Hay un ejercicio de reflexión y de reconocimiento de su hundimiento como deportista y como persona. Y de lo que le hizo resurgir convirtiéndose en un mito. .  

Agassi fue un niño que se hizo campeón de todo odiando lo que hacía. Y que empezó a disfrutar de su don el día que decidió dejarlo. El camino que recorrió hasta ese final es el camino que todos, de un modo u otro, terminamos por recorrer en nuestra vida, en nuestra búsqueda por encontrar aquello que nos apasiona y que nos hace felices.

Todos somos héroes

Con cada día que pasamos confinados, más y más capas de pintura van desconchándose por el efecto del tiempo y mejor podemos observar en toda su esencia hasta donde hemos llegado a caer como sociedad.

Yo crecí mirando hacia referentes inalcanzables, a personas que en una vida que parecía discurrir con parámetros temporales diferentes, habían llegado al Olimpo de los logros cambiando a la humanidad de alguna forma.

Esos referentes debían ser inalcanzables, porque todo lo ideal parte de la base de que jamás podrá llegar al mundo de lo real.

Pero el mundo cambió y exigió que los ídolos también pasaran el filtro de esa recién estrenada democracia. Y esa incipiente sociedad de consumo vio en ello uno de tantísimos filones para generar beneficios. Entendió que podría convencernos de algo y sacar dinero de ello.

Y así los dioses, los mitos, nacían en el mismo barrio que tú y terminaban marcando el gol de todos los tiempos, crecían jugando con los colegas en un garaje como el tuyo y revolucionaban la informática y la vida de las personas.

Ahora era posible ser un héroe: solo hacía falta esfuerzo. ¿Cuánto? Mucho. Muchísimo. Y siempre haría falta más. Aunque estuvieras lejos de alcanzarlo debías seguir esforzándote sin parar. Aunque se les hubiera olvidado añadir a esa receta del éxito que otros componentes como la suerte, el talento o el contexto social tuvieran un impacto crucial en ella. Pese a que todas esas historias de éxito absoluto llevaran un carga de márketing increíble detrás.

Para esa generación se acuñaron términos en inglés con una fuerte carga emocional. Ahora ya no eras empresario sino emprendedor. Ahora ya no montabas tu negocio sino tu start-up y nos dijeron aquello de «Si quieres, puedes».

El problema de vender humo es que, tarde o temprano, el viento lo termina disipando y, para evitar que algún niño señale al Emperador al verlo desnudo hay que correr a la máquina de humo para hacer más.

Y vaya si se hizo. Porque en esa escalada hacia la democratización del éxito, se dio un paso más, y se democratizó el talento. Todos teníamos el derecho, por una Constitución Universal, de tener talento. Estaba ahí, en algún lado escondido, solo había que encontrarlo (o que pagar por él).

Ya no es necesario, ni siquiera, el pensar en cambiar el mundo. Basta con creer mucho en nuestro talento, el que creamos que sea. Basta con mostrarlo al mundo, aunque nadie nos lo haya pedido. El cuento ha cambiado: somos todos los que vamos desnudos y absolutamente nadie se da cuenta. Somos todos los que nos creemos vestidos de nuestro propio éxito cuando, en realidad, apenas podemos taparnos con nuestras carencias y nuestras inseguridades.

El último escalón en esa carrera sin sentido hacia la democracia de lo inútil, hacia la estupidez suprema, lo hemos dado con esta cuarentena. No hace falta hacer nada. Literalmente. Nos repiten en los medios que todos, TODOS, somos héroes. Todos tenemos nuestra medalla, nuestra capa, nuestra Batcueva. ¿Por qué? Porque nos quedamos en casa y cumplimos como buenos niños lo que nos piden los expertos.

Ahora, después de todo este lento discurrir en una bajada a los infiernos del sentido común, somos nuestros propios héroes, nuestros propios referentes. Todos: los que nos quedamos en casa o los que salen de ella a hacer su trabajo. La heroicidad la estamos vendiendo al peso.

Salimos al balcón a aplaudir cada tarde, nos miramos entre nosotros con una mezcla de complacencia y orgullo y, de forma inconsciente o no tanto, nos aplaudimos a nosotros mismos.

Porque tenemos derecho.

Porque nos lo merecemos.

Reseña: La Trilogía de Trajano (Santiago Posteguillo)

Por fin, después de unos cuantos meses, tuve el placer de acabar con la inmensa trilogía que Santiago Posteguillo le dedica a la figura de Macro Ulpio Trajano, el gran emperador hispano de Roma.

La mezcla entre historia novelada e información historiográfica hacen de las tres novelas, en su conjunto, una obra de proporciones titánicas que demuestra el esmero y el esfuerzo que el autor ha puesto para dotar de verosimilitud a la narración. Las múltiples líneas argumentales entretejen una historia de amor y traición, de ascenso al poder y de caída con el trasfondo de uno de los momentos de mayor expansión militar del Imperio Romano.

Santiago Posteguillo, con una prosa dinámica y con un marcado acento cinematográfico en muchos de sus capítulos, nos cuenta en la Trilogía de Trajano una especie de biografía del gran militar y político que fue Marco Ulpio Trajano. De su nacimiento e infancia en tierras andaluzas a su posterior desempeño militar como tribuno en el norte de Europa para, finalmente, relatar su ascenso político alcanzado el poder supremo del mundo como emperador romano.

La Legión Perdida, último de los volúmenes de esta trilogía, debe su nombre al mito de la Legión que Craso, cien años antes de la llegada al poder de Trajano, llevó a tierras partas y que perdió en uno de los momentos más infames que recordaría el pueblo romano. El mismo Marco Licinio Craso perecería en aquella batalla en Carras y así daría inicio a una leyenda que perseguiría, cual fantasma, a todos los intentos del Imperio por cruzar el Éufrates.

Esa misma legión perdida es la que se enrosca entre las idas y venidas de la etapa final del emperador Trajano, esa misma historia, repetida cien años después, pero con sabor a amarga victoria de las tropas romanas. Partia caería, y los límites del Imperio Romano alcanzarían una extensión que jamás volverían a ver.

Pero Roma jamás estuvo preparada para gestionar un imperio de tales dimensiones y la muerte de Trajano trajo la contracción de un imperio que empezaba su lento viaje hacia la desaparición.

La Trilogía de Trajano ha sido mi primer contacto con el trabajo de Santiago Posteguillo y he de reconocer que sus tres novelas son apasionantes. Están plagadas, en algunos momentos con algo de exceso, de referencias históricas que le permiten sumergirse en la Roma imperial y acercarse a la figura humana de sus emperadores y, en especial, al magnetismo y la capacidad estratégica de Marco Ulpio Trajano, uno de los más grandes emperadores que tuvo jamás el Imperio Romano.

Como bien diría Domicia Longina en las últimas páginas de la novela: “Trajano fue un emperador demasiado grande para una Roma demasiado pequeña”.

Nota: 8/10

Consejos para estar bien en casa

La llegada del COVID-19 a suelo español y las posteriores medidas de confinamiento de la población decretadas por el Estado han hecho que los ciudadanos tengamos que enfrentarnos a una serie de desafíos en nuestra vida cotidiana. Uno de ellos y quizá el más importante por detrás del de frenar la curva de expansión del virus, es el de preocuparnos por nuestra salud mental.

Muchos hemos empezado a teletrabajar desde casa, otros, con contextos laborales más impactados por el confinamiento, se han visto envueltos en ERTEs o situaciones laborales más precarias y, por supuesto, están aquellos que día a día luchan por mantener la normalidad acudiendo a sus puestos de trabajo para luego volver al confinamiento. En todos los casos, nos toca vivir un día a día incierto y hacerlo la mayor parte del tiempo desde casa.

El ser humano es un animal de costumbres y, por ello, requiere de esa sensación de control que le permita percibir que todo a su alrededor funciona tal y como se espera. La rutina, que tanto ha podido llegar a agobiarnos en otros momentos de nuestra vida, aparece ahora como un elemento fundamental sobre el que debemos intentar instaurar nuestras actividades diarias.

Aquí van cinco consejos sencillos de seguir que van a permitirnos recuperar en parte esa sensación de que las cosas siguen igual, que todo parece estar en orden y controlado y que la situación ha dejado ya de desbordarnos.

1. Compartimenta tu tiempo.

El primero de los consejos es probablemente el más fundamental. El estar en casa todo el tiempo nos genera la tendencia a que el tiempo se difumine y no sepamos ni la hora que es ni el día en el que vivimos.

Utiliza un horario visible que defina con claridad qué horas vas a dedicar a qué y trata de seguirlo todo lo que sea posible.

Divide el tiempo de trabajo y de ocio y trata de diferenciarlos incluso en sitios distintos de la casa: uno para el despacho / otro para el resto de tu día. Si no puedes, cambia la configuración de tu despacho cuando hayas terminado de trabajar/estudiar.

El objetivo es enviar la señal al cerebro de que hemos “acabado” con el trabajo y estamos “empezando” con el tiempo libre y se ha definido una frontera temporal para eso.

2. Cambia lo mínimo posible tus hábitos.

Es esencial que mantengas, en la medida de lo posible, los hábitos adquiridos antes del confinamiento: procura levantarte a la misma hora, seguir las mismas rutinas que seguías antes de ir al trabajo/universidad/instituto, ponte ropa de calle para empezar tu jornada y cámbiate, si así lo hacías, al terminarla.

Haz los descansos que solías hacer (para almorzar, comer, tomar café) y trata de seguir un esquema de tiempo de características lo más similares a las que tenías hace unas semanas.

Con eso estaremos diciéndole a nuestra mente que, aunque las circunstancias aparentemente han cambiado, nuestra vida sigue manteniendo un ritmo similar y eso alejará la sensación de incertidumbre y descontrol que suele apoderarse de nosotros en estos momentos.

3. Aléjate del exceso de información.

Otro de los grandes focos de preocupación y que termina redundando en nuestro rendimiento y nuestra estabilidad mental es la sobreexposición a la información a la que nos vemos sometidos en estos días: huye de estar constantemente leyendo artículos, noticias, grupos de WhatsApp, etc., que solo aportan, o bien información redundante o bien un sinfín de bulos sin contrastar que solo generan todavía más confusión.

Decide en qué momento vas a querer informarte de algo y el resto del día procura mantenerte alejado de la información. Aunque resulte complicado en esta época donde nos vemos expuestos a múltiples fuentes de información a la vez, necesitamos desconectar de ellas y es un ejercicio que debemos hacer de forma consciente: apaga el móvil y la tele durante un rato.

4. Focalízate en tus proyectos y tus hobbies.

Quizá uno de los aspectos positivos que trae este confinamiento es que nos enfrentamos a una realidad con bastante más tiempo libre del que estábamos acostumbrados. Es fundamental que ese tiempo libre se traduzca en tiempo empleado para que, al final de día, no alberguemos esa desagradable sensación de que no hemos hecho nada más que ver pasar las horas.

Estamos viviendo un momento excepcional y tal vez sea también el indicado para sumergirnos en todos aquellos proyectos o hobbies que llevaban tiempo cogiendo polvo a la espera de que dispusiéramos de tiempo. Dedicarles tiempo a aquellas cosas que nos generan bienestar contribuirá a mantenernos activos y con un ánimo elevado. Nos hará sentir útiles y despertará nuestro interés por nuevas ideas.

Si los próximos días no vas a trabajar, es momento de planificar un objetivo concreto: aprender un idioma, estudiar esta materia, formarse en algo que siempre te haya interesado, etc. Hazlo en lo que en su día fue tu horario laboral y, así, tratar de conservar lo que puedas tu rutina diaria.  

5. Mantente activo y descansa.

Nuestra mente sólo funciona bien si nuestro cuerpo está en buenas condiciones. Por eso, para una salud mental en condiciones, nos tenemos que obligar a mantener un cuerpo sano.

Así, volviendo al punto uno, dentro de ese horario de actividades, debemos incluir de alguna forma, las actividades deportivas. Hay cientos de recursos gratuitos en Internet que nos van a permitir activar nuestro cuerpo: Yoga, Body-Pump, Combat, Zumba… Decenas de variantes para un mismo fin: elevar nuestras pulsaciones, sudar y segregar endorfinas.

El descanso y la alimentación son los otros dos pilares que debemos esforzarnos en mantener en pie. La ansiedad puede llevarnos a querer comer a deshora y a terminar acostándonos a horas intempestivas, por eso, ese horario definido va a contribuir a que nos obliguemos a comer sólo cuando lo habríamos hecho en un día normal y a irnos a la cama con la naturalidad con la que lo hacíamos hace unos meses.

Al final todo se reduce a que nos encarguemos, de forma activa, de mantener nuestra sensación de control sobre lo que sucede en nuestra vida y a nuestro alrededor.

Son tiempos complicados y nos enfrentamos hoy, y nos enfrentaremos mañana, a desafíos de distinta índole que pondrán a prueba nuestra estabilidad mental. Pero los seres humanos hemos llegado hasta aquí por nuestra inquebrantable capacidad de adaptación ante las circunstancias que nos aparecen: fuimos, somos y seremos capaces.

Solo necesitamos ponernos en marcha.

Reseña: Fragmentos de Honor (Lois McMaster Bujold)

La ciencia ficción es un género que ha ido adquiriendo madurez en un proceso lento y complejo. Lejos quedan las novelas de aventuras para un público más bien adolescente en las que las batallas en lejanas lunas de galaxias remotas eran el escenario donde sus protagonistas prototípicos hacían que el bien siempre venciera.

Fragmentos de Honor recoge la herencia de este tipo de historias y plantea una aventura con muchos matices superficiales, pero con un desarrollo más bien plano. Su autora, la estadounidense Lois McMaster Bujold, publicó esta obra en 1986 y es considerada el origen de su saga de Miles Vorkosigan.

Una historia sencilla que abre la puerta a una saga potencialmente interesante.

Cordelia Naismith, comandante de la Fuerza Expedicionaria de la Colonia Beta, protagoniza un trepidante inicio donde, de alguna forma, asienta con rapidez las bases del desarrollo de la novela. Poco tardará en aparecer Aral Vorkosigan, capitán de las fuerzas militares del planeta guerrero Barrayar. La relación entre ambos es el centro narrativo alrededor del que orbita toda la historia de Fragmentos de Honor.

Es una novela que adolece de los defectos de los primeros libros de toda saga: un desarrollo lento, un exceso de celo por presentar aquellos elementos que se suponen clave para la historia y poca profundidad en los personajes, pero a la que, sin embargo, sí que se le atisban rasgos propios de una saga que puede terminar siendo muy interesante.

En busca de lo simple como semilla de lo bueno

Esta primera novela nos muestra personajes y sociedades muy arquetípicas: planeta guerrero contra planeta desarrollado culturalmente, mujer inteligente y astuta frente al hombre-guerrero visceral pero sensible. Pese a todo ello, esa simpleza estructural puede ser una base sólida sobre la que asentar un desarrollo narrativo fuerte y que termine enganchando al lector.

Habrá que darle una oportunidad a su siguiente entrega: El aprendiz de guerrero.

Nota: 2.7 / 5

RE: Comenzar

En mi lista de propósitos anual he descubierto que hay dos grandes categorías de objetivos.

Por un lado están los propósitos temporales, las motivaciones que son flor de un día (o de un año), que nacen de circunstancias puntuales, modas, intereses que vienen y luego terminan yéndose. Estos propósitos duran lo que tarda en llegar el momento de volver a pensar en un nuevo año: ahí las circunstancias han cambiado, las modas pasajeras desaparecen, los intereses se redirigen o, sencillamente, dejan de interesar.

En el otro lado de la lista están los propósitos de siempre. Los que me han acompañado toda la vida y que, a pesar de representar en sí mismos la prueba de que «nunca llegaré a cumplirlos», siguen perpetuándose año tras año.

Entrecomillo lo de nunca llegaré a cumplirlos porque ahí está la clave. No se trata tanto de la cantidad de propósitos, ni siquiera de su dificultad aparente. Aquello que hay detrás de mi fracaso a la hora de cumplirlos es mi percepción de qué significa haberlo hecho, de cómo mido un objetivo cumplido.

En una mentalidad tan acostumbrada a un mundo binario como la mía, cuesta definir situaciones intermedias. Y en una realidad tan alejada de contextos polarizados, tan difícil de parametrizar entre el blanco y el negro, existen pocas cosas que puedan etiquetarse de esta forma.

Es en esa relación de complicado encaje donde mis propósitos anuales tratan de existir. Interviniendo en fechas señaladas, como ahora, para recordarme que no he dejado de querer las mismas cosas: saber más, llevar a cabo aquel proyecto que inicié hace dos años, dedicar más tiempo a lo que me apasiona (si alguna vez existió) y, en definitiva, acercarme algo a ese yo ideal que he tenido siempre en mi cabeza.

Este año volveré a hacer esa lista. Volveré a escribir todas esas cosas que me encantaría hacer y que no he sabido o no he podido terminar. Lo hago más por tradición que por su efectividad, que igual que las listas mágicas para cumplir objetivos o los 5 trucos que te harán más feliz, son una especie de Reyes Magos de la psicología. Existen solo de forma ilusoria en nuestra cabeza.

Lo que he aprendido tras todos estos años de propósitos fallidos es que, en su lento discurrir hacia el fracaso, han ido dejando en la cuneta muchos pequeños éxitos. Logros que pasan desapercibidos eclipsados por ese enorme menhir que son los objetivos estáticos, tan ambiguos, tan difíciles de categorizar. Y en cada uno de esos diminutos pasos hacia adelante, en definitiva, es donde me veo avanzando en el propósito más importante de mi vida: intentar cada año ser un poco más feliz.

De olvidos y poetas

Una mañana que estaba dibujando, se acercó uno de los presos y me preguntó:

– ¿Eres dibujante?

Le dije que no, que sólo era aficionado.

– A mi también me gusta. Éste es para mi Manolito.

Me mostró un dibujo. Era un niño con una cabra junto a un árbol.

Y se retiró. No hablamos más. Cuando pasaron unos minutos se acercó otro de los presos y me dijo:

– ¿Sabes quién es ese que ha estado contigo?

– No.

– Es Miguel Hernández, el poeta.

Yo le había conocido en alguna ocasión en que, junto a Rafael Alberti, había ido al frente de Somosierra a recitarnos poemas. Pero el Miguel Hernández que había conocido no tenía ningún parecido con este otro Miguel Hernández. Estaba hecho polvo, enfermo y destruido por las humillaciones y el sufrimiento.

Hoy se cumplen 109 años del nacimiento de Miguel Hernández, uno de los grandes poetas españoles que nos dio el pasado siglo. El extracto de texto es de Miguel Gila, probablemente el mejor humorista español del siglo XX. Dos Migueles, dos genios de lo suyo, unidos por el dolor y el sufrimiento que trajeron los años oscuros de la posguerra española.

A Miguel Hernández lo conocí, de verdad, cuando tuve que despedirme de alguien muy cercano a mí. Di, casi por casualidad, con uno de sus poemas. Cuando lees a Miguel Hernández por primera vez, como yo hice en aquella ocasión, entiendes por qué el arte es una construcción humana: su Elegía te acerca a la fragilidad de nuestra existencia y, al mismo tiempo, proyecta esperanza cuando habla del vínculo indisoluble entre la muerte y el amor. La magia del poeta de verdad está en esa capacidad de expresión por encima de lo humano, su destreza con las palabras, como las teclas y el pianista, como el pintor y sus pinceles. Es ese concepto de arte que eleva al hombre y lo acerca a sus propios dioses. Miguel Hernández era uno de los privilegiados dotados con la capacidad de hacer sentir a través de sus textos.

Ahora vienen muchos a hablarnos de olvido. De enterrar bajo las toneladas del desprecio que trae la desmemoria que a nuestra España le arrancaron las palabras, le cegaron la mirada al futuro, acallaron su música y le borraron sus risas. Fueron otros los que, durante muchos años, se encargaron de sepultar la ilusión de una España diferente.

Hoy dicen que ya pasó. Que ya fue. Que hacerlo ahora es sinónimo de revancha.

Pero a los Miguel Hernández, a los García Lorca, a los Alberti o Unamuno. Y a los miles de anónimos que la confrontación entre las Españas, el terror y la ingnominia de los cobardes, los alejó a miles de kilómetros de su tierra o para siempre de todo lo que un día quisieron…

A esos no los olvidaremos nunca.

Crítica: Joker (2019)

Cuando en El Caballero Oscuro, Bruce Wayne le pregunta a Alfred acerca de los motivos detrás de un absurdo comportamiento de unos criminales en Burma, el mayordomo le contesta con la mítica frase: “Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder”

Joker (Todd Phillips, 2019) narra magistralmente lo que esconde detrás esa sinrazón. Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder porque el mundo se encargó de prenderles fuego a ellos primero. Y en un mundo donde ya nada tiene valor, el fuego es lo único que queda.  

Joaquim Phoenix se marca una de las mejores interpretaciones que recuerde haber visto en la gran pantalla, alzándose como un sucesor a la altura del desaparecido Heath Ledger y elevando al personaje del Joker a los altares de la cinematografía.

La película es una deliciosa receta de lo que se necesita para construir a un supervillano. En una sociedad que se ha olvidado a los más vulnerables, Arthur Fleck, quien posteriormente terminará siendo el mayor de los enemigos de Batman, va cocinando a fuego lento una suerte de empatía con el espectador. Él es la víctima de un sistema podrido desde la raíz de su concepción y es, precisamente, en él, donde confluyen todas las miserias de nuestro tiempo.

De esta forma se desarrolla un vínculo estrecho pero incómodo en el espectador, que aprieta los puños al ver como la justicia impuesta mediante la violencia da respuesta a sus necesidades más animales, pero que, al mismo tiempo, se aleja de lo socialmente aceptado y lo coloca en una posición éticamente reprobable.

Uno comprende al Joker, llega a sentirse cómo él, pero el Joker está loco. Tiene esa clase de locura plagada de contradicciones, de ilusiones rotas y de mundos imaginarios. Un psicópata sanguinario que se cansó de anhelar ser aceptado. Pero que guarda, en algún lugar de su interior, su capacidad de sentir y de emocionarse.  

No somos él. No queremos ser él. Pero hay algo de él que nos atrae, que nos fascina.

Al Joker lo creamos nosotros, como grupo social. Él solo representa la suma de todos nuestros impulsos salvajes por tumbar un sistema que sobrevive devorando la poca humanidad que nos queda. Un sistema que se esfuerza en sacar de la ecuación humana la variable de la imperfección, de la diferencia. Como bien escribe el propio Arthur en su diario: “la peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”.

Esa dicotomía de víctima y verdugo lo convierte en el villano perfecto.

Él es nuestro lado menos humano.

Pero en él reside nuestra esperanza por cambiar el mundo.

Que ya lo dice Frank Sinatra…

I said, that’s life (that’s life) and as funny as it may seem
Some people get their kicks
Stompin’ on a dream
But I don’t let it, let it get me down
‘Cause this fine old world it keeps spinnin’ around

Nota: 9/10

35 Veranos

Hoy al despertar todo seguía en el mismo sitio.

Lo de cumplir años parece tener ese halo de trascendencia cuando en realidad no es más que un día de los trescientos sesenta y cinco del año.

Las rutinas de siempre. El paseo matutino con Luna. Al menos ya nos hemos quitado de encima la dichosa ola de calor.

Luna. Hace un año no se me hubiera pasado por la cabeza. Ya ni te cuento hace diez.

Si algo tienen los cumpleaños es que te permiten anclar perspectivas: son pequeñas montañas que tomar como referencia para mirar de donde viene uno. Mi camino, visto desde esta última atalaya, ha tenido un sinfín de giros extraños. Extraños por lo inesperado, pero supongo que de eso se trata vivir tu vida.

Hace diez años cumplía veinticinco y tengo ahora la sensación de que por aquel entonces no sabía casi ni atarme los cordones de los zapatos.

Una psicóloga hace tiempo me preguntó aquello tan tópico de dónde me veía dentro de cinco o diez años. Le contesté que casado y con hijos. No sé si lo hice porque era lo que se esperaba que dijese o porque por aquel entonces seguía escribiendo mi futuro en una cuadrícula.

Aún todavía hoy me descubro queriendo encorsetar mis decisiones en una fotografía que nada tiene que ver conmigo.

Benditos veinticinco años, pienso. Tan vacíos de responsabilidades. Como decía el poeta palentino, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Lo de Jorge Manrique con el tiempo pasado tiene parte de verdad y parte de drama innecesario. La diferencia entre pasado, presente y futuro es más una sensación que una pérdida real.

Cambiamos con el paso de los años. Pero no tanto como creemos, ni tanto como nos gustaría.

Cambiamos porque nuestras circunstancias cambian. No hay cuadrícula que valga.
Te das cuenta en días como este, donde los planes no son los mismos, ni las personas que te acompañan, ni la rutina con la que buscamos controlar nuestro tiempo. Difícilmente hace diez años podría haber imaginado mi vida hoy.

Sacas a pasear a un perro que te dijiste que jamás tendrías, envías a 1500 km de distancia un mensaje que te dijiste que jamás enviarías. Ahora ya no haces planes a cinco o diez años y miras al futuro con menos inocencia, pero quizá con más seguridad en ti mismo.

De eso va lo de cumplir años. No es más que tiempo que pasa. Números en un calendario a los que a veces adjuntas recuerdos.

Y yo voy ya por treinta y cinco veranos.

Crítica: Chernobyl (2019)

Sumergirte plenamente en el drama de uno de los momentos que pusieron en jaque a toda la humanidad. Pasar de la estupefacción al terror absoluto. Disfrutar de lo que siempre tuvo que ser el cine: una forma maravillosa de relatar historias.  

Chernobyl (2019, HBO) es una joya pulida con la delicadeza que exige el momento histórico que cuenta y nos ofrece cinco episodios de un altísimo nivel. Una narración que se mastica con calma y que se saborea una y otra vez, advirtiendo todos los matices, pero dejando espacio para nuestra propia reflexión.

Valery Legásov, ingeniero nuclear de la extinta URSS, es el catalizador de una historia que me ha hecho recuperar la fe en la televisión comercial y en especial, tras el descalabro absoluto de Juego de Tronos, en HBO.

Así, a través de las situaciones que tuvo que vivir Legásov después del desastre de Chernóbil, entendemos un poco más las razones que nos llevaron al borde de la catástrofe nuclear absoluta.

No es tanto la reproducción de uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente, sino la forma de contarlo. Esto va más de crear una atmósfera que envuelve cada escena, de cómo se cuenta bien una historia para que el espectador se vaya sintiendo en cada instante más y más enredado en su tela de araña.

HBO nos ha regalado esta pequeña pero gran obra maestra para endulzar nuestro amargo 2019 cinematográfico y nos devuelve la esperanza por lo que esté por venir.

Muy recomendable

9/10